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Bajo la misma piel
img img Bajo la misma piel img Capítulo 2 Cenizas Vivas: La farsa de la civilización
2 Capítulo
Capítulo 6 Territorios: La guerra de la lencería img
Capítulo 7 Intrusos: La farsa digital img
Capítulo 8 El Punto de Quiebre: El veneno en la copa img
Capítulo 9 La Caída: La cotidianidad del pecado img
Capítulo 10 El Tercero en Discordia: El veneno de la sospecha img
Capítulo 11 El Experimento: Luz verde al abismo img
Capítulo 12 La Reverencia: El colapso de la máscara img
Capítulo 13 El Colapso: La llamada de Tokio img
Capítulo 14 El Éxodo: Polvo y Neon img
Capítulo 15 El Puerto de las Almas Perdidas: Sombras y Salitre img
Capítulo 16 Aguas Internacionales: La jaula de hierro img
Capítulo 17 La Medina de Tánger: El laberinto de los sentidos img
Capítulo 18 La Medina de Tánger: El laberinto de los sentidos img
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Capítulo 2 Cenizas Vivas: La farsa de la civilización

La primera cena no fue un acto de nutrición, sino una ceremonia de tortura. El comedor formal del ático, con su mesa de roble macizo diseñada para albergar a doce personas, se sentía como un desierto de madera que los separaba. Mateo se había cambiado de ropa, buscando refugio en una camisa de lino azul marino abotonada hasta el penúltimo ojal, un intento desesperado por recuperar la compostura que Sasha le había arrebatado en la terraza.

Ella, por el contrario, no había hecho ningún esfuerzo por ocultar su ventaja. Seguía con el vestido de seda perla, pero ahora llevaba el cabello recogido en un moño deshecho que dejaba al descubierto la línea de su cuello, un lienzo pálido que parecía absorber la luz de las velas que ella misma había encendido.

-He pedido comida tailandesa -dijo Sasha, rompiendo el silencio mientras servía un vino tinto denso, casi negro-. Recuerdo que en Londres te volviste adicto al picante. O al menos eso decía mamá en sus cartas.

Mateo aceptó la copa, cuidando que sus dedos no rozaran los de ella. El vino era un Ribera del Duero que su padre guardaba para ocasiones especiales. Beberlo allí, solos, se sentía como el primer robo de la noche.

-Londres fue hace mucho tiempo, Sasha. Mis gustos han cambiado -respondió él, observando cómo ella se sentaba justo enfrente, desafiando la distancia de la mesa.

-¿Ah, sí? ¿Y qué te gusta ahora, Mateo? ¿La castidad? ¿El orden? ¿O simplemente te gusta mentirte a ti mismo frente al espejo cada mañana?

El ataque fue directo. Sasha nunca había sido de las que rodeaban el objetivo; ella prefería la colisión frontal. Mateo dejó la copa sobre la mesa con un golpe seco. El líquido rojo se agitó violentamente contra el cristal.

-Vine aquí porque pensé que podíamos ser adultos. Papá está mayor, su salud no es la misma, y este negocio necesita que estemos unidos. No puedo trabajar contigo si vas a convertir cada conversación en un campo de minas psicológico.

Sasha soltó una carcajada melódica que no llegó a sus ojos. Abrió uno de los recipientes de comida y el aroma a curry, jengibre y chile llenó el espacio, volviendo la atmósfera todavía más pesada, más sofocante.

-Unidos -repitió ella, saboreando la palabra-. Es una elección curiosa de vocabulario. ¿Recuerdas la última vez que estuvimos así de "unidos", Mateo? Fue en esta misma mesa, pero debajo de ella. Teníamos catorce y dieciséis años. Tú me retaste a ver quién aguantaba más tiempo sin apartar la mirada mientras nuestras manos hacían cosas que no estaban en el manual de buenos hermanos.

-Basta -sentenció él, su voz vibrando con una advertencia profunda.

-¿Por qué? ¿Te incomoda la verdad? -Sasha se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa. La seda del vestido cayó, revelando el inicio de la curva de sus pechos-. Pasaste cinco años huyendo de lo que somos. Te enviaron lejos para "limpiarte", como si el deseo fuera una mancha que se quita con jabón inglés. Pero mírame. Mírame a los ojos y dime que cuando entraste hoy y me viste, no sentiste el mismo hambre que aquel día en la casa de campo.

