Mateo tenía dieciséis años y el cuerpo le pesaba como si estuviera hecho de mercurio. Era esa edad en la que cada mirada se siente como un desafío y cada roce como una quemadura. La casa de campo de la familia, una construcción de piedra y madera noble, era el refugio perfecto para que los adultos bebieran gin-tonics en el porche mientras ellos, los "hermanos", desaparecían entre los senderos.
Aquella tarde, el aire olía a pino y a tormenta inminente. Sasha, con quince años recién cumplidos, caminaba delante de él. Llevaba unos shorts vaqueros tan cortos que dejaban ver el inicio de la curva de sus nalgas y una camiseta de tirantes que revelaba la ausencia de sujetador, una declaración de guerra silenciosa que Mateo no sabía cómo combatir.
-Mi madre dice que eres una mala influencia -dijo ella, deteniéndose frente a la vieja cabaña de las herramientas, un lugar olvidado por el servicio.
-Tu madre no sabe nada -respondió Mateo, aunque el corazón le golpeaba las costillas con una fuerza que le impedía respirar con normalidad.
Entraron en la cabaña. El interior estaba en penumbra, lleno de sacos de abono, herramientas oxidadas y el olor acre del polvo antiguo. Sasha se sentó sobre una mesa de trabajo de madera ruda. La luz entraba por las rendijas de las tablas, dibujando rayas de cebra sobre su piel.
-¿Tienes miedo, Mateo? -preguntó ella, inclinándose hacia él.
Él no respondió con palabras. La tomó por la cintura y la levantó, sintiendo por primera vez la firmeza de sus muslos adolescentes y la suavidad de su vientre. Fue un encuentro torpe, cargado de una urgencia animal que los sobrepasaba. Él se deshizo de sus vaqueros, revelando un cuerpo que apenas empezaba a ensancharse, con músculos largos y una palidez que contrastaba con el bronceado de sus brazos. Su erección era una vara de tensión roja y palpitante, la primera prueba real de su traición a la ley familiar.
Sasha se abrió para él sobre la mesa de madera. Sus pechos, todavía en desarrollo pero ya con una forma redonda y turgente, apuntaban al techo mientras ella se arqueaba. Mateo se hundió en ella, y el sonido de la carne contra la madera vieja se mezcló con el trueno lejano. Estaban en el clímax, en ese punto donde el mundo deja de existir, cuando el sonido de unos pasos sobre la grava seca los heló.
-¿Sasha? ¿Mateo? ¿Estáis ahí dentro? -La voz de Carmen, la madre de Sasha, sonó a escasos metros de la puerta de madera.
El pánico fue un balde de agua helada. Mateo se congeló dentro de ella, sintiendo cómo el pulso de Sasha se aceleraba contra su pecho. Carmen apoyó la mano en el pestillo, que por fortuna estaba echado por dentro.
-¡Chicos! La cena está lista. No os quedéis ahí, va a llover.
Se quedaron inmóviles, desnudos, unidos por el sexo y el terror, escuchando cómo los pasos de Carmen se alejaban lentamente. Ese fue el momento en que el placer se vinculó para siempre con la paranoia. El incidente no terminó en descubrimiento, pero dejó una cicatriz en sus mentes: la certeza de que el castigo estaba siempre a un milímetro de distancia.
Presente.
Mateo parpadeó, regresando a la cocina del ático. Sasha lo observaba, como si hubiera leído sus pensamientos.
-Estabas allí otra vez, ¿verdad? -dijo ella, pasando una mano por el pecho velludo de Mateo.
-En la cabaña. Casi nos matan ese día.
-No nos mataron -sonrió ella, aunque su sonrisa tenía un filo de amargura-. Nos dieron el mejor regalo posible: el sabor del riesgo.
Ella se separó de la encimera y caminó hacia el centro de la cocina. El sol ahora entraba de lleno, iluminando su cuerpo con una crudeza que no dejaba lugar a la imaginación. Mateo la siguió con la mirada, apreciando la evolución de esa niña de la cabaña en la mujer que tenía delante.
Sasha tenía la piel de un tono canela suave, producto de horas de sol en la terraza, pero sus zonas más íntimas conservaban una blancura lechosa. Sus nalgas eran firmes, redondas, con pequeñas marcas de estrías casi invisibles en los flancos que para Mateo eran como mapas de tesoros. Sus piernas eran largas y atléticas, terminando en unos pies delicados que ahora pisaban el suelo de mármol con una seguridad insultante.
Mateo la alcanzó y la rodeó por detrás. Sus manos, grandes y bronceadas, cubrieron los pechos de Sasha. Eran pesados y cálidos, con las puntas de los pezones sobresaliendo entre sus dedos como pequeñas bayas maduras. Él bajó la cabeza y empezó a lamer el surco que el sudor había dibujado entre sus escápulas, bajando por la delicada línea de su columna hasta llegar al nacimiento de sus nalgas.
-Sigue haciendo calor -jadeó ella, apoyando las manos en la mesa de la cocina.
-Entonces busquemos el frío.
Él la guio hacia el baño principal, una estancia revestida de piedra volcánica oscura y una bañera exenta de mármol blanco que parecía un altar. Abrió el grifo del agua fría. El sonido del agua golpeando la piedra resonó en el espacio minimalista.
Se despojaron de los restos de sudor bajo el chorro helado. Mateo observaba cómo el agua resbalaba por el cuerpo de Sasha, definiendo cada músculo y cada curva. Sus pechos subían y bajaban con su respiración agitada, y el vello de su pubis se oscurecía y se aplanaba bajo la presión del agua. Mateo se veía a sí mismo en los grandes espejos del baño: un hombre de hombros anchos, espalda en V y una mandíbula apretada, con la mirada fija en la mujer que legalmente era su hermana.
Su miembro, de nuevo despierto, buscaba el contacto. Era una pieza de ingeniería biológica, tensa y venosa, que destacaba contra la piel clara de sus muslos. Se acercó a ella por detrás bajo la ducha. El contraste entre el agua helada y el calor de sus cuerpos creó una neblina de vapor fino.
Mateo la tomó por las caderas, sintiendo la estructura ósea bajo la carne firme. La obligó a agacharse un poco, apoyando las manos en la pared de piedra negra. La penetró desde atrás con una lentitud deliberada, disfrutando de la resistencia inicial de sus músculos antes de que ella se relajara y lo acogiera por completo. El agua golpeaba sus espaldas mientras ellos se movían en una danza rítmica y acuática.
-Esto... esto es lo que Carmen nunca pudo ver -susurró Mateo contra el cuello mojado de Sasha.
-Esto es lo que nos pertenece -respondió ella, sus gemidos perdiéndose en el estruendo del agua.
En ese baño de lujo, rodeados de piedra y cristal, el miedo de la cabaña de herramientas finalmente se transformó en algo distinto. Ya no eran niños asustados por los pasos de una madre. Eran adultos que habían aprendido que el tabú no era una barrera, sino el escenario donde su deseo alcanzaba su forma más pura y violenta. El ático de "Los Alerces" se había convertido en su propia cabaña, pero esta vez, ellos tenían la llave de todas las puertas.
Cuando salieron de la ducha, envueltos en toallas blancas de algodón egipcio, la ciudad afuera bullía con la normalidad de un día laborable. Pero dentro, el tiempo seguía suspendido. El incidente de los dieciséis años había dejado de ser un trauma para convertirse en el cimiento de su nueva religión privada.