Sentada en su escritorio, Ariadna observaba la unidad USB que contenía la información filtrada de los servidores de Dante. Tenía los nombres de las empresas pantalla, las rutas logísticas en el Adriático y las irregularidades en las aduanas que Dante usaba para agilizar sus envíos. Era una bomba atómica. Si la detonaba, las autoridades federales estarían en la puerta de Dante antes del almuerzo y el contrato matrimonial quedaría invalidado por la quiebra del cónyuge.
La puerta de cristal que separaba sus oficinas se volvió transparente de golpe. Dante estaba allí, de pie tras su escritorio, con la chaqueta del traje colgada en la silla y las mangas de la camisa arremangadas. Se veía cansado, pero sus ojos estaban fijos en ella con una intensidad que la hizo sentir desnuda.
Él presionó el intercomunicador.
-Ariadna, a mi despacho. Ahora.
Ella guardó la unidad USB en su bolso, se alisó la falda y entró. Dante no perdió el tiempo con sutilezas.
-He recibido una llamada de mis auditores en la zona del Adriático -dijo él, su voz era un tono bajo y monótono que daba más miedo que un grito-. Alguien ha estado husmeando en las facturas proforma. Alguien que conoce mis protocolos de encriptación.
Ariadna se cruzó de brazos, apoyándose en el marco de la puerta.
-Debes tener muchos enemigos, Dante. Yo soy solo la que duerme en tu ala este.
-No juegues conmigo -Dante se acercó, rodeando la mesa-. Anoche, después del beso en el coche, creí que habíamos llegado a un entendimiento. Creí que habías entendido que somos más fuertes si dejamos de intentar destruirnos.
-¿Entendimiento? -Ariadna soltó una carcajada amarga-. Lo de anoche fue una reacción química, Dante. Un error de cálculo impulsado por la adrenalina y el exceso de confianza. No cambia el hecho de que me robaste mi empresa y me obligaste a firmar un contrato que me reduce a un objeto de exhibición.
Dante se detuvo frente a ella. Estaba tan cerca que podía ver la pequeña cicatriz en su ceja izquierda.
-No te robé nada, Ariadna. Te salvé de Julian Vane. Él no te habría ofrecido un contrato. Él te habría desmantelado y vendido por piezas hasta que no quedara ni tu apellido. Yo te mantuve entera. Te di un lugar a mi lado.
-¡Me diste una jaula de oro! -gritó ella, perdiendo por fin la compostura-. Y cada vez que intentas "protegerme", lo único que haces es recordarme que ya no soy la dueña de mi propia vida.
-Eres la dueña de mi atención, de mi respeto y, aparentemente, de mis impulsos más irracionales -replicó él, agarrándola de los antebrazos-. Si envías esa información, no solo me hundes a mí. Te hundes tú. Tu nombre está en los registros como mi esposa y vicepresidenta. Si yo voy a la cárcel por fraude logístico, tú vas conmigo.
Ariadna se quedó gélida. Él lo sabía. Sabía exactamente qué información tenía ella.
-¿Cómo lo supiste? -susurró.
-Porque yo mismo dejé ese rastro para ti -confesó Dante, su mirada cargada de una tristeza brutal-. Quería saber si, después de todo, después de trabajar juntos, de la junta, del beso... seguirías queriendo apretar el gatillo. Ha sido mi última prueba para ti, Ariadna. Y has fallado.
El silencio que siguió fue asfixiante. Ariadna sintió una náusea repentina. No era solo que la hubiera atrapado; era que él había apostado su imperio solo para ver si ella era capaz de traicionarlo. Era una jugada de ajedrez suicida que solo un loco o alguien obsesionado haría.
-Si sabes que tengo la información, ¿por qué no llamas a seguridad? -preguntó ella, desafiante.
-Porque el contrato tiene una cláusula que no leíste con cuidado -dijo Dante, caminando hacia la caja fuerte de su despacho-. En caso de intento de sabotaje por parte de uno de los cónyuges, el periodo de matrimonio se extiende automáticamente por dos años adicionales para "reparación de daños y supervisión".
Ariadna sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
-No puedes hacer eso. Es ilegal.
-En el mundo de los contratos privados de alto riesgo, es perfectamente legal. Firmaste una cláusula de arbitraje confidencial. No hay jueces externos, Ariadna. Solo nosotros.
Dante sacó un sobre de la caja fuerte y se lo tendió.
-Pero no voy a ejecutar la cláusula. No todavía.
-¿Por qué?
-Porque Julian Vane ha lanzado una oferta de adquisición hostil sobre la última filial que le queda a tu familia -dijo Dante, su tono volviendo a ser el del tiburón corporativo-. Él cree que estás débil porque te has "rendido" ante mí. Piensa que puede herirme a través de ti.
