Juliette Moreau
Lunes. De nuevo.
¿Y ese plan perfecto de vino y soledad que le comenté a Margo antes de saber que debía venir a Boston?
No encontrado. Jamás cumplido.
Debí suponerlo, porque no es que con Aston Myers se tenga algo de calma o paz mientras se trabaja, o mientras se vive, para el caso. Él es una máquina capitalista de producción y yo soy su leal asistente que no tiene permitido quejarse.
Y por lo visto, tampoco tiene derecho a las partes buenas de su existencia.
El imponente señor Myers es demasiado para mí, así se considera. O mejor dicho, en sus propias palabras, no soy lo que él busca. Por tanto, no me tocan los beneficios que podrían aliviar un poco esta tortura que es trabajar para él.
Cuando me levanté en la madrugada dispuesta a trabajar y adelantar lo que ya sabía qué me pediría hoy, lo hice con la profunda convicción de que anoche fue un absurdo caso de intoxicación. Intoxicación con su vino caro, el que ahora va a descontarme del sueldo, el muy cínico.
Es mejor eso a estar pensando en lo que anoche descubrí sobre su vida sexual. A estar pensando en lo que provocó en mí.
Me repito cada segundo que anoche no sucedió nada. No me miró, ni me tocó, ni estuvo cerca, ni me olió la puta mano con la que me estaba dando un poco de placer. Me repito, para poner los pies sobre la maldita tierra de una jodida vez, que el hijo de su padre me hizo sentir como basura desclasificada.
A ver si así me enfoco, carajo.
-El anexo tres del contrato de Hammet tiene una errata -dice sin levantar la voz ni mirarme, desde su posición detrás del escritorio.
La repentina interrupción del silencio hace que se me acelere el corazón, pero disimulo bien lo desprevenida que me toma.
-Corregido -respondo de inmediato, mientras dejo la nueva copia impresa, justo a un lado de su laptop.
Me di cuenta del pequeño error después de entregarle la información. Estaba esperando este momento.
Aston ni siquiera mira los papeles que dejo a su alcance. Continúa revisando el contrato desde su versión digital.
Ni siquiera parpadea, no hay agradecimiento o un gesto de aprobación, y me contengo de resoplar por eso. Cuando empecé a trabajar con él hace unos meses atrás esta falta de atención por su parte me chocaba demasiado, pero con los días pasando me juré no dejar que eso me afectara. A fin de cuentas, mi objetivo pasa por encima de mis sentimientos y emociones, no puedo darle importancia a cosas que no puedo controlar y sí, en cambio, hacerme daño si lo dejo.
Por eso aprendí a adelantarme a sus peticiones, a analizar cada una de sus maneras y tareas, para hacerlas lo mejor posible y ganarme su confianza, así fuera solo a nivel laboral. Una manera fácil de estar convenientemente cerca.
Si no fuera porque ayer se me subió un poco la rabia con el alcohol, y que en mi teléfono he estado recibiendo mensajes jodidamente molestos, quizás no se sintiera tan incómodo ahora.
Aunque, técnicamente, solo incómodo para mí. A Lucifer poco le importa lo que pudo pasar o no ayer en la noche en su lujoso yate pomposo. Él solo pasa al siguiente punto como si yo no existiera.
-¿Qué hay de la reunión con Alccor & Co. que te pedí mover el sábado? -pregunta cuando termina de leer los contratos que me tocó preparar después de la cena de anoche y al fin levanta la mirada, conectando sus ojos con los míos.
Con suma elegancia, alcanza su taza de café negro sin azúcar, amargo y oscuro como su alma, y bebe de esa manera que hace que mis piernas se quieran recoger.
«Es sexy el hijo de su padre».
-Pidieron confirmarla para el miércoles a las nueve, dejé la petición en su correo. Y ya tengo el borrador del acuerdo preliminar, solo falta que revise la cláusula de exclusividad.
Él asiente apenas, sin decir nada más. Sus ojos oscuros me escrutan, pero ni siquiera siento que lo haga con algo más que no sea indiferencia.
-Deja pendiente la respuesta, todavía no estoy seguro de cuánto nos tome por aquí.
Me muerdo el interior de la mejilla. Boston es el recordatorio de lo que para él es prioridad siempre. Ni siquiera es Viena, su hermana, va más allá de una relación familiar.
Vuelve a enfocarse en la pantalla de su laptop, olvidando mi existencia. Si no fuera porque sé que no estoy loca, me cuestionaría las cosas que recuerdo de anoche.
