Kael llevaba tres días allí. Sus manos, que antes olían a limpiador de limón, ahora olían a grasa de motor y café rancio. Su trabajo era simple: recibir la basura de los pisos superiores, separarla y meterla en el compactador. O cargar los camiones de suministros.
Era un trabajo de fuerza bruta. Sin pensar. Sin escuchar secretos. Justo lo que Vane quería.
-¡Eh, tú! ¡Nuevo! -gritó el capataz, un tipo enorme llamado Ruso que tenía más cicatrices que dientes-. Deja de soñar y mueve esas cajas. El camión de las cuatro se va en diez minutos.
Kael agarró una caja. Pesaba. Papel de impresora. La tiró en el palé.
-Sí, jefe -dijo Kael, secándose el sudor de la frente con la manga sucia.
Ruso lo miró con sospecha.
-No sé qué hiciste para que te mandaran del ático al sótano, chico. Pero aquí abajo no nos gustan los problemas. Haces tu trabajo, cierras la boca y te vas.
-Entendido.
Kael siguió cargando. Sus músculos ardían. Desde allí abajo, el mundo de los ejecutivos parecía estar en otro planeta. No sabía si Vane seguía enfadado, si el Proyecto Icarus seguía muerto o si Sabrina preguntaba por él (sabía que no, pero la esperanza es estúpida).
A las seis de la tarde, el turno terminó para la mayoría. El muelle se quedó en un silencio relativo, solo roto por el goteo de una tubería.
Kael se sentó sobre un palé vacío a comer un sándwich que había traído de casa. Estaba masticando pan seco cuando escuchó unos pasos ligeros. Demasiado ligeros para ser un camionero.
Levantó la vista. Era Elara.
Llevaba un abrigo grueso sobre su ropa de oficina y miraba a su alrededor con una mezcla de curiosidad y asco.
-Te van a comer las ratas aquí abajo -dijo ella, acercándose.
Kael tragó el bocado.
-Las ratas de aquí son más honestas que las del piso 40. Al menos estas te muerden de frente.
Elara sonrió a medias y se sentó a su lado, sin importarle la grasa del palé. Le tendió un termo.
-Café. Del bueno. De la máquina de Vane.
-¿Cómo lo conseguiste?
-El ambiente arriba es un caos. Nadie vigila. Desde que la señora Sterling congeló el proyecto, Vane está como loco. Grita a todo el mundo. Despidió a su secretaria ayer porque le trajo el almuerzo frío.
Kael bebió el café. Estaba ardiendo y sabía a gloria.
-¿Y Sabrina?
Elara lo miró de reojo.
-Está asustada. Se ha pegado a Vane como una lapa, pero se nota que duda. Cree que el barco se hunde y no sabe si saltar o ayudar a achicar agua.
-Que se hunda con él -murmuró Kael.
-Por cierto -Elara bajó la voz, aunque allí no había nadie-, gracias.
-¿Por qué?
-No sé cómo lo hiciste, Kael. No sé si fuiste tú. Pero el proyecto se canceló justo después de que hablaras con... quien sea que hables. Salvaste mi trabajo. Y el de cuarenta personas más.
Kael miró el suelo de cemento manchado de aceite.
-Solo saqué la basura, Elara.
De repente, las luces del túnel de entrada parpadearon. El sonido de un motor pesado retumbó en las paredes.
Kael miró su reloj. Eran las siete y media.
-Raro -dijo-. El último camión de recogida ya pasó. No hay entregas programadas a esta hora.
Un camión negro, sin logotipos, entró marcha atrás en el muelle número 3. Los frenos de aire silbaron.
-Vete -le dijo Kael a Elara, poniéndose de pie-. No deberías estar aquí. Si Vane descubre que bajas a verme, te meterás en líos.
-Kael, es solo un camión.
-Es un camión fuera de horario en una empresa que está bajo auditoría. Vete. Por favor.
Elara vio la tensión en sus ojos. Asintió, le dio un apretón rápido en el brazo y corrió hacia el ascensor de servicio.
Kael se escondió detrás de una pila de cajas de cartón vacías.
Del camión bajaron dos tipos con gorras bajas. No eran del equipo habitual de logística. Caminaron hacia el montacargas privado, el que conectaba directamente con los laboratorios de I+D y la planta ejecutiva.
El montacargas se abrió. Bajó alguien que Kael conocía bien. No era Vane. Era su "perro guardián", el jefe de seguridad personal de Vane, un ex-militar llamado Gorman.
Gorman traía un carrito con cuatro cajas negras de plástico duro. No eran cajas de documentos. Eran cajas de transporte de equipos delicados. Tenían etiquetas naranjas que decían: "RESIDUOS ELECTRÓNICOS - DESTRUCCIÓN".
-Cargad esto rápido -dijo Gorman a los conductores-. Y cuidado. Si se rompe algo, no cobráis.
-¿Residuos? -preguntó uno de los conductores con sorna-. Pesan mucho para ser basura.
-Tú conduce y calla. Tenéis los papeles de aduana listos para el puerto, ¿no?
-Sí. Salida hacia Hong Kong esta madrugada.
Kael aguzó el oído. Hong Kong. Aduana. Residuos electrónicos.
Algo no cuadraba. Industrias Dório tenía una política estricta de reciclaje local. Enviar basura electrónica a China costaba una fortuna. A menos que no fuera basura.
Kael esperó a que subieran las cajas al camión. Gorman firmó unos papeles, miró alrededor con paranoia y volvió a subir al montacargas.
El camión arrancó el motor.
Kael tenía segundos. Si ese camión salía, lo que fuera que Vane estaba robando desaparecería para siempre. Y si Vane estaba vaciando los laboratorios, significaba que planeaba huir o vender la tecnología por su cuenta antes de que la auditoría lo atrapara.
