"¿Cómo? ¿A dónde? Me dijo que tenía un caso muy importante. Sofía, por favor, necesito que lo ayudes. Él te escucha a ti. Parece que no está comiendo, no duerme. Su amigo me dijo que está obsesionado con ese caso. Por favor, ve a buscarlo. Tráelo de vuelta."
Su súplica me puso en una posición imposible. Una parte de mí quería decirle la verdad, gritar que su hijo perfecto había destrozado mi corazón. Pero otra parte, la parte que la quería, sintió pena por ella.
"Voy a... voy a ver qué puedo hacer, Elena," dije, mi voz apenas un susurro.
Después de colgar, me quedé mirando el teléfono. ¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué accedí? Quizás era una última y estúpida necesidad de cerrar el ciclo, de enfrentarlo una última vez en su nuevo mundo.
Busqué la dirección del hotel donde se estaba quedando, una información que Valeria consiguió a través de un amigo en común. Conduje durante dos horas, sintiendo un nudo en el estómago.
Llegué al hotel boutique, un lugar caro y pretencioso. Pregunté por él en la recepción, pero me dijeron que no estaba. Decidí esperarlo en el lobby, escondida detrás de una revista.
Fue entonces cuando la vi. Camila. Entró riendo a carcajadas con otra mujer. Era exactamente como Ricardo la describía: alta, delgada, con un aire de despreocupación que parecía ensayado. Se sentaron en un sofá cerca de mí. No me vieron.
"Entonces, ¿Ricardo de verdad canceló la boda por ti?", preguntó su amiga, con un tono burlón.
Camila sonrió, una sonrisa de suficiencia. "Por supuesto. Siempre vuelve a mí. Esa tal Sofía nunca fue una competencia. Era solo... cómoda. Un lugar seguro mientras yo no estaba disponible."
La amiga soltó una risita. "Pobre chica. ¿Crees que sepa que Ricardo solo está pagando esta farsa de caso para impresionarte? Todo el mundo sabe que vas a perder."
"Shhh," siseó Camila, aunque seguía sonriendo. "Él no necesita saber eso. Mientras crea que es mi héroe, hará lo que yo quiera. Además, su dinero me viene muy bien para pagar a mis verdaderos abogados."
Me quedé helada. Cada palabra era un golpe. No solo me habían humillado, sino que también estaban usando a Ricardo, se burlaban de su necesidad de ser el salvador. Sentí una extraña mezcla de asco y una pizca de oscura satisfacción.
Salí del hotel sin que me vieran. Necesitaba aire. Llamé a Valeria y le conté lo que acababa de escuchar.
"¡Te lo dije! ¡Esa mujer es una víbora!", exclamó Valeria. "Y Ricardo es un idiota por no verlo. Mi amigo me dijo que ha estado gastando una fortuna en este caso, pidiendo préstamos, usando el dinero que tenía ahorrado para la casa. Está descuidando su propio trabajo, sus otros clientes lo están abandonando. Se está hundiendo solo."
La noticia no me produjo alegría, solo un profundo cansancio. Regresé al hotel, ya no por Elena, sino por mí. Necesitaba que él escuchara la verdad de mi boca.
Lo encontré en el bar del hotel, con un vaso de whisky en la mano y ojeras que marcaban su rostro. Se veía agotado y estresado. Cuando me vio, su expresión se endureció.
"¿Qué haces aquí, Sofía?", preguntó, su voz áspera.
"Tu madre me llamó. Estaba preocupada."
Él resopló. "No necesito que mi mamá te mande a cuidarme. Deberías estar en casa, haciendo lo que te pedí."
"¿Ayudarte a destruir tu vida por una mujer que se está riendo de ti a tus espaldas?", repliqué, mi voz temblando de ira contenida.
Él me miró fijamente. "¿De qué estás hablando?"
"Escuché a Camila. A ella no le importa el caso. Solo te está usando, Ricardo. Está usando tu dinero, tu reputación. Cree que eres un idiota."
Recordé de repente todos los sacrificios que hice por él. Las noches que pasé transcribiendo sus notas cuando empezaba su carrera, las cenas que le llevé a la oficina, el dinero que invertí de mis propios ahorros para ayudarlo a montar su primer despacho. Todo para que él pudiera construir el éxito que ahora estaba dispuesto a tirar a la basura por un fantasma.
Le recordé una de esas noches. "Ricardo, ¿recuerdas cuando casi pierdes el caso de los laboratorios? Me quedé despierta contigo tres días seguidos, buscando precedentes, haciendo café, asegurándome de que no te rindieras. Yo creía en ti."
Él apartó la mirada, incómodo.
"Eso fue hace mucho tiempo, Sofía. No tiene nada que ver con esto."
Su desdén fue la gota que derramó el vaso.
"¿No tiene nada que ver? ¡Tiene todo que ver! Yo te ayudé a construir todo lo que eres, y tú lo estás tirando por la borda por ella."
Me acerqué a él, mi voz bajó a un susurro furioso. "¿Sabes lo que más me duele? No es que la eligieras a ella. Es que nunca te importó lo que yo sentía. Nunca."
Ricardo me miró con frialdad, su rostro una máscara de arrogancia herida.
"Tal vez es porque ella es más emocionante que tú," espetó. "Tal vez estoy cansado de tu vida segura y aburrida. Camila es un desafío. Tú... tú solo eras fácil."
Sus palabras me dejaron sin aliento. Me miró, esperando una reacción, una lágrima, un grito. Pero yo ya no tenía nada que darle. El último vestigio de amor que sentía por él se evaporó en ese bar de hotel mal iluminado.