Su cercanía, su toque, su mirada oscura... y esa pequeña victoria en la que mandó a paseo a una mujer que sí sabe lo que es tener a este espécimen de hombre dándole órdenes. Y no del tipo que me da a mí, esas son una mierda, sino de las intensas que valdrían un poco más la pena si pudiera experimentarlas.
Ahora soy otra vez su secretaria perfecta. Y él, su versión más miserable de jefe.
Me aseguro de no fallar en nada, no permito que una sola nota, un solo informe o detalle esté fuera de lugar.
Hoy no puede haber errores, hoy no puede haber nada que dé paso a confusión. Esta mañana entendí que, si quiero destruirlo, tengo que tenerlo primero, y para eso, debo convertirme en lo que él desea.
No me basta con quedarme con su atención, necesito su obsesión.
Así que finjo ser exactamente lo que espera.
Dócil. Rápida. Impecable. Profesional.
Pero mientras él dicta cifras y condiciones, mi mente no deja de reproducir la imagen de anoche. Su cuerpo inclinado, su aliento rozando mi boca, su mirada encendida al oler mi piel, y luego, la frialdad con la que me echó. La humillación.
Como una maldición, no se me olvida, no se me va de la mente.
Sus dedos de repente golpean el escritorio con impaciencia, supongo que algo no le gusta. Parece una bestia enjaulada y es casi poético, porque yo planeo abrir esa jaula desde adentro.
Ya tomé la decisión. Voy a seducir a Aston Myers de una forma diferente. Cumpliré mi promesa como hasta ahora me estaba negando a hacer.
Y cuando lo tenga rendido, con la cabeza hecha un desastre por mí, cuando me crea suya, cuando quiera que lo sea, será mi turno de destruir su mundo.
-¿Los informes de los gerentes los clasificaste por...?
-Orden de importancia, sí -lo interrumpo cuando él continúa como si nada y yo lo hago también-. Finanzas, Ventas, Comercial, Marketing, y por último Recursos Humanos. Justo como le gusta.
Mi tono termina siendo un poco atrevido y Aston entorna los ojos apenas. Me mira serio, busca en mi cara algo fuera de lugar. Todavía no entiendo cómo se sorprende.
No sé qué le molesta más, que me adelante o que recuerde sus preferencias con tanta precisión.
-Recursos Humanos antes que Marketing la próxima vez -espeta al rato, cómo no, y seco como siempre.
-¿Podría incluir mis quejas? -murmuro en voz baja, anotando su petición, y asegurándome que no entienda lo que digo.
-Podría incluir, ¿qué...?
Sacudo la cabeza.
-Mis impresiones -digo sin dudar-. He revisado el informe del área legal, el nuevo abogado usa un lenguaje excesivamente técnico. Si no me equivoco, le pidió cambiar eso.
Aston estrecha los ojos, espera más tiempo, pero termina asintiendo.
-Envía un correo con las especificaciones, yo lo entiendo, pero tengo tres maestrías que avalan conocimientos. La idea es que mi personal pueda entender también.
Me muerdo el interior de la mejilla.
-Lo haré -respondo, apuntándolo todo en mi bloc de notas.
No lo necesito, ya me lo sé de memoria, pero le gusta ver que tomo nota. Da la impresión de que me importa. Así cómo el dichoso lenguaje técnico del abogado.
«Y sin olvidar las tres maestrías del señor Lucifer».
Aston toma otro sorbo de café sin apartar la vista de mí. Lo hace con esa calma que me saca de quicio, pero lo soporto sin desviar la mirada.
No sé qué crea o quiera después de lo que acabo de decir, pero no pienso bajar la cabeza.
-¿Tienes algo más para hoy? -pregunta cuando se cansa de tratar de intimidarme.
-Solo lo de la reunión con el comité interno, que está planificada para la siguiente semana. ¿Los puntos a tratar? Para poder enviar correo a las áreas involucradas.
Él observa su pantalla y asiente de nuevo.
-Te las dejaré cuando acabemos aquí. ¿Qué más?
-El CEO de Valdo Capital llamó para mover el almuerzo de la siguiente semana, a esta. El señor Soria acaba de llegar a New York de Londres en un viaje que no tenía previsto.
Aston levanta las cejas con lo que parece sorpresa.
-¿Qué propones?
Muerdo la parte trasera del bolígrafo mientras pienso.
-Sugiero aceptar el movimiento...
-Entonces...
-Y proponerle que se ahorre el viaje a Boston desde New York. Probablemente esté cansado, así que podemos aprovechar y cambiar el encuentro a uno por videollamada.
