-No quiero hablar.
-No es opcional -insistió.
Me incorporé lentamente. Tenía los ojos hinchados, el cabello enredado y la mente hecha pedazos. Abrí la puerta y mi madre me miró con una mezcla de preocupación y prisa.
-Baja al comedor. Tu padre quiere discutir los preparativos.
-¿Preparativos? -repetí, irritada-. ¿Pretenden planificar una boda mientras yo intento no desmayarme del estrés?
-Lorena -susurró ella-. Entiende que es necesario.
La seguí de mala gana.
En el comedor estaban mi padre, con su laptop abierta, y Daniel, con cara de pocos amigos. Mi padre hablaba por teléfono, discutiendo fechas, tiempos, acuerdos, como si estuviera negociando una fusión empresarial... no la vida de su hija.
-Sí, señor James, claro -decía él con tono sumiso-. Todo estará listo. Sí... sí, por supuesto.
Colgó. Cuando levantó la mirada hacia mí, trató de sonreír, pero falló miserablemente.
-Lorena, siéntate. Hay mucho que organizar.
-Yo no voy a organizar ni una flor -dije secamente.
-Hija...
-No empieces -lo interrumpí-. Solo dime lo esencial.
Mi padre respiró hondo.
-Tu boda será en el salón principal del hotel Crown. Esta misma tarde deberás ir a probarte vestidos, elegir anillos y firmar un par de documentos previos.
-¿Documentos? -pregunté con suspicacia.
-Un acuerdo prenupcial -respondió, sin mirarme a los ojos.
Daniel golpeó la mesa.
-¿Un prenup? ¡Ah, claro! Porque tu hija es un activo, ¿verdad? Qué conveniente para el señor James.
-¡Daniel! -lo reprendió mi padre.
-No -lo detuve-. Él tiene razón. ¿Qué dice ese documento?
Mi padre abrió la carpeta.
-Establece las condiciones del matrimonio... y de una posible separación futura.
Me encogí de hombros, tratando de no mostrar que me dolía.
-¿Qué condiciones?
-Pues... -miró el papel-. Que no puedes revelar información personal del señor James. Que no puedes interferir en sus decisiones empresariales. Que debes mantener la imagen pública que él determine. Y... -traga saliva- debes residir en su mansión. Sin excepciones.
-¿Debe? -repetí-. ¿No tengo opción?
-No. El acuerdo es muy claro.
Daniel bufó.
-Y seguro también dice que debe pedir permiso para respirar.
Mi padre cerró la carpeta.
-Lorena, el documento te protege económicamente.
-No quiero dinero -dije fría-. Quiero mi vida.
-Hija, esto también te da estabilidad.
Lo miré con una mezcla de incredulidad y decepción.
-Papá... ¿de verdad crees que yo estaré estable casándome con un hombre que no me quiere cerca?
Mi padre evitó mi mirada.
Daniel carraspeó.
-¿Y el señor James? ¿Volverá a aparecer hoy de la nada?
Justo en ese instante, como si el universo quisiera torturarme, el timbre de la casa sonó. Los tres nos quedamos quietos.
-No... -susurré-. No puede ser él otra vez.
Mi padre se levantó apresurado.
-Mejor vamos -dijo.
Fuimos a la puerta.
Y sí.
Era Patrick.
De pie, impecablemente vestido con un traje gris oscuro. Sus ojos grises recorrieron la entrada y se posaron en mí. No había calidez ni amabilidad. Solo una observación fría.
-Buenos días -dijo con voz baja y controlada.
Yo apreté las manos a los costados.
-No sabía que vendrías tan temprano.
-No suelo avisar. -Sus palabras eran cuchillos envueltos en terciopelo-. Necesito hablar contigo a solas.
Daniel gruñó.
-¿Por qué no hablas aquí? Si tanto te interesa "evaluar" a mi hermana...
Patrick lo miró de reojo, sin inmutarse.
-No vine a discutir con un adolescente.
-¿Ah, no? Porque lo estás haciendo -respondió Daniel, cruzando los brazos.
-Daniel -lo frené-. Está bien. Yo hablo con él.
Patrick hizo un gesto con la cabeza, invitándome a caminar hacia el jardín. Lo seguí, manteniendo cierta distancia, como si acercarme demasiado fuera peligroso.
Nos detuvimos junto a la fuente. El agua brotaba en silencio, pero ni eso lograba calmar el ambiente cargado.
-¿Qué quieres? -pregunté al fin.
Él me observó un largo momento. Demasiado largo. Y luego dijo:
-Ayer estuve... brusco.
-¿Brusco? -me reí con ironía-. ¿Así le llamas a tratarme como un mueble?
Él no reaccionó.
-No soy un hombre que hable de sentimientos -admitió con frialdad-. No sé cómo suavizar palabras. Digo lo que es y punto.
-Pues te digo algo yo -repliqué-. No soy un objeto que puedas manipular sin consecuencias.
Patrick inclinó la cabeza.
-Jamás te compararía con un objeto. Eres un compromiso.
-¿Eso es mejor? -bufé.
Sus labios se tensaron apenas.
Respiró hondo.
-He venido para aclarar algo importante -dijo-. Nuestro matrimonio es un acuerdo, pero no pretendo humillarte ni hacer tu vida miserable.
-Ya empezaste bastante bien -contesté.
Sus ojos grises brillaron con una intensidad que me hizo sentir expuesta.
