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El comprador
img img El comprador img Capítulo 2 El cadáver
2 Capítulo
Capítulo 8 El guardaespaldas img
Capítulo 9 El paseo 1 img
Capítulo 10 El paseo 2 img
Capítulo 11 El favorito img
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Capítulo 16 El miedo img
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Capítulo 42 Las trampas img
Capítulo 43 Complot img
Capítulo 44 El tiempo img
Capítulo 45 Cronología desnuda img
Capítulo 46 Siempre me tienes img
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Capítulo 48 Sempiterno img
Capítulo 49 Mitades img
Capítulo 50 Enfermo y oscuro img
Capítulo 51 Repercusiones img
Capítulo 52 Nueva decisión img
Capítulo 53 Decir adiós img
Capítulo 54 El mensaje img
Capítulo 55 Renacer img
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Capítulo 2 El cadáver

Había pasado todo el día rompiéndome la cabeza a base de pensamientos y posibilidades desnudas de resultados.

Me encontraba en ese momento de la vida, al menos de algunas vidas, en el que por más que piensas por dónde puedes salir a flote, no haces más que seguir ahorrando el poco oxígeno que te queda dentro de la profundidad del mar de problemas en el que te estás ahogando.

El hospital esperaba que en setenta y dos horas les hiciera el pago por los servicios pendientes de mi padre.

Un abogado del seguro de la persona desconocida que mi madre había atropellado, también aguardaba por mi indemnización y para completar, estaba el tema del desalojo por falta de pago.

El hospital podría cancelarlo con el sueldo del todo el mes, que debían pagarme en una semana, pero no era el término que habían establecido para cancelar la deuda.

Cuando mi padre enfermó y supe que moriría porque no habían suficientes corazones disponibles para trasplantar, yo me incluí en la base de datos como donante, en caso de que muriera con mi corazón saludable. Tenía que quemar todas las naves en cuanto a salvar la vida de mi padre. Y así lo hice.

Me hice los análisis necesarios y sentí, que a lo mejor esa buena obra, sería tomada en cuenta por el universo y alguien le donara uno a mi padre. Pero se ve que el universo es ciego y sordo, porque aquello nunca sucedió y mi padre murió en los brazos de mi madre, que por si fuera poco, salió del hospital tan alterada por todo en general, que terminó muriendo por accidente de tráfico, enviando a alguien al hospital, dejándolo en una grave condición.

Traté de contactar a la persona que ella había lastimado cuando chocaron con sus autos, pero el hospital dijo que los familiares se llevaron al paciente para otro sitio y no podían darme información.

Me hacía sentir mal todo aquello. Pero...¿Que podía hacer yo?

No había podido siquiera llorar a mis padres, no tengo tiempo ni para eso.

Tomando un té, para tratar de aliviar mis nervios y conseguir dormir, me llamó Patricia.

- ¿Que pasa cariño? - ella trabajaba esa misma noche, pero yo descansaba.

- Lore, tienes que salir de tu casa ya - se escuchaba nerviosa. Incluso agitada.

- ¿Por qué, qué pasa Patri?

- Alfonso le dió tu dirección a ese viejo, el que quiere que bailes para él y salió para allá con otro hombre. No me gusta su actitud Loreine, sal de ahí. Tengo miedo.

Mientras ella prácticamente gritaba, yo no llegaba a asimilar lo que en realidad pasaba.

- Te llamo en una hora. Tranquila - colgué y subí corriendo a mi habitación para coger algo de ropa, si venía alguien no podía recibirlo en pijama y menos alguien tan repugnante como ese hombre.

Terminando de vestirme, sentí unos golpes en mi puerta y avisando que iba a abrir, tomé unas tijeras y las escondí en mis jeans, al menos podría asustarlos si intentaban algo.

Nada más abrir la puerta, aquel hombre de barba sucia y pelo grasoso venía acompañado de otro un poco más joven igual de desaliñado, y con cara de delincuente.

- ¿Que quiere señor Stuart? - le pregunté mirando hacia afuera, que solo se veía oscuridad. La calle estaba vacía, como de costumbre.

Él empujó la puerta y ambos entraron, caí contra la pared y ahí mismo se abalanzó sobre mí el hombre que lo acompañaba.

Me aguantó las manos en la espalda y clavó una rodilla entre mis piernas. Gimió cuando sintió el contacto con mi feminidad y la bilis se me acumuló en el esófago, junto con el pánico en la piel.

La puerta abierta y yo en un puro nervio, solo pude pensar en el asco que sentía ahora mismo.

Mis ojos verdes se clavaron en los azules asquerosos de Stuart.

- Yo te pagaré tus deudas y tú cumplirás con los deseos de mis clientes - el hombre que me tenía aguantada pasó su lengua por mis labios y sentí que le vomitaría encima.

- De acuerdo. - accedí para ganar tiempo y suavizar la postura del que me agarraba - no tengo muchas opciones.

