Cuando el ascensor privado se abrió en el piso de la presidencia, se encontró con una oficina que era un espejo de la personalidad de Dante: minimalista, fría y diseñada para intimidar. Su despacho estaba separado del de él solo por una pared de cristal inteligente que podía volverse opaca con un botón.
-Señora Moretti, el señor Drazen... perdón, el señor Moretti, la espera -dijo una secretaria visiblemente nerviosa.
Ariadna entró en el despacho de Dante sin llamar. Él estaba de pie frente al ventanal, hablando por teléfono en mandarín. No se giró, pero levantó una mano para indicarle que se sentara. Ella, por supuesto, permaneció de pie, cruzando los brazos y escaneando la habitación.
Dante terminó la llamada y se giró. Sus ojos recorrieron el traje de Ariadna con una mezcla de reconocimiento y desafío.
-Estás temprano -dijo, rodeando su escritorio-. Me gusta la puntualidad, pero en esta oficina, la agenda la coordina mi equipo.
-Tu equipo no sabe cómo gestionar mis activos, Dante. He revisado el informe de la fusión con el consorcio asiático que dejaste en la red doméstica anoche. Es mediocre. Estás ofreciendo márgenes de beneficio basados en proyecciones de hace dos años. Si presentas eso hoy en la junta, se reirán en tu cara antes de cancelar el trato.
Dante tensó la mandíbula. Se acercó a ella, invadiendo su espacio con esa familiaridad agresiva que empezaba a volverse una constante entre ellos.
-Ese informe fue redactado por los mejores analistas de la ciudad.
-Fue redactado por hombres que te tienen miedo y te dicen lo que quieres oír -replicó Ariadna, dándole un golpecito con el dedo en el pecho-. Yo no te tengo miedo. Si quieres que este matrimonio sirva para algo más que para que salgamos en las revistas de chismes, déjame arreglar ese desastre.
Dante guardó silencio. El aire entre ellos vibraba. Era esa extraña mezcla de odio profesional y una tensión física que ninguno de los dos quería nombrar.
-Tienes hasta las once -dijo él finalmente, su voz bajando una octava-. Si lo logras, te daré acceso a la terminal de datos de la logística europea. Si fallas, pasarás el resto del mes haciendo labores de relaciones públicas y sonriendo en cenas benéficas.
-Trato hecho.
Ariadna se retiró a su despacho. Durante las siguientes tres horas, el sonido de sus dedos contra el teclado fue lo único que rompió el silencio del piso. Dante la observaba a través del cristal. Veía cómo se concentraba, cómo se humedecía los labios cuando encontraba un error, cómo su mente brillante desmantelaba y reconstruía estructuras financieras complejas. Había una belleza feroz en su competencia que lo irritaba y lo atraía a partes iguales.
A las once en punto, Ariadna entró de nuevo. Le lanzó una tableta sobre la mesa.
-He recortado un 4% de los costes operativos y he reestructurado la deuda subordinada. Ahora la oferta no es solo atractiva, es irresistible.
Dante revisó los números. Sus ojos se abrieron ligeramente. Era perfecto. Era mejor de lo que él mismo habría podido hacer en tan poco tiempo.
-Bien -dijo él, levantándose y recogiéndose la chaqueta-. Vamos a la junta. Pero recuerda, Ariadna: yo hablo, tú apoyas. Eres mi socia, pero es mi nombre el que está en la puerta.
-Por ahora -susurró ella para sí misma.
La junta directiva fue un campo de batalla. Los inversores asiáticos, hombres de negocios de la vieja escuela, observaban a Ariadna con escepticismo. Dante comenzó la presentación, pero cuando llegó al punto de la reestructuración financiera, hizo algo que Ariadna no esperaba.
-Esta sección ha sido diseñada por mi esposa -dijo Dante, extendiendo una mano hacia ella-. Nadie conoce mejor la eficiencia operativa que Ariadna Thorne.