Mateo intentó comer, pero el sabor del curry era ceniza en su boca. Sus sentidos estaban bloqueados por la presencia de la mujer que tenía enfrente. Ella no estaba comiendo; lo estaba devorando a él con la mirada. Era una depredadora que conocía perfectamente los ritmos de su presa.

-Lo que pasó cuando éramos adolescentes fue una confusión -dijo él, aunque sus propias palabras le sonaban a mentira-. Éramos dos niños solos, confundidos por la nueva estructura familiar. No sabíamos distinguir el afecto de la pulsión física.

Sasha se levantó lentamente. No rodeó la mesa; caminó directamente hacia él. El sonido de sus pies descalzos sobre el parqué era rítmico, hipnótico. Se detuvo detrás de su silla y apoyó las manos en los hombros de Mateo. Él se tensó, cada músculo de su espalda convirtiéndose en piedra.

-Mientes tan mal, hermanito -susurró ella cerca de su oído. El calor de su aliento le quemó la piel-. Un niño confundido no te mira como tú me miraste en la terraza. Un niño confundido no tiene el pulso acelerado a ciento veinte por minuto solo porque me he acercado a su espalda.

Las manos de Sasha empezaron a descender por el pecho de Mateo, desabrochando el primer botón de su camisa de lino. Él le atrapó la muñeca con fuerza, una presión que habría hecho retroceder a cualquiera, pero ella solo sonrió.

-Nuestros padres regresan en catorce días, Mateo. Catorce días de vivir en esta farsa de civilización. Podemos pasar ese tiempo fingiendo que somos extraños que comparten un código postal, o podemos aceptar que este ático es el único lugar en el mundo donde las reglas de fuera no existen.

-Si empezamos esto otra vez, no habrá vuelta atrás -dijo él, su voz apenas un susurro quebrado-. Esta vez no habrá un avión que me salve. Si nos descubren ahora, destruiremos a papá. Destruiremos todo lo que han construido.

-Ya estamos destruidos, Mateo. Lo estuvimos desde el momento en que nuestras sangres no se mezclaron, pero nuestros cuerpos sí.

Sasha se soltó de su agarre con una suavidad insultante y rodeó la silla para quedar entre sus piernas. Se arrodilló sobre la alfombra, obligando a Mateo a mirarla desde arriba. La posición era de una sumisión fingida, porque el control absoluto de la habitación lo tenía ella. El tabú palpitaba entre ambos como un tercer corazón, ruidoso y exigente.

Él llevó su mano al cabello de ella, deshaciendo finalmente el moño. Las hebras oscuras cayeron sobre sus hombros como una cascada de sombras. La extrañeza de verla como una mujer adulta desapareció para dar paso a una familiaridad aterradora. El contorno de sus labios, la pequeña peca cerca de su clavícula, la forma en que su respiración se entrecortaba cuando él apretaba un poco más el agarre en su nuca.

-Cenizas vivas -murmuró él, recorriendo con el pulgar el labio inferior de ella-. Eso es lo que somos.

-Entonces sopla, Mateo -respondió ella, cerrando los ojos-. Sopla y deja que todo arda de una vez.

Mateo se inclinó, eliminando los últimos centímetros de decencia que quedaban en el comedor. No fue un beso de amor; fue un choque de necesidades reprimidas durante media década. Sabía a vino tinto, a especias picantes y a un peligro que le recorrió la espina dorsal como electricidad. En ese momento, la estructura de 80,000 palabras que era su vida se redujo a un solo punto: el contacto prohibido de sus bocas bajo la luz de las velas que agonizaban.

La farsa de la civilización había durado exactamente tres horas y cuarenta minutos.

Mateo la levantó de la alfombra con una urgencia que rayaba en la violencia, sus manos buscando la piel bajo la seda, reconociendo territorios que su memoria había guardado bajo llave. La mesa de roble, testigo silencioso de las cenas familiares y los negocios de su padre, se convirtió en el primer escenario de su rendición.

Mientras el mundo exterior seguía su curso en las calles de Madrid, ajeno a la transgresión que ocurría en el último piso de "Los Alerces", Mateo comprendió que el exilio no lo había curado. Solo lo había vuelto más hambriento. Y Sasha, con sus ojos de sabiduría oscura, estaba más que dispuesta a alimentarlo hasta que no quedara nada de ninguno de los dos.

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