El aire en la Corte Celestial no era un éter y gracia; era de cristal frío y de juicio. La luz que siempre había sido la promesa de su existencia, ahora ardía como un castigo sobre su piel.
Sintiendo arder sus sentidos.
Su realidad.
Arihwa estaba de rodillas, con las manos esposadas por grietas hechas de su propia luz pura, que ahora lo quemaban. Su semblante, usualmente la imagen de la calma etérea, estaba descompuesto por una negación desesperada.
Frente a él, en el trono de la justicia, el arcángel Aurion bajo la vista. Su voz, normalmente firme como un ancla, temblaba ligeramente al dictar la sentencia.
-Arihwa de las alturas, se te acusa de la mayor traición a la orden: El Amor Prohibido.
-¡Es mentira! -la voz del ángel se quebró. Intento levantarse, pero los grilletes lo regresaron al frío suelo de mármol-. ¡Nunca he roto el voto! ¡Jamás he tocado a una humana, mucho menos a Elena! ¡Deben ver la verdad!
-Vimos la verdad -replicó Aurion, con la mirada dura y fija-. La vimos con tus ojos. Sentimos la energía que dejaste en la Tierra. El rastro de pasión que te condenó es inequívoco.
En el rincón más oscuro de la Corte, otro ángel, Thaeriel, apretó los puños, la angustia grabada en su rostro. Quería gritar, quería defender a su amigo, pero la evidencia era irrefutable: la forma que había pecado era idéntica a Arihwa.
Aurion asintió, y la balanza se inclinó.
Un paso resonó en la vasta cámara. El ejecutor, Seraphiel, avanzó. Su rostro, como buen libra, era inexpresivo, desprovisto de emoción mientras alzaba la mano para cumplir la ley.
-Por el cielo, por la ley inmutable, te condeno al destierro -decretó el arcángel, cerrando los ojos.
La mano de Seraphiel cayó sobre la espalda de Caelum. No fue un golpe, fue una succión. La gracia, la luz y la esencia divina de Arihwa fueron arrancadas de su cuerpo con una agonía indescriptible. Sintió como sus magnificas alas se carbonizaban, dejando solo cicatrices humeantes y el peso de la humanidad abrupta.
Cayó.
Cayó a través de la atmosfera, a través de las nubes, dejando atrás un reino que le había dado la espalda.
Lo habían abandonado a su suerte.
Mientras Arihwa impactaba en un callejón oscuro y húmedo de la tierra, perdido de su propósito y de su identidad, apenas un eco que recordaba a un ángel, una figura sonreía a kilómetros de distancia.
Sancer, el demonio de cáncer, estaba sentado en un sofá lujoso, acunando el sueño de la humana Elena. Sobre su hombro, el cómplice Xardas reta silenciosamente.
Sancer se inclinó y beso dulcemente a Elena. El beso era perfecto, gentil, delicado y luminoso.
Un beso que solo Arihwa habría dado.
Y en ese beso robado, en esa farsa perfecta, residía la dolorosa verdad.
El ángel había caído.
Y el demonio, ahora usando su rostro y su nombre, habría subido a su lugar.
¿Qué harías si tu verdad te condenará y tu mentira te lo diera todo?