-Eres mucho más desafiante de lo que imaginé.
-¿Esperabas que me quedara callada? ¿Obediente? -arqueé una ceja-. Lo siento, no soy una muñeca.
-No te quiero dócil -murmuró él, para mi sorpresa-. Solo necesito... orden.
-¿Orden? -repetí.
-Mi vida no tiene espacio para el caos emocional. -Su tono era firme, casi tajante-. No busco amor, ni dramas, ni expectativas románticas.
Me mordí el labio para contener un comentario ofensivo.
-¿Y qué buscas entonces?
Patrick fijó su mirada en la mía, tan seria que me obligó a tragar saliva.
-Quiero una esposa que pueda acompañarme en público, mantener la imagen que necesito y no invadir mi vida privada. A cambio tendrás estabilidad, protección y acceso a todo lo que necesites.
-Creo que te estás confundiendo -respondí manteniendo la voz firme-. No necesitas una esposa. Necesitas una actriz.
Él no se ofendió.
-Quizá -admitió.
Nos quedamos unos segundos en silencio. Sentí el viento moviendo mi cabello, y sus ojos lo siguieron por un instante. Fue un instante mínimo, pero lo noté. Como si evaluara algo más allá de lo superficial. Me incomodó.
-¿Voy a vivir en tu casa? -pregunté.
-Sí.
-¿Tengo libertad allí?
-Libertad vigilada -respondió con sinceridad brutal.
-¿Puedo trabajar? -insistí.
Me miró como si la idea fuera insólita.
-Si tus actividades no interfieren con mis horarios, sí.
Quería golpearlo.
-Y si quiero irme... ¿puedo?
Patrick frunció el ceño.
-¿A dónde?
-A donde sea. A respirar lejos de ti.
Un músculo se movió en su mandíbula. Algo parecido a irritación.
-Si necesitas espacio, lo tendrás. Pero no me interesa perseguirte por cada rincón de la ciudad. -Pausa-. Lo único que te pido es que no me dejes en ridículo en público.
Mi risa fue amarga.
-No sabía que te preocupaba el ridículo.
-Me preocupa la reputación -corrigió.
Lo miré fijamente.
-¿Y qué hay de tu familia? ¿Saben quién soy?
Patrick me sostuvo la mirada con frialdad calculada.
-Mi familia no opina sobre mis decisiones. Ellos solo quieren que esté casado. Nada más.
-¿Ni siquiera les importa con quién?
-No.
Sentí un nudo en la garganta. Qué triste debía ser tener una vida donde ni siquiera tu familia te mirara como ser humano.
-¿Puedo hacerte una pregunta personal? -dije suavemente.
Patrick vaciló, apenas.
-Puedes intentarlo.
-Ayer dijiste que tu corazón ya tiene dueña. ¿Es cierto?
Su expresión se volvió impenetrable. Fría. Distante.
-No es asunto tuyo.
-Voy a casarme contigo -respondí-. Creo que sí es mi asunto.
Patrick dio un paso hacia mí. Fue sutil, pero suficiente para sentir la intensidad de su presencia. Me miró con dureza.
-No vuelvas a preguntar por eso.
-¿Por qué? -mi voz tembló-. ¿Porque aún la amas?
Él no respondió.
Solo clavó sus ojos en mí como si hubiera cruzado una línea peligrosa.
-Lorena -dijo finalmente-. Hay cosas que no puedo darte. Ni explicarte. Ni compartir.
-¿Es ella la razón de tu frialdad? -susurré.
-No. -Su voz fue un filo-. La razón es que no tengo tiempo para estupideces sentimentales.
Retrocedí, herida.
Patrick notó mi reacción, pero no suavizó su tono.
-He venido a avisarte que esta tarde iremos a ver el vestido -dijo-. Mi asistente vendrá a recogerte a las cuatro.
-¿Tu asistente? -arqueé una ceja-. ¿No vas a acompañarme?
-No es necesario.
Sentí un fuego subir desde el estómago hasta la garganta.
-¿Te molesta tanto pasar tiempo conmigo?
-No lo suficiente como para cancelar la boda -respondió-. Pero no veo la utilidad de estar presente en detalles irrelevantes.
-¿Irrelevantes? -quise gritar.
Con una calma provocadora añadió:
-Al final, el vestido terminará en el suelo. Y no pienso discutir por telas.
Me quedé muda.
Mi cara ardía. No sabía si de vergüenza, ira o ambas.
-Eres un idiota.
Patrick no reaccionó ni un centímetro.
-Probablemente. Pero soy el idiota con el que te vas a casar.
Y dicho eso, se dio media vuelta.
Yo estaba tan sorprendida por su descaro que tardé unos segundos en procesarlo. Recién cuando caminaba hacia el auto, me animé a gritar:
-¡¿Y por qué demonios aceptaste casarte conmigo entonces?!
Patrick se detuvo.
Solo un segundo.
Sin girarse, respondió:
-Porque necesito orden. Y tú... pareces más fuerte de lo que crees.
Se metió en el auto y partió.
Yo me quedé en el jardín, temblando, con mil emociones mezcladas. Cuando Daniel salió corriendo hacia mí, yo aún seguía en shock.
Y mientras él me preguntaba qué había pasado, yo solo pude pensar:
Estoy a punto de casarme con un hombre que no sabe amar... pero que espera que yo funcione como si fuera un accesorio más en su vida perfecta