Sofía pasó los siguientes días en una neblina de dolor y trámites. Incineró a su madre y recogió las cenizas en una sencilla urna de madera. Contrató a un abogado, el mejor de la Costa del Sol, y le hizo redactar los papeles del divorcio. No quería nada de Mateo. Solo su libertad.
Con la urna bajo el brazo y los papeles en el bolso, regresó a la villa de Marbella por última vez. La encontró tal y como la había dejado: un caos de botellas vacías y copas rotas de la fiesta. Pero ahora, las amantes de Mateo la habían convertido en su propio feudo.
Isabella estaba sentada a la cabecera de la larga mesa del comedor, ocupando el lugar de Sofía. Otras dos mujeres, modelos que Sofía había visto en alguna revista, se reían a su lado, bebiendo el vino más caro de la bodega.
Sofía colocó la urna sobre la mesa. "He venido a por mis cosas. Me voy".
Isabella la miró con una sonrisa burlona. "¿Tus cosas? Querida, aquí no tienes nada". Con un gesto deliberado, alargó la mano y golpeó la urna.
La caja de madera cayó al suelo y se abrió, esparciendo las cenizas de la madre de Sofía por la alfombra.
Las tres mujeres estallaron en carcajadas.
"¡Uy, qué torpe soy!", exclamó Isabella. Luego, cogió una botella de vino tinto y la derramó sobre las cenizas, creando un charco oscuro y pegajoso. "Ahora sí que no podrás limpiarlo".
Algo dentro de Sofía se rompió. El último hilo de contención, el último vestigio de la mujer civilizada que había sido, se desvaneció.
Un grito animal escapó de su garganta. Cogió un pesado candelabro de plata de la mesa y, sin pensarlo, se abalanzó sobre Isabella, golpeándola en la cabeza con todas sus fuerzas.
Isabella se desplomó, con la sangre manando de su sien. Las otras dos mujeres gritaron, aterrorizadas.
En ese momento, Mateo entró en la habitación. Vio a Isabella en el suelo y a Sofía de pie junto a ella, con el candelabro ensangrentado en la mano.
No preguntó qué había pasado. No miró las cenizas profanadas en el suelo. Solo corrió hacia Isabella.
"¡Isabella! ¡Cariño! ¿Qué te ha hecho esta loca?"
Levantó a Isabella en brazos y se giró hacia Sofía con una mirada asesina. "Pagarás por esto".
En el hospital, la situación se volvió aún más surrealista. Isabella había perdido mucha sangre y necesitaba una transfusión urgente. Su tipo de sangre era raro. El mismo que el de Sofía.
"Le darás tu sangre", le ordenó Mateo. "Es lo menos que puedes hacer".
Sofía se negó. Pero Mateo utilizó su poder. Un par de guardias de seguridad la sujetaron mientras una enfermera le clavaba la aguja en el brazo. La obligaron a donar su sangre a la mujer que había profanado los restos de su madre.
Mientras Sofía yacía en una camilla, debilitada y vacía, Isabella, ya recuperada, se acercó a ella con una sonrisa maliciosa.
"Voy a visitar a tu papi", susurró. "He oído que está en este mismo hospital".
Sofía intentó levantarse, pero no tenía fuerzas. Vio con horror cómo Isabella se dirigía a la unidad de cuidados intensivos, donde su padre yacía en coma desde hacía años, conectado a un respirador.
Cuando Mateo y los médicos llegaron, encontraron a Isabella junto a la cama del padre de Sofía, jugando con los tubos del respirador. El monitor cardíaco emitía un pitido agudo y constante.
"Se le ha salido el tubito", dijo Isabella con fingida inocencia.
El padre de Sofía había muerto.
Mateo miró el cuerpo sin vida, luego a Sofía, que había llegado arrastrándose. No había remordimiento en sus ojos. Solo un frío cálculo.
"Quizás sea lo mejor", dijo. "Para él era un sufrimiento. Y para mí, una carga menos".
Esa frase fue la última palada de tierra sobre el ataúd del amor de Sofía. Había perdido a su madre. Había perdido a su padre. Ya no le quedaba nada que la atara a ese hombre.