Las conversaciones en voz baja siempre eran una mala señal en mi restaurante, "Alma Cocina".
Dos de mis meseros, los más nuevos, cuchicheaban cerca de la estación de servicio, creyendo que el bullicio del comedor ahogaría sus palabras.
Me equivoqué al pensar que no los escucharía.
"...el arquitecto Vargas otra vez..."
"¿Con la misma chica?"
"Sí, la becaria esa, Daniela. Siempre tan pegada a él."
Mi cuerpo se tensó. El arquitecto Vargas era mi esposo, Mateo. Y Daniela, la joven a la que apoyábamos económicamente para que estudiara diseño de interiores.
Me acerqué a la cocina, ignorando la punzada en mi pecho.
Vi a uno de los cocineros jóvenes, a punto de enviar un plato de mole de olla con la presentación equivocada.
"Detente," le dije con voz firme pero calmada.
El chico se sobresaltó.
"La hoja de aguacate va al lado, no encima. Y falta el toque de sal de gusano. Los detalles importan, Luis. Eso es lo que nos diferencia."
Él asintió, avergonzado, y corrigió el plato bajo mi supervisión.
Era mi refugio, mi mundo ordenado donde todo tenía sentido. Un fuerte contraste con el caos que empezaba a arremolinarse en mi vida personal.
Justo cuando volvía a la oficina para revisar las cuentas, mi celular sonó con estridencia.
Era el organizador de la gala anual de arquitectos, un evento para el que mi restaurante proveía el catering. Mateo sería uno de los homenajeados de la noche.
"Sofía, soy Ricardo. Necesito que vengas de inmediato al hotel. Un invitado tuvo una reacción alérgica grave."
Mi corazón dio un vuelco.
"¿Qué comió? ¿Saben qué fue?"
"No estamos seguros, por eso te necesitamos. Está en la suite 305. Por favor, date prisa."
Colgué, tomé mi maletín de chef con mis notas de alérgenos y salí corriendo. La reputación de mi restaurante estaba en juego.
Corrí por los pasillos alfombrados del lujoso hotel, el sonido de mis tacones ahogado por la música distante de la gala.
Al doblar una esquina hacia el ala de las suites, pasé junto a una puerta entreabierta.
Escuché una voz. La voz de Mateo.
Su risa era suave, melosa, la misma que usaba conmigo en nuestros mejores momentos.
Luego, una risita femenina, aguda y familiar.
Mi estómago se contrajo. Era la risa de Daniela.
Me detuve en seco, una sensación helada recorriendo mi espalda. La emergencia en la suite 305 se desvaneció de mi mente.
Con un impulso que no pude controlar, empujé la puerta.
La escena me golpeó con la fuerza de un puñetazo.
No estaban simplemente hablando.
Mateo estaba de espaldas a la puerta, acorralando a Daniela contra un escritorio. Una mano de él estaba en su cintura, la otra acariciaba su mejilla. Ella lo miraba con una adoración descarada, sus labios a centímetros de los suyos. No había ninguna emergencia médica allí. Eran solo ellos dos, en un momento de íntima traición.
El mundo pareció detenerse. El aire se volvió denso, pesado. Solo podía escuchar el latido furioso de mi propio corazón.
Mi voz salió como un susurro roto, cargado de una furia que apenas comenzaba a nacer.
"Mateo. ¿Qué demonios están haciendo?"