Pasaron semanas desde aquel primer encuentro, me había acostumbrado a bajar corriendo cada mañana al escuchar su silbido. Caminábamos juntos a la biblioteca, ya parecía un empleado más: tenía una rutina estricta, revisaba cada lista de libros y, bajo la premisa de que el libro había sido registrado bajo otro nombre, se dedicaba a revisarlos uno a uno.
-Me quedan tres meses y no he hallado nada, no creo que pueda terminar mi tarea en tan poco tiempo. La verdad es que no sé cuál es la apariencia del grimorio.
-¿Y cómo vas a hacer para pagar tus gastos si el dinero que te dio tu padre se acaba?
-Nunca va a suceder, mi padre tiene demasiado dinero. El problema es otro...
-Entonces, quédate, no quiero que te vayas -el comentario salió sin filtro y me sentí comprometida en el acto-, no tienes motivos para volver.
-... las inscripciones en la Maestría, si no comienzo en la fecha, debo esperar un semestre más.
Mi cara lo dijo todo y él sonrió.
-Si pasan los tres meses de plazo, prometo darte acceso a la otra área, eso sí, nadie debe saberlo. Ojalá y no haga falta porque no quiero problemas.
Ya estaba cediendo más de lo planeado, este chico estaba significando algo especial para mí.
-Me estás dando confianza y eso lo valoro, prometo llevarte a conocer mi tierra, apenas termine lo que he venido a hacer.
-¿Y si no lo encuentras o no existe, que viene a ser lo mismo, cuál es tu plan?
-Debo volver con las manos llenas, no vacías; algún otro tesoro debo hallar.
Otra de sus indirectas que me ablandaban el alma.
-¿Puedo darte un beso? Fátima.
No dije nada, decir que sí habría ido contra mi moral y decir que no, contra mis deseos.
-Perdona, no quise ser irrespetuoso -añadió Alfonso.
Mis nervios me delataron, me incliné hacia atrás y tropecé con mi lapicero. Él se agachó antes y lo puso de nuevo en su lugar.
-Gracias -susurré y antes de que terminara de hablar sentí sus labios sobre los míos, un beso superficial, un primer contacto que selló el inicio de nuestra relación.
-¿Sentiste algo especial? -comentó dulcemente acariciando mi cabello.
De nuevo me quedé en silencio, sentí todo, quise gritar.
Alfonso fue discreto al dejarme en privado un rato y de inmediato comencé a hablar sola.
-Qué beso más delicioso fue algo inexplicable, lo amo, eso es lo que siento -me dije en una voz tan baja que apenas podía oír-. Estoy enamorada de él, pero no me atrevo a decírselo.
-Olvidé decirte algo -dijo tomándome por sorpresa.
-¿Qué cosa? -pregunté, rogando porque no me hubiese escuchado.
-Mi mejor sentido es el oído, puedo escuchar a distancia.
Quiso decir que me escuchó y fue tan caballero para no repetirlo. Me dejó esa pista como para que me fuera adaptando a la idea de estar con él.
El juego de miradas fue interrumpido por un sorpresivo mensaje: me informaban de las reparaciones que iban a efectuar en las tuberías de agua que pasan por debajo de la calle donde está ubicada la entrada de la biblioteca. Debería cerrar hasta que culminaran los trabajos en la calle.
-¿Cuántos días demorarán? -preguntó Alonso, preocupado-. Esto lo cambia todo, me voy a demorar más -se quejó mientras agarraba con angustia su cabello.
-Supongo que dos a tres días, no es mucho.
-¿Y mientras tanto qué hago?
-Me tienes a mí, algo haremos. ¿Quieres visitar otra biblioteca?
-No, necesito estar allí como sea.
-¿En qué estás pensando?, es la única entrada.
-En aprovechar el tiempo, haremos esto: estaremos aquí mientras trabajan afuera, es mejor, no tendré interrupciones.
-¿Sin salir?, ¿estás loco?
-Exacto, no, no estoy loco, lo veo claro. Compraremos lo necesario para pernoctar, sería como hacer un viaje al pasado, ¿te animas?
-Es inapropiado desde todo punto de vista, tú y yo, ¿solos?
-Te comprendo, entonces déjame explorar a mí, sé que puedo hacerlo sin problemas y sin distracciones, ya que no estarás conmigo.
-Deja las indirectas, escúchame bien: si pasa algo con estos libros me muero, ¿lo sabes?
-Déjame entrar desde hoy, después de la medianoche, no voy a sacar nada, estaré encerrado, solo tú tienes las llaves.
-Lo voy a meditar, espera mi respuesta en una hora.
-Dirás que sí, te conozco, me iré alistando con lo necesario y le avisaré a mi padre -me dio un beso en la boca y se retiró sin añadir nada más.
