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Venganza De La Esposa Helada
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Capítulo 3

Localicé la suite 305. El invitado "enfermo" era, por supuesto, Daniela.

Estaba recostada en un sofá, con Mateo revoloteando a su alrededor, mientras Ricardo, el organizador, parecía confundido.

"Ella dice que se siente mejor," dijo Ricardo, aliviado al verme. "Pero queremos estar seguros."

Asentí, mi rostro una máscara de profesionalismo.

Saqué un pequeño kit de mi maletín. Le tomé la presión arterial. Revisé sus vías respiratorias. No había nada. Absolutamente nada.

"No tienes ninguna reacción alérgica," declaré, mi voz plana y sin emoción. "Tus signos vitales son perfectos."

Daniela me miró con sus grandes ojos inocentes.

"Quizás solo fue un susto. Pero... ¿podríamos hablar un momento a solas, señora Sofía? Por favor."

Su petición era audaz, calculada.

Quería un segundo round, esta vez sin testigos.

Miré a Mateo y a Ricardo. "Necesito hablar con ella sobre sus posibles alergias para actualizar nuestros registros. ¿Nos podrían dar un momento?"

Era una excusa perfecta. Mateo asintió, aunque parecía incómodo. Ricardo se fue, agradecido de que la crisis hubiera terminado.

Una vez que la puerta se cerró, me quedé de pie, observando a la chica en el sofá.

La chica a la que había acogido, a la que le había comprado libros de diseño, a la que le había dado consejos sobre su carrera. La había visto como una versión más joven de mí misma, llena de sueños y ambiciones.

Qué tonta había sido.

La decepción era un sabor amargo en mi boca, casi tan fuerte como el dolor de la traición.

Daniela se sentó, y la fachada de fragilidad se desvaneció.

Una sonrisa petulante y triunfante se dibujó en sus labios.

"Así que finalmente te diste cuenta," dijo, su voz ya no era un susurro tembloroso, sino un ronroneo arrogante. "Pensé que nunca lo harías. Eres más lenta de lo que imaginaba."

El cambio fue tan abrupto, tan descarado, que me dejó momentáneamente sin palabras.

Esta no era una niña asustada. Era una depredadora.

"¿Por qué, Daniela?" fue lo único que pude preguntar. "¿Nosotros te dimos todo. Una beca, oportunidades... te abrimos las puertas de nuestra casa."

Ella se rio, una risa corta y sin alegría.

"¿Me dieron todo? Me dieron las sobras. Un poco de dinero para que la gran chef Sofía Romero y el famoso arquitecto Mateo Vargas pudieran sentirse bien consigo mismos. Yo quiero el plato principal, no las migajas."

Sus palabras eran crudas, llenas de un resentimiento que nunca había sospechado.

Se levantó y se acercó a mí, invadiendo mi espacio personal.

Su perfume, barato y dulzón, me revolvió el estómago.

"Mateo se queja todo el tiempo, ¿sabes? Dice que eres predecible. Que en la cama eres... ¿cómo lo dijo? Ah, sí. 'Fría como un pescado muerto' . Que tu única pasión está en la cocina."

Cada palabra era un golpe calculado, diseñado para humillarme, para destruirme.

Sentí la sangre subir a mis mejillas, pero me negué a darle la satisfacción de verme reaccionar.

La miré fijamente, y en ese momento, entendí algo.

Ella no solo quería a Mateo. Quería mi vida.

Creía que el camino al éxito era a través de un hombre poderoso, no a través del trabajo duro y el talento.

Era una mentalidad que yo despreciaba, una que había visto en muchas mujeres desesperadas a lo largo de los años. Pensé que ella era diferente.

Decidí cambiar de táctica. La confrontación directa era lo que ella quería. No se la daría.

En lugar de eso, dejé que una pequeña sonrisa se formara en mis labios.

"¿Sabes, Daniela?" dije en voz baja, casi confidencial. "Los hombres como Mateo son criaturas de hábitos. Siempre buscan lo mismo. Una versión más joven, más ingenua de lo que ya tienen. O de lo que creen que perdieron."

Di un paso hacia ella, obligándola a retroceder.

"Pero los hábitos se vuelven aburridos. Y las imitaciones baratas, como tu perfume, nunca duran. Se desvanecen rápido."

Vi un destello de pánico en sus ojos.

No esperaba que yo contraatacara. Esperaba lágrimas, gritos. No esta calma gélida.

Mi pequeña victoria no alivió el dolor en mi pecho, pero me dio un respiro, una bocanada de aire en medio del ahogo.

Fue un recordatorio de que todavía tenía poder.

Daniela, intentando recuperar el control, se cruzó de brazos.

"Pues esta 'imitación barata' se va a quedar con él. Y tú te quedarás sola en tu gran restaurante."

Señaló la puerta.

"Ahora, si me disculpas, Mateo me está esperando. Me prometió llevarme a cenar a un lugar... más emocionante."

La provocación era infantil, pero efectiva.

Ignoré su comentario.

Caminé hacia la puerta y la abrí.

Mateo estaba afuera, esperando, con una expresión de ansiedad en su rostro.

"Mateo," lo llamé, mi voz sonando clara y fuerte. "¿Podemos hablar? En privado."

Él asintió de inmediato, aliviado de tener una dirección clara.

"Claro, mi amor. Vamos al balcón."

Caminó delante de mí, asegurándose de que la puerta del balcón se cerrara firmemente detrás de nosotros, buscando esa privacidad que ahora se sentía como una jaula.

Mientras cerraba la puerta, no pude evitar un comentario sarcástico.

"Qué considerado de tu parte, asegurarte de que nadie nos escuche. No vaya a ser que se dañe tu imagen de hombre perfecto."

Mi voz estaba cargada de un veneno que no sabía que poseía.

Él se giró, su rostro una mezcla de culpa y frustración.

"Sofía, por favor, no empieces."

Intentó tomar mi mano, un gesto automático, vacío.

"Hablemos de esto con calma. No es el fin del mundo."

Su intento de minimizar la situación, de tratar la destrucción de nuestro matrimonio como un pequeño bache en el camino, era insultante.

Lo miré, al hombre con el que había construido una vida, y por primera vez, no vi al compañero carismático y brillante que todos admiraban.

Vi a un extraño. Un hombre egoísta y débil, escondido detrás de una fachada de éxito.

La imagen que tenía de él se hizo añicos, dejando solo fragmentos de recuerdos dolorosos.

Me reí, un sonido seco y sin alegría.

"¿Calma? ¿Sabes por qué vine corriendo aquí, Mateo? Dejé mi restaurante en plena hora pico, dejé todo, porque me dijeron que había una emergencia. Porque me preocupé."

Hice una pausa, dejando que mis palabras calaran.

"Y todo fue una farsa. Una mentira para que pudieras tener un encuentro con tu amante a mis espaldas, en un evento donde se supone que deberíamos estar celebrando juntos."

Mi voz se quebró al final, la magnitud de su desprecio finalmente golpeándome con toda su fuerza.

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