Él entrecierra los ojos de nuevo.
-¿Desde cuándo opinas sobre cómo deben ser mis reuniones?
«Desde que sé que no se te puede llevar la contraria sin consecuencias, pero igual lo hago. Además de que me preguntaste, idiota».
No lo digo, claro.
-Desde que parte de mi trabajo es optimizar su agenda y priorizar el rendimiento -respondo en su mismo tono seco, casi robótico.
El silencio se instala por unos segundos, mientras él no deja de mirarme. Me preparo para que suelte alguna estupidez arrogante, o peor, una burla sarcástica con esa sonrisa ladina que me derrite las bragas de la rabia.
Pero antes de que pueda replicar, su teléfono vibra sobre el escritorio. Lo toma y frunce el ceño al ver el nombre en la pantalla.
-Viena -dice en voz baja. Luego pulsa para responder y activa el altavoz sin pensar.
-¿Aston? ¿Estás ocupado? -Se escucha la voz de su hermana, preocupada.
-Estoy con Juliette. Dime.
-Es Ivanna -empieza, y de solo escuchar el nombre, el fastidio me recorre.
No me pierdo la reacción del jodido Lucifer. Su cuerpo se tensa de inmediato, los dedos que sostienen el móvil se crispan y la mandíbula se endurece.
Sus ojos cambian, dejan de ser fríos, como lo que me ofrece a mí, y pasan a ser ardientes, pero de una manera amenazante. No es algo evidente para quien no lo conoce, pero yo sí lo veo. He aprendido a verlo.
Y me jode, porque esa reacción no la he logrado para mí, ni una sola vez desde que llegué a su empresa. La verdad es que basta que digan el nombre de ella para que el universo interno de Aston Myers colapse en silencio.
-¿Qué pasa con Ivanna? -pregunta con un tono más bajo, pero más grave también.
-Abigail apareció en la empresa de Shane -dice Viena, bajando también la voz-. Vio a Shawn, y sé volvió un poco loca, terminaron sacándola del edificio con seguridad, pero le dio tiempo dejar en el aire algunas amenazas.
La mención del niño, del hijo de Ivanna, endurece más a Aston. Apenas respira y hasta yo siento angustia por lo que cuenta Viena.
-Te llamo porque necesitamos seguridad...
-Vengan aquí -ordena de inmediato-. Vamos a pensar en un plan antes de que pase algo peor.
-Eso mismo pensé. Ya casi voy de salida con ellos. Nos vemos allá.
La llamada termina y el despacho se queda en un silencio que se siente como un eco doloroso en mi cabeza. Aston no dice nada, se queda mirando el móvil durante unos segundos.
-¿Preparo algo para las visitas? -pregunto con la voz neutra, y sin mostrar mis emociones. No hay personal en la casa, así que es lógico que me toque a mí la atención extra.
Él parpadea al fin, como si recordara que sigo aquí y que debe reaccionar.
-No es asunto tuyo -dice con amargura y, aunque no debería, me escuece esa actitud.
El muro está de regreso. La muralla que se activa a su alrededor cuando algo lo toca de verdad, profundo y real, está asomando su fea cara.
Me deja fuera con completa indiferencia, me deja fuera por alguien más.
-No es necesario que aparezcas, de hecho. Solo será un asunto familiar y tú puedes regresar a tu habitación -insiste, directo y despiadado.
Me trago las palabras que quieren salir, me trago el maldito sabor amargo que me sube por la garganta.
Antes, hubiera aprovechado esta libertad temporal para bailar alrededor de una fogata y agradecer por el milagro, pero hoy no se siente como algo que consideraría siquiera.
Ya lo sabía, pero no necesito más pruebas de igual forma.
Ivanna es el punto débil de Aston Myers. Lo fue, lo sigue siendo, y probablemente lo será por mucho tiempo.
Ella es la razón por la que se guarda, por la que no permite que nadie más se le acerque en serio. La razón por la que, probablemente, anoche se detuvo justo antes de tocarme de verdad. Porque para él, ninguna mujer es suficiente si no es ella.
Pero también sé algo más, Ivanna no lo ve a él como él la ve a ella y eso le duele.
Porque por más perfecto que sea, por más que se encierre en su mundo oscuro de poder y control, por más que huya de los sentimientos, al final del día, Aston Myers está enamorado de alguien que no lo ama de vuelta.
Y yo tengo que meterme en medio de esa herida abierta. Es mi objetivo.
Por eso me recuerdo que no vine a compadecerlo, vine a cumplir una promesa.
Y si tengo que usar esa debilidad, lo haré.
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