La cabeza me daba vueltas, no estaba acostumbrada a la influencia que Alonso ejercía sobre mí. Entonces fui a consultar a mi abuelo, con su sabiduría me daría el mejor consejo.
Al frente de la casa estaba Kassem quien al verme se levantó de su banco.
-Bienvenida prima, desde que andas con el extranjero no has venido a visitarnos.
-Calla tu lengua venenosa, sabes que trabajo mucho, no relaciones las cosas.
-No te molestes, la gente murmura...
-Vine a ver al abuelo, avísale, por favor -interrumpió Fátima.
-... que están enamorados -completó Kassem.
Zapateando me alejé hasta la calle a mirar la ventana de arriba. Era común que el abuelo se asomara cuando llegaran visitas.
-¡Abuelo!, soy yo, Fátima. ¡Abuelo!
-A los pocos minutos su silueta se deja ver detrás de las cortinas.
Esperé hasta que me viera.
-Hija, ¿qué haces allí?, ven acá.
Subí saltando escalones de a dos para llegar más rápido.
Un abrazo emotivo me sacó las lágrimas.
-Querida nieta, hace semanas que no te veía. ¿Quién te tiene tan distraída?
Cuando veía al abuelo me confesaba, plantarme delante, era sinónimo de quitarse cualquier máscara.
-Es que un extranjero va a diario a la biblioteca y me tiene acaparada la atención. Es muy demandante.
-No sabía que le dabas trato especial a algunos usuarios.
-No lo hago, lo que pasa es que viene con un encargo especial y no logro complacerle.
-A ver, ¿dime de qué se trata?
-Se le ha metido en la cabeza que tenemos en resguardo un grimorio muy antiguo al que necesita consultar.
-Sin duda tenemos algunos, ¿qué tiene ese de especial?
-Viene haciéndole seguimiento a una pista, dice que ese grimorio llegó aquí con un mercader, quien lo adquirió en el siglo IX.
-Es fácil hija que revise el listado, allí está cuidadosamente registrada cada obra.
-Lo sé, pero insiste. Incluso bajé sola a revisar las colecciones protegidas y allí tampoco está.
-Entonces, mándalo de vuelta a su casa. No puedes gastar tus energías en algo efímero. Es un capricho del chico, estoy seguro, mándalo a volar pequeña. No te enredes. Que averigüe bien y luego proceda.
Me puse triste por la respuesta del abuelo.
-¿Te gusta el chico, verdad?, ¿por eso lo quieres ayudar?
-Sí, hemos pasado juntos muchas horas.
-Bebe un poco de té, te sentirás mejor.
Mientras mojaba mis labios en la bebida caliente, abuelo me contó una historia.
-En los tiempos antiguos, año 900 aproximadamente, un mercader muy rico trajo a la ciudad una piedra muy valiosa. Al morir, su hija Fátima heredó toda su fortuna, incluso aquella joya. Desde entonces vienen a nuestra tierra muchos hombres en búsqueda de lo que no conocen, nadie sabe su forma, color o diseño, quedó en secreto a lo largo de los años. De pronto es lo que el joven busca, no un grimorio. En verdad nadie lo sabe, nadie lo ha visto y Fátima -señaló la pintura en la pared-, se llevó el secreto a la tumba.
-¿Entonces es cierto?
-No lo sabremos jamás. No hay registro. ¿Para qué lo busca?, o ¿qué cree que contiene?
-Él dice que contiene la magia originaria, la que muchos intentaron imitar sin lograrlo, convirtiéndose en charlatanes y mentirosos.
-Tienes que tener cuidado, hija, porque no sabes las intenciones, ¿qué quiere lograr con la magia que no pueda lograr como cualquier ser humano?
El planteamiento del abuelo me hizo dudar de Alfonso de nuevo.
-No le pregunté, él dice que quiere saber si existe, solo eso.
-Como descendiente de la primera Fátima de nuestra familia, debes buscar la respuesta dentro de ti. Son ustedes las guardianas, ella debió dejarles aquella joya, orienta por allí la búsqueda. Sin decirle al chico, deja que él siga buscando lo que crea. Mientras tanto tú imaginas en tus sueños aquella pieza, no tengo más que eso para guiarte.
Un golpe dejó al descubierto a Kassem, cayó al suelo cuando el abuelo abrió la puerta.
-¿Qué hacías allí?, no respetas mi privacidad?
Mi primo se fue corriendo cuando el abuelo levantó el bastón de forma amenazante.
-Espera, me faltó decirte algo. Ese muchacho recuperó mi bolso, un ladrón me lo arrebató. Allí solo tenía un sándwich y las tres llaves de la biblioteca.
-Puede que alguien ande detrás del extranjero, ten cuidado. O que el mismo lo haya planeado para ganar tu confianza.
Mi cuerpo se erizó con la última frase.
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