De cerca, era aún más intimidante de lo que sugerían los recuerdos borrosos.
Olía a pólvora, a colonia cara y a humo rancio; una mezcla volátil.
Me miró, con la mandíbula apretada.
-Estás fuera de la cama -afirmó.
No era una pregunta. Era una acusación.
-Necesito caminar -dije, con voz plana.
Entrecerró los ojos, escudriñando mi rostro en busca de la adoración habitual con la que aparentemente solía ahogarlo.
Pareció inquieto cuando no la encontró.
-No deberías estar deambulando -dijo, rodeándome-. Eres propensa a los mareos.
-¿Cómo lo sabrías? -pregunté-. No estabas en la ambulancia.
Se detuvo.
Su espalda se puso rígida.
Se giró lentamente, sus ojos se estrecharon hasta convertirse en rendijas.
-¿Vamos a empezar con esto, Sienna? Tomé una decisión táctica. Valeria estaba en el asiento del copiloto. Estaba atrapada.
Lo miré, lo miré de verdad.
Era guapo de una manera cruel y afilada.
Pero todo lo que vi fue al hombre que calculó que mi vida valía menos que su culpa por un sicario muerto.
-No estoy empezando nada, Dante -dije-. Solo estoy exponiendo los hechos.
Una puerta al final del pasillo se abrió con un clic.
Valeria Ríos salió.
Llevaba una bata de seda que parecía lo suficientemente suave como para dormir sobre ella, su cabello oscuro caía perfectamente sobre un hombro.
Tenía una pequeña venda en la frente. Un rasguño.
Todo el comportamiento de Dante cambió.
El hielo se derritió al instante.
Pasó a mi lado como si yo fuera un mueble y fue hacia ella.
-Val -dijo, su voz bajó una octava, volviéndose tierna-. Deberías estar descansando. El doctor dijo que tienes un shock leve.
-Estoy bien, Dante -dijo ella, su voz entrecortada y frágil-. Solo te estaba buscando.
Miró por encima de su hombro y me vio.
Sus ojos se abrieron, pero había un destello de triunfo en ellos.
-Oh, Sienna. Estás despierta.
Dante puso una mano protectora en la parte baja de su espalda.
-Sienna solo iba a dar un paseo -dijo con desdén.
No me presentó como su prometida.
No preguntó por mi conmoción cerebral.
Me presentó como si fuera un inconveniente que aún no había descubierto cómo programar.
-Es amiga de Julieta -le dijo a una enfermera que pasaba-. Asegúrese de que vuelva a su habitación.
Amiga de Julieta.
Sentí una risa burbujear en mi pecho, pero me la tragué.
Sabía a cenizas.
Los miré a los dos.
El Rey y su frágil favorita.
Me di cuenta entonces de que mi amnesia era el mayor regalo que Dios podría haberme dado.
Me despojó del engaño.
No dije una palabra.
No rogué por su atención.
No le pregunté por qué la sostenía como si estuviera hecha de cristal mientras yo me mantenía unida con puntos de sutura.
Simplemente me di la vuelta y continué mi paseo.
Escuché sus pasos detenerse.
Me estaba viendo marchar.
Estaba esperando que me diera la vuelta, que lo mirara con esos ojos de cachorro de los que me habló Julieta.
Seguí caminando.
No miré hacia atrás ni una sola vez.