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El Reemplazo Perfecto
img img El Reemplazo Perfecto img Capítulo 4 No me des las gracias
4 Capítulo
Capítulo 6 La co-arquitecta de un nuevo imperio img
Capítulo 7 El Trono de Cenizas img
Capítulo 8 La Heredera de Hierro img
Capítulo 9 El Muelle de las Traiciones img
Capítulo 10 La Cláusula de la Reina img
Capítulo 11 La Verdad Detrás del Cristal img
Capítulo 12 El Eco de la Sangre img
Capítulo 13 El Juego del Fénix img
Capítulo 14 La Coronación de Sangre img
Capítulo 15 El Juicio del Fuego img
Capítulo 16 El Silencio de los Vencedores img
Capítulo 17 La Purga de Cristal img
Capítulo 18 Sombras en el Espejo img
Capítulo 19 El Testigo del Silencio img
Capítulo 20 El Dilema del Cazador img
Capítulo 21 El Juicio de las Sombras img
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Capítulo 4 No me des las gracias

El jardín del Grand Imperial era un laberinto de setos perfectamente podados y fuentes de mármol que escupían agua cristalina bajo la luz de la luna. Era el refugio ideal para los fumadores y los amantes furtivos, pero esa noche se convirtió en el escenario de una ejecución pública de la que nadie hablaría en voz alta.

Iris caminó por el sendero de piedra, sosteniendo su pesada falda con una mano. Julian la seguía a unos pasos de distancia, con la elegancia de un depredador que no tiene prisa porque sabe que su presa no tiene a dónde ir. Al llegar a la fuente central, la figura del vestido rojo se dio la vuelta.

Bianca Thorne se quitó las gafas de sol, revelando unos ojos hinchados por el llanto pero cargados de una furia infantil. A diferencia de Iris, cuya belleza era serena y cortante, Bianca siempre había sido una explosión de colores cálidos y gestos dramáticos. Pero ahora, bajo la luz fría del jardín, Bianca parecía pequeña.

-¿Cómo te atreves? -fue lo primero que salió de su boca. Su voz temblaba-. ¿Cómo te atreves a ponerte mi vestido, a besar a mi prometido y a sentarte en mi mesa?

Iris se detuvo a tres metros de ella. No sentía la culpa que sus padres esperaban, ni el miedo que Bianca solía inspirarle. Solo sentía una profunda y refrescante indiferencia.

-No es tu vestido, Bianca -dijo Iris, su voz suave como la seda-. Es un vestido que tus padres pagaron para sellar un negocio. Y como tú decidiste que el instructor de equitación era más importante que el negocio, el vestido pasó a la siguiente persona en la lista. Resulta que yo soy la única que queda.

Bianca soltó una carcajada histérica y miró a Julian, que permanecía en las sombras con los brazos cruzados.

-¡Julian! Dile algo. Dile que esto es una farsa. He vuelto. Cometí un error, estaba asustada, pero ya estoy aquí. Podemos anular lo que sea que haya pasado en esa iglesia y mañana diremos que fue una confusión.

Julian dio un paso hacia la luz. Sus ojos grises no mostraron ni un gramo de compasión.

-Bianca, siempre has tenido una percepción distorsionada de tu propio valor -dijo él, y sus palabras cayeron como piedras en el agua-. No eres una pieza insustituible. Eres un activo que falló en el momento de la entrega. El mercado no espera a los que dudan.

-¿Un activo? -Bianca retrocedió, herida-. ¡Se supone que íbamos a casarnos! ¡Me elegiste a mí!

-Elegí el apellido Thorne y la estabilidad de una fusión -corrigió Julian-. Tu hermana me ofreció ambas cosas en diez minutos, además de una inteligencia que tú no has demostrado en toda tu vida. ¿Por qué querría volver a una versión defectuosa cuando tengo el reemplazo perfecto?

Iris sintió un escalofrío al escuchar la palabra "reemplazo", pero no dejó que se notara. Sabía que para Julian esto seguía siendo un tablero de ajedrez, y ella era la reina que le permitía ganar la partida.

-Iris no es nadie -escupió Bianca, volviéndose hacia su hermana con veneno-. Siempre has sido la sombra, la que se queda en casa haciendo mis tareas, la que nadie nota en las fiestas. Mañana todos se reirán de ti. Dirán que Julian te aceptó por lástima, porque era lo único que había a mano.

-Que digan lo que quieran -respondió Iris, dando un paso hacia Bianca-. Mientras ellos hablan, yo tendré la firma en los contratos. Mientras tú lloras por un hombre que ya te olvidó, yo estaré gestionando el patrimonio que tú desperdiciaste. ¿Sabes qué es lo que más te duele, Bianca? No es que yo esté con Julian. Es que te diste cuenta de que el mundo no se detuvo cuando te fuiste. Resulta que la "invisible" era la que mantenía todo en pie.

Bianca levantó la mano para abofetearla, un gesto automático de superioridad que había usado mil veces en su infancia. Pero esta vez, Iris fue más rápida. Le atrapó la muñeca en el aire con una fuerza que hizo que Bianca soltara un gemido.

