-Está despierto, signore... -dice mi ama de llaves desde el umbral, su voz un hilo roto-. Pensamos que no lo lograría. El doctor Gaetano Lucchesi y su primo Matteo están aquí.
No respondo. La memoria me arrastra antes que las palabras: la lluvia cayendo como una cortina sucia, el disparo seco que partió la noche, el ardor líquido expandiéndose en mi costado, el sabor a cobre y pólvora llenándome la boca mientras el mundo se inclinaba hacia un lado.
Y luego... ella. Entre la niebla y la penumbra de aquella capilla maldita, una silueta envuelta en negro y blanco. No gritó. No huyó. Sus ojos no mostraron miedo, solo una paz que me desarmó más que la bala. Y ese beso... ese maldito beso que ahora hace arder mis venas como ácido.
-Tuviste suerte -dice Gaetano, acercándose con su maletín de cuero gastado-. La bala pasó de largo, sin tocar órganos importantes. Pero perdiste sangre como un cerdo degollado. Si no te hubieran encontrado cuando lo hicieron... -niega, lento, profesional-. No estaríamos teniendo esta conversación.
Suelto una risa corta, sin humor que parece desgarrar el pecho.
-No fue suerte.
Los tres me miran. El médico ajusta sus gafas. Mi ama de llaves aprieta el rosario escondido entre sus dedos. Y mi primo, Matteo, frunce el ceño, con la sombra de una pregunta ya formándose en sus ojos.
-Lei mi ha salvato la vita -digo, con la voz ronca por la sequedad y la rabia-. Tengo que encontrarla.
El silencio cae como un golpe. Mi ama de llaves entiende la orden no dicha y se desvanece del cuarto. Gaetano ocupa su lugar al borde de la cama, observándome como se observa a un hombre que ha regresado de un viaje sin billete de vuelta.
-¿De quién hablas, Dorian?
Aprieto la mandíbula, mientras el dolor se intensifica, y lo convierto en claridad.
-De la monja.
-¿Monja? -pregunta Matteo.
-La de la puta iglesia. En la tormenta -mi voz se endurece-. Esa mujer se interpuso entre el cañón de uno de los hombres de Riccardo y mi cabeza. Sin saber quién carajo era. Sin pedir explicaciones.
-Para empezar -corta Matteo, avanzando- explícame cómo terminaste en una capilla. El plan era ir directo a los muelles desde la oficina.
Me incorporo lo justo. El mundo se ladea y el dolor me atraviesa con la precisión de una hoja al rojo vivo.
-Riccardo nunca dejó de vigilarnos -escupo-. Anoche la lluvia conspiró con él. Perdimos señal, las calles se cegaron con el apagón, la escolta se partió en dos. Cuando quise reagruparlos, ya estaba solo, metido en un callejón tan estrecho que apenas cabía el coche.
Respiro hondo. El fracaso todavía sabe a bilis y humo.
-El corte de luz fue provocado -dice Matteo-. Te llevaron a su territorio para aniquilarte. Por poco lo consiguen.
-Eran dos coches blindados -continúo, con la memoria proyectando la escena en el techo negro-. En ese callejón no hubo emboscada. Fue una ejecución. Maté a uno con su propia cuchilla, la misma que antes me atravesó las costillas. Ahí cayó Toni, interponiéndose cuando vio el cañón apuntando a mi nuca. Leo recibió la ráfaga completa al cubrirme el flanco. Lo vi desmoronarse antes de tocar el suelo.
Gaetano aprieta los puños.
-Cuando los míos tocaron el suelo, dejaron de disparar al aire -añado-. Me cazaron como a un animal herido. Sentí el golpe de una bala cobarde en la espalda. Luego, dos más.
El silencio que sigue es espeso, cargado de cólera contenida.
-Seguí caminando -digo-. No por valor, sino por puro instinto. Sangrando, desorientado, con el cuerpo traicionándome paso a paso. Cada respiración era un pacto con la muerte. Hasta que vi una luz temblando entre la niebla. Esa iglesia. Pensé que caer allí no sería el peor final.
Matteo inclina la cabeza, con una mueca de escepticismo torciendo su boca.
-Y en lugar de morir... apareció una monja. Para salvarte.
-Me protegió -corrijo, sin subir la voz-. Mintió por mí. Se plantó delante de un arma como si su vida valiera menos que la mía.
Mis dedos se cierran sobre la seda.
-No es novedad -dice Matteo con un resoplido-. Son sirvientas de Dios. Están programadas para eso.
-Nadie lo había hecho por mí -recalco, y la diferencia, enorme y peligrosa, queda suspendida en el aire.
Gaetano tarda un segundo en hablar.
-¿Y el sicario?
-Lo maté -respondo, sin ningún tono de triunfo-. Con la última fuerza que me quedaba. Le reventé la cabeza frente al altar. Cayó sobre las baldosas de esa capilla como un sacrificio maldito. Después... salí. Di unos pasos en la tormenta y me desplomé.
-Fue ahí donde te encontré -dice Matteo-. En cuanto supe que habías perdido comunicación, salí a buscarte. Rastreé la señal de tu teléfono. Escuché ese último disparo. Si no, hoy estarías bajo tierra. Pero ahora lo que importa es que si la policía conecta los puntos, ese lugar está contaminado. Y todo lo que hay dentro también.
-No podemos aparecer allí ahora para limpiar -agrega Gaetano, práctico-. Ya es demasiado tarde. A estas horas, el cadáver debe estar en manos de la policía.
-Necesito que averigüen todo sobre ese lugar -ordeno.
Gaetano frunce el ceño, pensativo. Luego saca el teléfono, como si un recuerdo viejo hubiera chocado brutalmente con el presente.
-No creo que tengamos que investigar mucho -murmura, deslizando el dedo por la pantalla con una urgencia contenida-. Acabo de recordar... si la memoria no me falla, tu padre lo mencionó una vez, durante aquella negociación con los del norte... Sí -concluye, alzando la mirada, y en sus ojos veo la sombra de un problema mayor-. Ese lugar es el orfanato Santa María. No es un punto cualquiera en el mapa. Es una de las propiedades en disputa en la frontera norte. La que los Falconi reclaman como suya desde hace años. La razón por la que tu padre y ellos siguieron enfrentándose en silencio hasta el último día.