Ella tomó la palabra. Durante veinte minutos, dominó la sala. Su voz era clara, sus argumentos irrefutables. Al terminar, el líder del consorcio, el señor Tanaka, asintió con respeto.
-Moretti, tienes un activo muy valioso a tu lado -dijo Tanaka-. Si esta es la sinergia que vuestro matrimonio aporta a la empresa, el contrato está firmado.
Cuando los inversores salieron, la sala quedó vacía. Ariadna soltó un suspiro de alivio, pero la adrenalina aún le recorría las venas. Se volvió hacia Dante, esperando ver su habitual máscara de suficiencia, pero lo encontró observándola con una intensidad nueva.
-¿Por qué lo hiciste? -preguntó ella-. Podrías haberte llevado todo el mérito.
Dante caminó hacia ella lentamente. El silencio de la sala de juntas vacía se sentía íntimo, casi peligroso.
-Porque soy un hombre de negocios, Ariadna. Y no oculto mis mejores armas. Hoy le has demostrado a Nueva York que el Grupo Thorne no ha muerto, solo ha cambiado de manos.
-No ha cambiado de manos, Dante. Se ha infiltrado.
Dante se detuvo frente a ella. Estaban tan cerca que Ariadna podía ver las motas doradas en sus ojos oscuros. Él levantó una mano, dudando por un segundo antes de colocarla en la nuca de ella, sus dedos enredándose sutilmente en su cabello.
-¿Es eso lo que estás haciendo? ¿Infiltrándote? -preguntó él en un susurro-. ¿O estás empezando a disfrutar del poder que tenemos juntos?
Ariadna sintió un nudo en el estómago. El odio era fácil, era seguro. Pero esta admiración mutua, este juego de espejos donde ambos se reconocían como iguales, era mucho más peligroso.
-Disfruto del poder, Dante. Pero no me gusta compartirlo.
-Entonces tenemos un problema -dijo él, inclinándose un poco más-. Porque yo tampoco sé compartir.
El momento se rompió cuando el teléfono de Dante vibró sobre la mesa. Él se apartó, rompiendo el hechizo, y leyó el mensaje. Su expresión se volvió sombría.
-Parece que tu "infiltración" ha dejado rastros, Ariadna. Alguien ha intentado entrar en mis servidores privados desde tu terminal de la mansión esta madrugada.
El corazón de Ariadna dio un vuelco. Creía que había limpiado sus huellas.
-No sé de qué hablas -mintió con una frialdad que envidiaría un asesino profesional.
Dante la miró fijamente, con una sonrisa triste que le heló la sangre.
-No me mientas. No a estas alturas. Te di una oportunidad hoy y la aprovechaste para brillar. Pero si vuelves a intentar robarme información, Ariadna, el contrato de matrimonio será el menor de tus problemas. Te encerraré en esa mansión y no verás la luz del sol hasta que el año termine.
Él caminó hacia la puerta, pero se detuvo antes de salir.
-Esta noche tenemos una gala. Ponte algo que diga que eres mía. Porque si vas a jugar a ser una espía, al menos asegúrate de que el mundo crea que eres una esposa devota.
Ariadna se quedó sola en la sala de juntas. Sus manos temblaban, pero no de miedo, sino de rabia. Se acercó a la mesa y golpeó la superficie con el puño. Había estado tan cerca. Había empezado a confiar en esa extraña conexión en la junta, y Dante le había recordado la realidad de un solo golpe: seguía siendo una cautiva, sin importar cuán brillante fuera su mente.
Se enderezó el traje y se miró en el reflejo de la ventana.
-Crees que puedes encerrarme, Dante -dijo en voz baja-. Pero no te has dado cuenta de que ya estoy dentro de tu sistema. Y una vez que el virus está dentro, solo es cuestión de tiempo que el sistema colapse.
Ariadna salió de la sala con paso firme. La guerra acababa de escalar, y la gala de esa noche no sería una fiesta, sería el escenario de su próximo movimiento. Dante creía que la conocía, pero ella estaba dispuesta a quemarlo todo, incluso a sí misma, con tal de recuperar lo que era suyo.