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Capítulo 4 Cuatro

VALENTINA

Me dirijo al comedor cuando, a mitad del corredor, la madre superiora se desprende de la penumbra como una extensión natural de la sombra. Me aguarda junto al roble oscuro de su despacho, inmóvil y austera, sin pronunciar mi nombre porque no lo necesita. Una leve inclinación del mentón es orden suficiente y la sigo.

Dentro, el despacho respira cera añeja y disciplina. La gran cruz en la pared no inspira consuelo, sólo observa. Ella cierra la puerta con un gesto exacto y se acomoda en su silla sin ofrecerme asiento, limitándose a señalar con frialdad la que me espera al otro lado del escritorio. Obedezco en silencio, mientras su mirada se posa sobre mí con una deliberación calculada, sin prisa alguna.

-Reconozco que anoche fui directa -dice-. No permití explicaciones. Juzgué con rapidez.

-Actuó según su deber, madre. El orden debía restablecerse.

-No busco comprensión, Valentina. Busco la verdad.

Sus ojos grises se clavan en los míos.

-Dijiste que te escondiste, que oíste el disparo y que el hombre cayó sobre ti. ¿Sostienes esa versión?

Asiento apenas. Bajo las mangas, mis dedos se enroscan en la tela hasta que el ardor me ancla.

-Sí, madre.

El silencio se alarga, preciso, quirúrgico. No espera palabras; espera una fisura.

-Puedes confiar en mí -dice-. Esta casa se sostiene sobre la verdad.

-No tengo nada más que añadir.

Me observa con detenimiento, como quien evalúa un objeto dañado.

-Tus ojos... -observa, como leyendo un texto tras mis pupilas- tienen una turbiedad nueva. No es el destello del pánico, que se desvanece. Es algo sedimentado. ¿Es temor? ¿O es la sombra de la culpa? Ya no eres la hermana que creía conocer.

Mantengo la lengua quieta. Cualquier palabra sería una grieta.

-Quizá es sólo... la secuela del horror -logro articular-. Presenciar la muerte tan de cerca marca el espíritu.

-No te inculpo -dice, pero la frase no es un alivio; es una advertencia-. Mi deber es custodiar este recinto, su integridad física y espiritual. Y para ello, debemos concordar en cada detalle. La policía vendrá, es inevitable.

Un frío limpio me recorre la espalda.

-¿Vendrán?

-Un cuerpo será encontrado -responde-. Y las preguntas seguirán su curso. La capilla... ¿está intacta?

-Sí, madre. Fue revisada antes del amanecer. No hay rastros.

-Bien.

Se levanta y extrae de un cajón un pequeño crucifijo de madera oscura. Lo coloca en mi mano. Es pesado. Frío.

-Reza aquí -ordena con suavidad-. Pide claridad. Porque si lo que veo en tus ojos es una mentira, te consumirá antes de que nadie más deba intervenir. La mentira siempre castiga primero al que la guarda.

Se da la vuelta. La puerta se cierra con un golpe sordo que resuena en mis huesos.

Aprieto el crucifijo hasta que la madera deja su huella en mi carne, no es el símbolo lo que me quema sino la verdad que guardo, viva y envenenada, en el centro del pecho. Cierro los ojos e intento encontrar esa luz que la madre superiora exige, pero algo dentro de mí arde y lo nubla todo. Respiro hondo y alzo la vista hacia el crucifijo de la pared, su mirada tallada no ofrece consuelo; bajo los ojos y comprendo que aquí no hallaré respuestas.

Me pongo de pie en silencio y camino hacia la puerta con cautela, la abro apenas lo suficiente para asomarme. El pasillo está vacío, así que abro un poco más y, al no ver a nadie, decido irme. Creo que la prueba ha terminado, pero en ese instante Sor Giulietta surge frente a mí, silenciosa como una aparición. Su sonrisa es una capa fina de hielo sobre una inquietud mal disimulada, y sin mediar palabra me guía hasta una pequeña sala junto al patio donde nos sentamos en uno de los bancos de piedra caliza, fríos incluso a través del hábito.

-Valentina -empieza, alisando motas inexistentes en la tela-. Anoche te vi regresar a tu celda muy tarde. También vi al padre Vittorio salir de la capilla... aunque juraría haberlo visto retirarse horas antes. ¿Ocurrió algo?

-No sé qué decirle, hermana -respondo con calma medida-. Permanecí en oración. Perdí la noción del tiempo. Si el padre Vittorio regresó, no fui testigo. Tal vez debería preguntárselo a él.

-No tienes por qué mentirme.

-No estoy mintiendo.

Me observa en silencio, evaluando.

-Solo me preocupaba por ti.

-No debería hacerlo -digo, con suavidad firme-. No ocurrió nada fuera de lo habitual: apagón y lluvia. Nada más.

-Eres joven y...

-Hermana -la interrumpo-, no sé qué es lo que su mente está construyendo, pero no voy a participar en ello.

-¿Qué crees que pienso?

-No caeré en juegos de sospecha -respondo, poniéndome de pie-. Se me hace tarde para atender el comedor. Gracias por su preocupación, pero debo retirarme.

Camino por el pasillo sintiendo las miradas de las otras hermanas clavarse en mi espalda. Cada gesto, cada silencio, parece saber más de lo que digo. Estoy expuesta. Como si el convento entero respirara alrededor de mi secreto, esperando el momento en que deje de resistir.

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