Género Ranking
Instalar APP HOT
El albañil de mi madre
img img El albañil de mi madre img Capítulo 4 El castigo sobre la lengua
4 Capítulo
Capítulo 6 Una cena bastante turbia img
Capítulo 7 Poseída por gemidos ajenos img
Capítulo 8 Entre las sábanas img
Capítulo 9 Un desahogo peligroso img
Capítulo 10 Otro nivel de infierno img
Capítulo 11 Lo que no se dice también pesa img
Capítulo 12 Pequeñas traiciones img
Capítulo 13 La grieta que no sabía que tenía img
Capítulo 14 Casi un nuevo problema img
Capítulo 15 La tregua roja img
Capítulo 16 Como si nada doliera img
Capítulo 17 Tres cuerpos y un secreto img
Capítulo 18 El centro del fuego img
Capítulo 19 Boca decidida img
Capítulo 20 Montada img
Capítulo 21 Perderse adentro img
Capítulo 22 Clímax img
Capítulo 23 Lo que no se borra img
Capítulo 24 A un milímetro del desastre img
Capítulo 25 Nadie dijo lo que realmente pensaba img
Capítulo 26 Ella también quería incendiar la casa img
Capítulo 27 Cuando ella elige el fuego img
Capítulo 28 Con la luz encendida img
Capítulo 29 Cuando el deseo respira por si mismo img
Capítulo 30 Que todo el mundo escuche img
Capítulo 31 Entendiendo a la madre img
Capítulo 32 Brindando por nada img
Capítulo 33 Los pasos después del pecado img
Capítulo 34 El ruido que no se olvida img
Capítulo 35 La voz del cuerpo img
Capítulo 36 Sabor a castigo img
Capítulo 37 El sabor de la culpa img
Capítulo 38 Veneno lento img
Capítulo 39 Veneno cruzado img
Capítulo 40 Eligiendo el silencio img
Capítulo 41 Lo que ella ya sabía img
Capítulo 42 Advertencia en voz baja img
Capítulo 43 Otra píldora amarilla img
Capítulo 44 Sobre la lengua img
Capítulo 45 No quería volver a casa img
Capítulo 46 Contra la pared img
Capítulo 47 Al borde img
Capítulo 48 Tormento img
Capítulo 49 Hasta que ruegue img
Capítulo 50 Como el quiera img
Capítulo 51 Hasta romperla img
Capítulo 52 El orgasmo de sumisión img
Capítulo 53 La última embestida img
Capítulo 54 Cuando el secreto salió a la luz img
Capítulo 55 Condiciones para seguir img
Capítulo 56 Un infierno distinto img
Capítulo 57 Veneno en el celular img
img
  /  1
img

Capítulo 4 El castigo sobre la lengua

Me tiré semidesnuda sobre las sábanas tibias, con la piel pegajosa y húmeda, apenas cubierta por unas bragas de encaje empapada en deseo. Intenté leer, mirar el celular, distraerme, pero nada servía. Todo en mí ardía. Y en mi cabeza, solo él: su voz, su olor, su boca, sus manos. Miguel.

Miguel no dijo nada en todo el día. Su silencio dolía más que un insulto. Me acurruqué sudada, vacía, abrazando la almohada mientras el ventilador no servía de nada.

Y entonces cerré los ojos y lo volví a ver.

Su cara. Su forma de moverse. Su enorme verga entre mis labios. Todo. Otra vez, como una película que no podía dejar de repetirse.

Intenté resistirme pero era inútil.

Me llevé la mano al pecho. Los pezones estaban duros. No había contacto, solo pensamiento. Y aun así, el cuerpo reaccionaba. Cerré las piernas, como si pudiera contener el calor que empezaba a crecerme entre los muslos. Apoyé la mano ahí, por encima de las bragas, apenas rozando. Me asusté de lo húmeda que estaba.

Intenté detenerme. Me dije que era ridículo. Que estaba sola, que era absurdo seguir alimentando algo que él no quería. Pero no pude. Era como si el cuerpo se moviera por cuenta propia. Como si ya no me obedeciera a mí.

Me bajé las bragas hasta las rodillas.

Me toqué con rabia, buscando expulsarlo a gemidos. No era yo la que se movía: era él, su voz en mi cabeza ordenando que no me detuviera.

Estaba al borde. Sentía los músculos tensarse, las piernas temblar, la espalda arquearse. Me mordía los labios. Me faltaba el aire. El orgasmo subía como un golpe de calor. Era inminente.

Y entonces madera crujió. Abrí los ojos. Miguel estaba ahí, viéndome. Inmóvil, con mis dedos aún dentro, sentí el mundo romperse. No sabía si gritar, correr o rogarle algo.

Me miraba sin expresión, sin apuro. Como si hubiera estado ahí desde siempre. Como si fuera normal encontrarme así: abierta, desnuda, con los dedos entre las piernas y la cara ardida de vergüenza.