Kael salió de su escondite.
-¡Eh! -gritó, corriendo hacia el camión mientras este empezaba a moverse.
El conductor frenó de golpe. Bajó la ventanilla.
-¿Qué quieres, pringado? ¡Casi te atropello!
-Falta el sello de salida del muelle -mintió Kael, improvisando. Se acercó a la cabina con paso firme, sacando un bolígrafo del bolsillo-. El capataz Ruso me mata si dejáis el muelle sin firmar el registro de salida. Normas nuevas por la auditoría.
El conductor resopló.
-Joder con la burocracia. Trae aquí.
Mientras el conductor garabateaba en la libreta que Kael le ofrecía, Kael se acercó a la parte trasera del camión. Su compañero estaba distraído con el móvil.
Kael miró el cierre de la puerta trasera. Tenía un precinto de plástico barato. Lo rompió con un tirón seco y abrió la puerta apenas unos centímetros.
Se iluminó con la linterna del móvil.
Dentro de las cajas negras mal cerradas no había cables viejos ni monitores rotos. Había servidores. Y en una caja abierta, vio algo que reconoció por las revistas de tecnología de la sala de espera: el prototipo de la batería "Quantum-D", la joya de la corona de la empresa. Un proyecto valorado en quinientos millones de dólares.
Vane no estaba robando dinero de la caja fuerte. Estaba robando el futuro de la compañía.
-¡Eh! ¿Qué haces ahí atrás? -gritó el copiloto, que lo vio por el retrovisor.
Kael cerró la puerta de golpe y echó a correr.
-¡Nada! -gritó-. ¡Todo listo!
El camión rugió y aceleró, saliendo del muelle hacia la rampa de la calle.
Kael se quedó jadeando en medio del humo del escape. Tenía la matrícula memorizada. HK-4922.
Pero eso no bastaba. El camión se iba al puerto. Si salía del país, adiós empresa. Adiós herencia. Adiós a todo. Kael heredaría un cascarón vacío.
Sacó su teléfono. Le temblaban las manos. Marcó a Roth.
-¿Kael? Son las ocho de la tarde.
-Vane está sacando los prototipos. Van camino al puerto en un camión negro. Matrícula HK-4922. Destino Hong Kong.
-Mierda -dijo Roth. Por primera vez, el abogado sonó alterado-. Eso es robo industrial a gran escala. Si esos prototipos salen del país, la empresa vale cero mañana por la mañana.
-Llama a la policía -dijo Kael.
-No puedo. Si la policía detiene el camión, se hace público. Las acciones se desploman. La empresa quiebra igual por el escándalo. Tenemos que pararlo nosotros.
-¿Nosotros? Yo estoy en un muelle de carga y tú eres un anciano con traje.
-Tú eres el dueño, Kael. Tienes recursos que no sabes que tienes.
-¿Qué recursos?
-El servicio de seguridad privada del edificio. No los matones de Vane, sino la seguridad perimetral. Trabajan para la empresa, no para el vicepresidente. Pero necesitan una orden del CEO para interceptar un vehículo fuera del recinto.
-No soy el CEO todavía. Tengo que esperar noventa días.
-¡Al diablo los noventa días! -gritó Roth-. Si no paramos ese camión, no habrá nada que heredar en noventa días. Tienes que tomar una decisión de mando, Kael. Ahora.
Kael miró la rampa vacía por donde se había ido el camión. La lluvia caía fuera.
Si daba la orden, se revelaba. Si se revelaba, perdía la herencia según la cláusula. Pero si no hacía nada, heredaba cenizas.
Era una trampa. O tal vez, era la verdadera prueba.
-Roth -dijo Kael, con la voz fría como el hielo del muelle-. No voy a llamar a seguridad.
-¿Qué? ¿Vas a dejar que se lo lleven?
-No. Seguridad es lenta y hacen preguntas. Voy a llamar a los únicos que pueden parar un camión en esta ciudad sin hacer preguntas.
-¿A quién?
Kael miró a Ruso, el capataz, que acababa de volver de fumar, y a los otros estibadores que jugaban a las cartas. Tipos duros. Tipos que odiaban a los trajes que les recortaban el sueldo.
-Voy a llamar al sindicato -dijo Kael-. Voy a provocar una huelga.
-¿Una huelga?
-Si bloqueo las salidas del muelle con los camiones de la empresa, nadie entra y nadie sale. Ni siquiera el camión de Vane si se ha quedado atascado en el tráfico de salida.
-Es arriesgado, Kael.
-Es mi empresa. Es mi basura.
Kael colgó. Caminó hacia Ruso. El capataz lo miró mal.
-¿Qué quieres ahora, chico?
Kael se subió a una caja para mirarlo a los ojos.
-Ruso, ¿cuánto hace que no nos pagan las horas extra?
Ruso escupió al suelo.
-Tres meses. Desde que llegó Vane.
-¿Y qué te parece si cobramos hoy? -Kael señaló la salida-. Tengo el soplo de que en ese camión que acaba de salir va nuestro dinero. Literalmente.
Ruso se levantó despacio. Los otros estibadores también.
-¿Qué estás diciendo?
-Digo que se nos ha estropeado un camión. Justo en la salida de la rampa. Ahora mismo. Y que nadie se mueve hasta que inspeccionemos cada maldita caja que sale de aquí.
Ruso sonrió. Le faltaba un diente, pero era la sonrisa más bonita que Kael había visto en días.
-Chico -dijo Ruso-, creo que me empiezas a caer bien. ¡Eh, muchachos! ¡Cruzad el tráiler en la puerta! ¡Nadie sale de Dório esta noche!