El cementerio de Trinity Church, incrustado como una gema oscura entre los rascacielos de Wall Street, era el escenario perfecto para el fin de una era. El frío de noviembre en Manhattan no era simplemente climático; era una entidad física que calaba hasta los huesos, pero Alexander Thorne permanecía inmóvil, como una estatua tallada en el mismo granito que la cripta familiar.
A sus treinta y dos años, Alexander era la personificación del éxito gélido. De pie, con un abrigo de cachemira negro que resaltaba su figura imponente y sus ojos grises como el acero templado, observaba cómo descendía el ataúd de su abuelo, Silas Thorne. No había dolor en su rostro, solo una tensa expectativa. El patriarca había sido un hombre que gobernaba con miedo y dividendos, y Alexander era su creación más perfecta.
-El coche está listo en la salida de Broadway, señor -susurró una voz suave a su espalda.
Alexander no necesitó girar la cabeza. Elena Vance estaba allí, a la distancia exacta que dictaba el protocolo de los últimos tres años: lo suficientemente cerca para ser útil, lo suficientemente lejos para no invadir su espacio. Elena era la eficiencia hecha mujer. Con su cabello castaño recogido en un moño impecable y una expresión de neutralidad absoluta, era la única persona capaz de sobrevivir al ritmo de un hombre que consideraba el sueño como una debilidad de la competencia.
-¿La junta está convocada? -preguntó Alexander, su voz barítona cortando el viento.
-A las once en punto, señor. El notario Harrison ya está en la sala de juntas del piso cincuenta.
-Bien. Terminemos con esto.
El trayecto hacia las oficinas de Industrias Thorne se realizó en un silencio sepulcral. Alexander revisaba indicadores económicos en su tableta, ignorando el paisaje urbano. Elena, sentada frente a él en el Cadillac blindado, mantenía la vista fija en su propia agenda, aunque sus dedos apretaban los bordes del dispositivo con una fuerza inusual. Ella sabía algo que él no. Ella siempre lo sabía todo.
La Cláusula de Hierro
La sede de Industrias Thorne era un monumento al ego de Silas: una torre de cristal y acero que dominaba Park Avenue. Al entrar en la sala de juntas, Alexander sintió la vibración de la carroña. Su primo Julian, un hombre cuya ambición solo era superada por su incompetencia, ya estaba sentado a la mesa, luciendo una sonrisa de suficiencia que a Alexander le resultó irritante.
-Primo -saludó Julian con falsa calidez-. Un día histórico. Finalmente, el peso de la corona.
Alexander lo ignoró y tomó asiento en la cabecera, el lugar que le correspondía por derecho de sangre y sudor. El notario Harrison, un hombre que parecía haber envejecido junto con el edificio, se aclaró la garganta y rompió el sello de cera del testamento.
-Iré directamente a la sección principal -dijo Harrison, ajustándose las gafas-. "A mi nieto, Alexander Thorne, le lego mi participación controladora de Industrias Thorne, bajo una única condición suspensiva".
Alexander arqueó una ceja. ¿Condición? Silas nunca hablaba de condiciones, solo de resultados.
-"He observado a mi nieto convertirse en el líder más eficaz que esta empresa ha tenido jamás. Sin embargo, un hombre que no tiene nada que perder es un hombre peligroso para los accionistas. Para heredar el control total, Alexander debe demostrar estabilidad. La cláusula estipula que debe contraer matrimonio antes de los próximos treinta días y permanecer casado, conviviendo bajo el mismo techo, por un periodo no menor a un año".
El silencio que siguió fue atronador. Alexander sintió como si el suelo bajo sus pies de repente se transformara en arena movediza.
-¿Un año? -preguntó Alexander, su voz peligrosamente baja-. ¿Mi abuelo pretende que compre una esposa para conservar mi propia empresa?
-Si no cumple -intervino Harrison con pesar-, el 51% de las acciones pasará a un fideicomiso controlado por Julian Thorne.
Julian soltó una carcajada que resonó en las paredes de cristal.
-Parece que el viejo sabía que eres una máquina, Alex. Y las máquinas no se casan. Tienes un mes para encontrar a alguien que soporte tu carácter. Yo que tú, iría empacando mis cosas de este despacho.
La grieta en la armadura
-Fuera de aquí -ordenó Alexander. Sus ojos echaban chispas de una furia contenida que habría hecho temblar a cualquier CEO de la ciudad.
Cuando la sala quedó vacía, exceptuando a Elena, Alexander golpeó la mesa de caoba. La frustración era un sentimiento que no se permitía, pero esto era un sabotaje desde la tumba.
-Elena, llama al departamento legal. Quiero ese testamento impugnado para el almuerzo.
-No se puede, señor -respondió ella. Su voz era inusualmente pequeña.
Alexander se giró hacia ella, listo para descargar su ira, pero se detuvo. Elena no estaba mirando su agenda. Estaba pálida, con la mirada perdida en algún punto de la alfombra.
-¿Qué has dicho?
-He revisado los borradores de este documento hace meses, cuando su abuelo me pidió que organizara sus archivos privados. El señor Silas se aseguró de que fuera hermético. Si intenta pelear en los tribunales, el fideicomiso se activará automáticamente por una cláusula de no disputa. O se casa en treinta días, o Julian se queda con todo.
Alexander se desplomó en su silla, desabrochándose el primer botón de la camisa. Sentía que las paredes se cerraban sobre él. La empresa era su vida, su única identidad. Sin Thorne Industries, no era nada.
-Es un movimiento brillante -susurró Alexander con amargura-. El viejo sabía que nadie aceptaría casarse conmigo de verdad. Soy "el monstruo del piso cincuenta". Mi reputación es de conocimiento público.