Punto de vista de Annelise
Damián había ordenado un agua mineral con jengibre para mí.
El chef la colocó en la isla de la cocina, un vaso sudoroso de hielo y falsa consideración.
Damián estaba en la sala, sirviéndole a Caridad un vaso de agua con gas, de espaldas a mí.
-Bébetela, Annelise -gritó-. Necesitarás fuerzas.
Dejé el vaso sudando sobre el mármol.
Me deslicé hacia el cuarto de huéspedes. El tiempo se estaba agotando.
Necesitaba los documentos de la caja fuerte oculta detrás del cuadro del pasillo, y necesitaba mi pasaporte.
Abrí la puerta del clóset de golpe.
Y me quedé helada.
Mi ropa -mis blusas de seda, mis abrigos de invierno, los pocos vestidos que realmente amaba- estaba hecha jirones.
Colgaba en harapos, goteando vino tinto oscuro. El olor era sofocante, como si un viñedo hubiera sido masacrado en la oscuridad.
-Bueno, qué lástima.
Me di la vuelta.
Caridad estaba apoyada en el marco de la puerta, con una botella de acetona en una mano y una vela encendida en la otra.
-Tú hiciste esto -dije.
Se encogió de hombros. -Necesitaba el espacio en el clóset. Y honestamente, tu gusto es tan... deprimente.
Entró pavoneándose en la habitación, pateando un trozo de seda empapada con el tacón.
-Sabes -dijo, su voz bajando a un ronroneo conspirador-, Damián me contó lo de tu abuela. Cómo murió sola porque él estaba "atrapado en el tráfico".
Me puse rígida. Mi abuela me había criado. Cuando estaba en su lecho de muerte hace tres años, le rogué a Damián que me llevara al hospicio. Dijo que se había retrasado. Me perdí su último aliento por diez minutos.
-No estaba en el tráfico, Annelise -sonrió Caridad, cruel y brillante.
-Estaba conmigo. Estábamos en ese pequeño bistró en la calle Cuarta. Apagó su teléfono porque no quería que lo distrajeran.
Un rugido llenó mis oídos, no un sonido, sino pura rabia al rojo vivo.
-Mientes -susurré.
-Pregúntale -se rio.
No pensé. Me moví. Me abalancé.
Caridad chilló. Tropezó hacia atrás, la botella de acetona se le resbaló de las manos.
Se hizo añicos en el suelo, salpicando el acelerante transparente sobre las sedas empapadas de vino y la alfombra.
La vela en su otra mano se tambaleó.
Me la arrojó.
Falló, pero encontró el charco.
*¡Zas!*
La habitación no solo se incendió; inhaló el fuego.
Las llamas rugieron por las cortinas, devorando el alcohol y los químicos.
Caridad gritó, retrocediendo hacia el pasillo.
-¡Damián!
Caí de rodillas, tosiendo mientras el humo negro ahogaba la pequeña habitación al instante.
Mi pecho se oprimió. Mi corazón tartamudeó.
Damián apareció en la puerta. Sus ojos se abrieron de par en par.
Miró el infierno. Me miró a mí, de rodillas, luchando por respirar.
Miró a Caridad, a salvo en el pasillo, con lágrimas falsas corriendo por su rostro.
-¡Intentó quemarme! -gritó Caridad-. ¡Está loca, Damián! ¡Salva al bebé!
Damián no dudó.
No entró en la habitación para ayudarme. No extendió la mano hacia mí.
Agarró a Caridad, la rodeó con su brazo y me dio la espalda.
-Vámonos -le dijo a ella.
Me abandonó.
Me dejó para que me quemara.
Vi su espalda desaparecer por la esquina.
El calor era abrasador. El humo era un peso físico, aplastando mis pulmones.
Gateé. Me mantuve abajo, por debajo del calor ondulante.
Llegué a la salida de servicio en la cocina, empujé la puerta y me derrumbé en la fresca escalera.
No me detuve. No podía.
Corrí bajando veinte pisos. Mis piernas se sentían como plomo. Mi corazón gritaba contra mis costillas.
Salí al callejón y paré un taxi.
-Al aeropuerto -resollé.
Tenía el pasaporte. Tenía los documentos metidos en mi cintura.
En la terminal, compré un sobre.
Metí mi anillo de bodas dentro.
Añadí los expedientes médicos de la clínica, los que había robado del puesto de enfermeras mientras Damián sostenía la mano de Caridad.
Lo dirigí a Don Carlos Villarreal.
Luego caminé hacia el bote de basura.
Saqué mi teléfono y partí la tarjeta SIM por la mitad.
La dejé caer en la basura.
Abordé el avión a Londres.
Mientras las ruedas dejaban el asfalto, miré hacia abajo a las brillantes luces de la ciudad.
Annelise Montes había muerto en ese incendio.
La mujer sentada en el asiento 4A era otra persona.
Y venía por sangre.