-No vuelvas a tocarme -siseó Iris, acercando su rostro al de su hermana-. Ya no tienes poder aquí. Papá y mamá están en ese salón intentando salvar sus traseros, y no dudarán en sacrificarte a ti también si eso significa que yo los mantenga a flote. Si quieres sobrevivir, vete de esta ciudad esta misma noche. Si te quedas, te destruiré junto con ellos.

Iris soltó la muñeca de Bianca con desprecio. La heredera caída se tambaleó, mirando a su hermana como si viera a un monstruo. Y quizás lo era. Iris había pasado demasiado tiempo en la oscuridad como para no haberse convertido en algo que prosperaba en ella.

-Vete, Bianca -dijo Julian desde atrás-. Mi seguridad te escoltará a la salida. Si intentas entrar al salón de nuevo, haré que arresten a tu amante por allanamiento y a ti por intento de fraude. No tientes a mi paciencia.

Bianca miró a los dos, unida por una alianza de hierro y hielo, y comprendió que no había lugar para ella en ese nuevo orden mundial. Se dio la vuelta y corrió hacia la salida trasera, su vestido rojo desapareciendo entre los arbustos como una mancha de sangre.

El silencio volvió al jardín, roto solo por el murmullo lejano de la música de la orquesta. Iris respiró hondo, sintiendo cómo el aire frío llenaba sus pulmones.

-Lo hiciste bien -dijo Julian, acercándose a ella. Puso una mano en la pequeña de su espalda, un gesto que parecía protector pero que Iris sabía que era una marca de propiedad-. Fuiste más cruel de lo que esperaba. Me gusta.

-Ella necesitaba saber la verdad -respondió Iris, mirando hacia donde su hermana se había ido-. Mis padres la han protegido de la realidad toda su vida. Yo he tenido que vivir en ella cada segundo.

Julian la obligó a girarse hacia él. Sus rostros estaban muy cerca, y por un momento, la fachada de los negocios pareció tambalearse.

-Tu familia intentará usarla contra ti -advirtió Julian-. La esconderán en alguna parte y la sacarán cuando necesiten palanca. Bianca es débil, pero el hambre de poder de tu padre no tiene límites.

-Entonces tendré que quitarle el hambre -dijo Iris, fijando sus ojos verdes en los grises de él-. Julian, dijiste que me darías las herramientas. Quiero empezar mañana. Quiero que me des el control total de la auditoría de la división textil. Es ahí donde mi padre tiene sus cuentas ocultas.

Julian sonrió, y esta vez hubo algo genuino en su expresión, una mezcla de admiración y deseo.

-Tendrás todo lo que pidas, Iris. Pero esta noche... esta noche todavía somos los recién casados. Tenemos que volver a ese salón, bailar una última pieza y dejar que todos vean cómo "mi verdadera novia" brilla bajo las luces.

Él le ofreció el brazo de nuevo. Iris lo tomó, pero antes de caminar hacia el salón, se detuvo.

-Julian, ¿por qué aceptaste el cambio tan rápido? -preguntó ella, una duda que llevaba quemándole desde el camerino-. Podrías haber cancelado todo y demandar a los Thorne. Habrías ganado igual.

Julian guardó silencio por un momento, observando los reflejos de la luna en la fuente.

-Porque Bianca era predecible, Iris. Habría sido una esposa aburrida y una socia inútil. Pero tú... tú me diste algo que no esperaba encontrar en una boda de conveniencia: un desafío. Y yo nunca rechazo un desafío que promete un retorno de inversión tan alto.

Caminaron de regreso hacia el brillo de las lámparas de cristal. Al entrar de nuevo al salón, la música se detuvo por un segundo antes de reanudarse. Iris vio a su padre observándola desde lejos, con una mezcla de terror y esperanza. Ella le sostuvo la mirada, sin sonreír, dejándole claro que su salvador ahora era su dueño.

Esa noche, cuando finalmente llegaron a la mansión Blackwood, una construcción de acero y vidrio que dominaba la ciudad desde lo alto, no hubo pétalos de rosa ni romance.

Julian abrió la puerta de la suite principal y dejó que Iris entrara primero. Se quitó la chaqueta del esmoquin y la lanzó sobre una silla de cuero.

-Tu habitación es la del ala derecha -dijo él, volviendo a su tono de negocios-. Mañana a las ocho de la mañana, mi chofer te llevará a la oficina central. Mis abogados te estarán esperando con los documentos del fondo fiduciario.

Iris se detuvo en el centro de la habitación, sintiendo el cansancio de mil batallas pesando sobre sus hombros. Se giró hacia él.

-Gracias, Julian.

-No me des las gracias todavía, Iris -él se desabrochó los primeros botones de la camisa, su mirada fija en ella-. Todavía no has visto el precio de ser una Blackwood. Pero tengo la sensación de que vas a disfrutar pagándolo.

Iris entró en su nueva habitación y cerró la puerta. Se quitó el velo, el vestido de seda y las joyas de los Thorne, dejándolas caer al suelo como la piel vieja de una serpiente. Al meterse en la cama, sola en la inmensidad de la mansión, se dio cuenta de algo: por primera vez en su vida, no tenía miedo del mañana. Tenía hambre de él.

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