Quise moverme, cubrirme con la sábana, bajar las piernas, hacer algo. Pero no pude. Era como si su mirada me atara a la cama. Como si sus ojos pesaran más que mi cuerpo entero. Me mordí el labio. Sentí que las lágrimas querían subir, pero no era tristeza. Era humillación. Era deseo. Era miedo también, pero de ese que no paraliza sino que excita.

-Yo... -intenté decir algo, pero no terminé la frase.

Miguel dio un paso dentro. Cerró la puerta con una lentitud que me heló la sangre. Se acercó unos pasos, sin hablar. Se detuvo al lado de la silla del escritorio y se sentó. Se acomodó con calma, como si viniera a ver una película que ya conocía.

-No te detengas -dijo al fin, con esa voz suya, baja, seca, sin adornos.

Me tragué el nudo que tenía en la garganta. No entendía si me lo decía como orden, como burla, o como castigo. Pero me obedecí.

Volví a tocarme.

Despacio. Temblando. Sabía que me miraba. Sentía sus ojos fijos en mi coño, donde mis dedos se deslizaban con torpeza. Cerré los ojos pero su presencia seguía ahí, clavada en el pecho como una aguja. Estaba caliente. Me ardía la piel. El cuerpo no me respondía como quería: me movía más lento, más sucia, más entregada.

Cuando volví a abrir los ojos, lo vi.

Miguel tenía la mano entre las piernas. No se tocaba con violencia ni con desesperación. Lo hacía con ritmo, con dominio, con esa forma suya de no ceder ni un milímetro. Tenía el pantalón desabrochado, apenas bajado. Su erección era evidente, pesada, perfecta. Se masturbaba como si fuera lo más natural del mundo. Como si no hubiera nada sucio en eso.

Me miraba. Lo hacía solo por mí. No necesitaba placer. Solo demostrarme que él también podía jugar este juego sin perder el control. Que podía mirarme así, humillada, expuesta, y aún ser el que dictaba las reglas.

Y eso me mataba.

Me corrí. Con fuerza. Con rabia. Con los ojos clavados en los suyos pero no fue liberador, fue devastador.

-¿Así es como te tocás pensando en mí? -preguntó, como si le molestara mi técnica, no el acto en sí.

Bajé la mirada, avergonzada. No supe qué responder. Me apreté las piernas con fuerza, queriendo desaparecer. Pero él insistió.

-Te apurás mucho -dijo-. No sabés disfrutarlo.

Quise decirle que sí, que había disfrutado. Que me había corrido como nunca. Pero sabía que no era eso lo que quería escuchar. No se trataba del placer. Se trataba de obediencia. De rendición. De control.

-Mostrame de nuevo -ordenó-. Pero esta vez, hacelo despacio.

Me quedé quieta. Dudé. Y ahí mismo, con la voz más baja que había escuchado de él, agregó:

-O vení acá.

Lo miré. Sus pantalones seguían abiertos. Su enorme verga sobresalía, pesada, palpitante, con una gota brillando en la punta. Tenía aún la mano sobre él, como si me lo ofreciera.

-¿Querés chuparmela?

Me levanté sin pensar.

Tomé su verga con la mano. Estaba caliente, dura, firme. La acaricié con la lengua. Primero un roce leve. Después un beso. Después lo lamí entero. Y cuando abrí la boca para recibirlo él suspiró por primera vez.

-Eso... así -dijo-. Ahora sí.

Me moví despacio. Lo adoré. No por venganza, ni por deseo, sino porque ya no podía hacer otra cosa. Era mi manera de pedirle que no me ignorara más. Que no me borrara.

-¿Te gusta? -susurré, con la voz quebrada, la boca apenas despegada de su carne.

-No hables -respondió-. Usá la boca para lo que sirve.

Lo succioné con hambre, con devoción, con desesperación. No me importaba si me dolía la mandíbula o si las lágrimas me resbalaban por las mejillas. Quería que se viniera. Quería tragarlo. Quería pertenecerle aunque fuera por un momento más.

Pero no acabó, se detuvo antes.

La sacó de mi boca y la sostuvo con la mano y se masturbó frente a mí, con una expresión fría, como si se concentrara en un recuerdo que no tenía nada que ver conmigo.

-Sacá la lengua -ordenó.

Obedecí y fue ahí donde terminó, derramándose sobre mi lengua y lo tragué, sin hacer una mueca.

Miguel se vistió sin mirarme, como si nada hubiera pasado. Yo seguía de rodillas, desnuda, con su sabor en la lengua y el corazón roto. Se alejó sin odio, solo indiferencia. Abrió la puerta, y antes de irse, sin girarse, dijo algo que me partió aún más.

-Si vas a tocarte pensando en mí... al menos hacelo bien.

Y se fue.

La puerta quedó entreabierta, como yo. No estaba enamorada. Ni encaprichada. Estaba atrapada. Y cuando creí que todo había terminado, su sombra volvió a asomarse en el umbral.

Anterior
            
Siguiente
            
Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022