Vacié mis artículos de tocador, barriendo cremas caras hacia el abismo de plástico negro. Vacié los libros de mi buró. Tomé la foto enmarcada de nosotros del manto de la chimenea -capturada en una mentira de momento- y la dejé caer boca abajo en el contenedor.
La cerradura electrónica sonó.
Dante entró. Se veía destrozado, la corbata aflojada, los ojos enrojecidos. Olía a jabón de hospital y al agudo y metálico sabor de la traición.
Se detuvo en seco cuando vio los estantes vacíos.
-¿Elena? -El pánico fracturó su voz-. ¿Qué estás haciendo?
Me volví hacia él. Sonreí. Era una máscara de porcelana, fría y frágil, lo más difícil que jamás había construido.
-Estoy empacando -dije, manteniendo mi tono ligero, aéreo-. Para la luna de miel. Dijiste que iríamos a la Riviera Maya justo después de la recepción. Envié mis maletas por adelantado al avión.
Sus hombros se desplomaron con alivio. Soltó un aliento que debió haber estado conteniendo durante horas, la tensión drenándose de él como agua.
-Cierto -dijo, pasándose una mano por el cabello-. Por supuesto. Dios, me asustaste.
Se acercó y me rodeó con sus brazos. Me quedé rígida contra su pecho, mi piel erizándose.
-¿Está todo bien con... Lucas? -pregunté.
Se tensó imperceptiblemente. -Sí. Está estable. Estuvo cerca.
_Mentiroso._
-Me voy a quedar en casa de mis padres esta noche -dije, retrocediendo lo suficiente para mirarlo a los ojos-. Tradición. Mala suerte ver a la novia antes de la boda.
Me besó la frente. Contuve la respiración para no inhalar el aroma de su engaño.
-Te amo, Elena -dijo-. Mañana va a ser perfecto.
-Amo la idea de nosotros -dije suavemente. Y no era una mentira. Amaba la ficción de ello. La realidad, sin embargo, se estaba pudriendo desde adentro.
Salí por la puerta y nunca miré hacia atrás.
No fui a casa de mis padres.
Fui al aeródromo privado en las afueras de la ciudad, donde la oscuridad se sentía más segura que la luz.
Enzo esperaba en la pista. El viento azotaba su gabardina alrededor de sus piernas, una silueta oscura contra el cielo gris. Los motores del jet ya rugían, un gemido agudo ansioso por volar.
Me detuve al pie de las escaleras y saqué mi laptop.
Abrí mi manuscrito. La novela romántica que había estado escribiendo durante dos años. La que tenía miles de seguidores en línea que pensaban que era pura ficción.
Subí el capítulo final.
Título: _La Heroína Abandona al Traidor._
Contenido: Una autopsia brutal, jugada por jugada, de un prometido que deja a su novia en la orilla de la carretera por una amante que fingió un embarazo.
Presioné _Publicar_.
Cerré la laptop, el sonido agudo como un disparo. Se la entregué a uno de los guardias de Enzo.
-Quémala -dije.
Subí las escaleras. Enzo tomó mi mano. Su agarre era firme, posesivo, anclándome.
-¿Lista? -preguntó.
Miré las luces de la ciudad por última vez, viendo cómo el mundo que solía conocer se desvanecía en la distancia.
-Quémenlo todo -dije.