Ambos hombres sonrieron triunfantes y el que me tenía, bajó su adwuroda boca, lamiendo mi piel y mordió uno de mis senos, muy duro y me provocó un gran dolor, pero no lloré ni grité, no le daría ese placer.

Ni ningún otro.

- Serás la más cara de mis putas pero valdrás la pena, me pagarán mucho por tí, y nadie te reclamará, porque ya sé que estás sola. Eres perfecta para mí, y para mi negocio.

El sacó un dinero de su bolsillo, y mientras lo contaba, el otro había expuesto mis senos y se prendía de uno de ellos. Entré en pánico y no supe que hacer.

Sentí que me violarían. Que aquel cerdo asqueroso que me mordía los pechos se llevaría mi dignidad si no lo detenía.

Y en un descuido de ambos, lo empujé, y al estar prendido de mi pecho, desgarró la carne y me hizo sangrar.

- ¡Maldita puta !- me dió una patada y me tiró al suelo, rodé por el piso cuando me dió otra más y en ese momento, que ví al viejo acercarse y a mi agresor acercarse a mi cara, no lo pude pensar bien y solo me defendí.

En un movimiento poco estudiado y resultado de la adrenalina del momento, saqué la tijera y la clavé en su cuello, dónde primero alcancé.

Se cayó sobre mí, llenándome de sangre y el viejo miró la escena horrorizado.

- ¿Que has hecho maldita? - me gritaba mientras yo temblaba bajo su mirada y el hombre desangrado sobre mí. Evidentemente le había pinchado la arteria, porque la sangre salía a borbotones - yo no seré cómplice de asesinato. Yo nunca he estado aquí.

Fue todo lo que tuvo el valor de decir y hacer y se fue, dejándome con la sala llena de sangre, la puerta abierta y un muerto encima.

Temblando del miedo, y de la toma de conciencia de lo que había hecho, empujé como pude a aquel hombre, que había matado y que no sabía si tendría familia o hijos, y mientras aquello me hizo llorar más fuerte de lo que ya lo hacía, empecé a tratar de salirme de debajo suyo con el cuerpo temblando y hasta los dientes chocando entre ellos del terrorífico resultado de la visita que me habían hecho aquellos dos malditos hombres.

Me habían convertido en una asesina... Era una asesina, me repetía en la mente... Había matado a alguien.

Me levanté finalmente y resbalé con la sangre que había por el piso, escapando de la alfombra.

Miré mi cuerpo lleno de aquel líquido rojo y solo pude alejarme.

Subí corriendo las escaleras y me encerré en el baño. Me dejé caer en el suelo de la ducha y tomando una toalla, la metí dentro de mí boca y grité desesperada mi crímen dentro de su afelpado cuerpo.

El agua limpiaba mi piel de la sustancia viscosa pero, ¿Cómo limpiaría mi consciencia?

No sé cuánto tiempo estuve en la ducha, pero si sé que fue el suficiente, como para autoconvencerme de que fue defensa propia, yo no maté a sangre fría, solo me defendí.

Dejé mi ropa en una bolsa y observé mi pecho lastimado, me eché alcohol directamente en la herida y no me importó el ardor, yo solo quería limpiarme de cualquier vestigio de aquel hombre.

Bajé nuevamente, dispuesta a llamar a la policía, pero me llevé una sorpresa cuando mi sala, estaba perfectamente limpia. Impoluta y olorosa.

No estaba el cadáver ni la alfombra, pero alguien había limpiado la escena y lo había hecho muy bien, tanto, que me resultó extraño el pensar,¿Cuánto tiempo había estado en la ducha como para que alguien hubiese podido hacer algo así?

Pero las preguntas más importantes eran...

¿Quien lo había hecho?

¿Por qué lo harían?

¿ Y que haría yo ahora?

Sin cuerpo no hay crimen. Aquí ya no había evidencia de que algo así hubiese sucedido.

Pensé que tal vez, el señor Stuart lo había hecho, para evitar que lo culparan de otras cosas si se sabía de esto.

Pero lo deseché enseguida, cuando recordé como él, se había largado enseguida.

¿Por qué regresaría y limpiaría mi casa?

Un ruido en mi cocina, me hizo sobresaltarme en el sitio, y pude comprobar que ni la tijera estaba allí, cuando solo se me ocurrió tomar un jarrón, para defenderme de quien sea que estuviera en mi cocina.

Caminé hasta allí sigilosa, y cuando nuestras miradas se cruzaron, el jarrón cayó al suelo, al ver cómo aquel hombre, que antes me había ofrecido su tarjeta y me había comprado un café, sostenía la tijera con la que maté a ese sujeto, dentro de una bolsa de plástico, y me miraba serio y frío, como era su característica al parecer.

¡Alexander Mcgregor lo había limpiado todo!

¿A cambio de qué?...

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