"Señor Reynolds, su abuela insiste en que, pase lo que pase, debemos asegurarnos de que los bebés que espera la señora Liliana estén seguros".
La yema de un dedo áspero y calloso rozó el brazo de Liliana, tan helada que la sacó de su confusión.
Sus pensamientos se sentían lentos y confusos, pero el frío la hizo reaccionar de inmediato.
¿Los niños?
¿De qué demonios hablaban?
Su mente daba vueltas mientras fragmentos borrosos se mezclaban.
Entonces, la voz de un hombre, fría como el acero, atravesó la niebla. "¿Y si no quiero a los bebés?".
Las palabras resonaron en el cráneo de la joven hasta que, con un jadeo brusco, se despertó de golpe.
La cuchilla de su sueño parecía atravesarla, arrastrándola con violencia de vuelta a la realidad. El sudor frío le perlaba las sienes mientras apretaba una mano temblorosa contra su vientre apenas redondeado, con los ojos abiertos de par en par por la incredulidad.
Desde arriba, una voz grave y resonante le llegó. "¿Ya despertaste?".
Las pestañas de Liliana se agitaron y levantó lentamente la cabeza, mirando directamente a un par de ojos insondables.
"Buena jugada, señora Dixon. Casi me engañaste para que me casara contigo".
El dedo del hombre presionó contra su vientre apenas redondeado, deslizándose hacia abajo con un movimiento lento y deliberado. Sus labios se curvaron en una sonrisa burlona. "Pero si los bebés desaparecieran...".
Su tono era casi casual, pero la gélida amenaza que se escondía debajo hizo que la sangre de Liliana se helara.
Ella se encogió contra la almohada, agarrando la sábana con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. La confusión se arremolinaba en su mirada, pero el pavor se hundía profundamente en su pecho.
Caleb Reynolds.
El nombre resonó como una campana. El heredero de la poderosa familia Reynolds, el hombre que se suponía que era el padre de sus hijos.
¿Qué demonios hacía él aquí?
¿Acaso no había muerto ya?
Su pulso martilleaba en sus oídos mientras escaneaba el entorno demasiado familiar.
La comprensión la golpeó con una fuerza vertiginosa. Después de todo, no había muerto.
Había regresado a tres años atrás, cuando estaba embarazada.
Tres años antes, el destino la había arrojado a los brazos de Caleb por una sola noche que lo cambió todo.
Ese encuentro la dejó embarazada de sus gemelos, y cuando María Reynolds, la formidable abuela de Caleb, se enteró, inmediatamente lo presionó para que llevara a Liliana a casa y se casara con ella. Caleb, sin embargo, lo confundió todo como parte de un plan y la odió desde entonces.
Esta era la segunda vez que se veían.
Liliana no sabía si estaba atrapada en una pesadilla atroz.
Por instinto, se rodeó el vientre con un brazo protector, mientras todo su cuerpo temblaba. "No lo harás", dijo. "Porque llevo a tus hijos".
Aunque débiles, sus palabras eran decididas.
En el fondo, confiaba en que Caleb nunca haría daño a sus bebés.
Aunque siempre pensó por error que ella había conspirado contra él, nunca le puso un dedo encima a los niños.
La mirada de Caleb se ensombreció mientras escuchaba, cada palabra susurrada de sus labios lo golpeaba con perfecta claridad.
Sus delicados rasgos la hacían parecer casi etérea, pero despertaban algo oscuro en su interior.
"¿Mis hijos?". Sus ojos recorrieron su vientre con una mueca de desprecio. "¿Qué te hace pensar que me importa un carajo?".
Un escalofrío recorrió a Liliana al encontrarse con su mirada fría e inflexible.
La reputación de Caleb lo precedía: despiadado, insensible, incluso con su propia familia.
Sus llamativos rasgos eran casi tan notorios como su escalofriante indiferencia.
Tenía fama de legendario playboy que manejaba el poder como un arma. Las mujeres acudían en masa a su lado, pero los rumores coincidían en que el amor nunca formaba parte de su vocabulario, solo la lujuria y las aventuras fugaces.
Peor aún, se decía que era tan sanguinario que incluso había hecho meter en la cárcel a su propio padre.
Para alguien como él, nada era sagrado.
Su mano se deslizó más abajo, y sus dedos rodearon el tierno cuello de Liliana con la presión suficiente para cortarle la respiración.
La tez de la muchacha se volvió fantasmalmente pálida, y el pavor se le anudó en el pecho.
Por un momento aterrador, pensó que la matarían una vez más.
Entonces, el estridente timbre de un celular rompió el sofocante silencio.
Caleb pulsó el botón verde, con expresión sombría e indescifrable mientras la animada voz de María flotaba a través del altavoz.
"Cale, no olvides traer a casa a tu futura esposa para que pueda conocerla. "Me enteré de que está embarazada de gemelos, un niño y una niña. "Nuestra familia no ha tenido más de un hijo por generación en décadas. "Ni se te ocurra hacer ninguna tontería, y nunca hagas sufrir a Liliana".
El opresivo peso que pendía entre Caleb y Liliana se aflojó por fin.
Una calma gélida se posó en el rostro del muchacho, con la mirada distante, imposible de descifrar.
Terminó la llamada sin decir palabra.
Tras estudiar a Liliana durante varios segundos, por fin la soltó. Su palma rozó la mejilla de ella en una caricia extrañamente tierna, aunque sus ojos brillaron con una advertencia.
"Cuando nazcan esos bebés", dijo en voz baja, con una voz afilada como una cuchilla, "tú y yo terminaremos lo que empezamos".