Ariadna abrió el sobre. Eran los documentos de la oferta de Vane. Julian estaba intentando quedarse con la fábrica textil que su abuelo había construido en Georgia, el último trozo de herencia que no estaba bajo el paraguas de Moretti.
-Él quiere que lo llames -continuó Dante-. Quiere que vayas a él para pedirle ayuda contra mí. Y en el momento en que lo hagas, él te usará para destruir Moretti Global y luego te desechará.
Ariadna miró la unidad USB que aún sentía pesar en su bolso. Julian o Dante. El hombre que quería desmantelarla o el hombre que quería poseerla. Era una elección imposible.
-¿Qué quieres que haga? -preguntó ella, su voz apenas un hilo.
-Quiero que hoy, en la cena de negocios con los reguladores, le demuestres a Vane que no eres una víctima -Dante se acercó y le puso una mano en la nuca, obligándola a mirarlo-. Quiero que seas la arquitecta de su caída. Ayúdame a destruir a Vane, y te daré la libertad de elegir. Si después de que él caiga aún quieres enviarle esa información al FBI y hundirnos a ambos, te daré la contraseña del servidor central yo mismo.
Ariadna lo miró fijamente. Había una verdad cruda en sus ojos. Dante no le estaba pidiendo amor, le estaba pidiendo una alianza basada en el fuego cruzado.
-¿Me estás dando la opción de destruirte a cambio de que te ayude a ganar esta guerra?
-Te estoy dando la opción de ser mi igual, Ariadna. Deja de jugar a la espía y empieza a jugar a la emperatriz. Vane te subestima. Yo te temo. Esa es la diferencia entre él y yo.
Ariadna respiró hondo. Sacó la unidad USB de su bolso y la puso sobre la mesa de Dante.
-No creas que esto significa que te perdono -dijo ella, con los ojos ardiendo de determinación-. Pero Julian Vane se atrevió a tocar el legado de mi abuelo pensando que yo estaba domesticada. Nadie toca lo que es mío. Ni él, ni tú.
Dante sonrió, una sonrisa genuina y peligrosa que hizo que el corazón de Ariadna diera un vuelco involuntario.
-Esa es la Ariadna que quería ver.
-Empecemos a trabajar -dijo ella, sentándose en la silla de Dante, tomando el control de su computadora-. Si Julian quiere una guerra de adquisiciones, vamos a darle una masacre financiera.
Durante las siguientes diez horas, no hubo rastro del matrimonio falso ni de la tensión sexual. Eran dos mentes brillantes trabajando en perfecta sincronía. Ariadna trazó una estrategia de "píldora venenosa" que haría que la adquisición de la fábrica textil fuera financieramente suicida para Vane. Dante movió sus hilos en los bancos internacionales para cortar las líneas de crédito de Julian en tiempo récord.
A medianoche, cuando terminaron, la oficina estaba en penumbra, iluminada solo por el resplandor de las pantallas. Ariadna se estiró, sintiendo el cansancio en cada músculo, pero también una satisfacción eléctrica. Habían ganado.
Dante apareció detrás de ella con dos copas de cristal y una botella de champán.
-Julian está acabado -dijo él, sirviendo la bebida-. Mañana su junta directiva pedirá su cabeza cuando vean el agujero negro en el que ha metido sus activos.
Ariadna tomó la copa, rozando los dedos de Dante. Esta vez, no retiró la mano.
-Lo hemos logrado -susurró ella.
-Lo has logrado tú, Ariadna. Yo solo puse el capital. La estrategia fue toda tuya.
Él dejó su copa sobre la mesa y la rodeó por detrás, colocando sus manos sobre los hombros de ella. Empezó a darle un masaje lento, deshaciendo los nudos de tensión. Ariadna dejó caer la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos.
-Dante... el contrato -murmuró ella, intentando recordar por qué debía odiarlo.
-Al diablo con el contrato -dijo él, inclinándose para besar la curva de su cuello-. El contrato dice que somos enemigos que fingen ser esposos. Pero esta noche, no siento que seas mi enemiga.
Él la giró en la silla para que quedara frente a él. La luz de la luna que entraba por el ventanal perfilaba sus rostros. Dante se arrodilló entre sus piernas, rompiendo toda barrera de jerarquía.
-Podrías haberme hundido hoy -dijo él, su voz rota por la emoción-. Tenías la información. Tenías el USB. ¿Por qué te quedaste?
Ariadna lo miró, y por primera vez, dejó caer todas sus máscaras.
-Porque Julian quería que fuera su víctima -dijo ella, acariciando el rostro de Dante con los pulgares-. Y porque tú, a pesar de todo el daño que me has hecho, eres el único que me mira como si fuera capaz de quemar el mundo entero. Y me gusta cómo me veo en tus ojos.
Dante la atrajo hacia sí y la besó. Esta vez no hubo lucha, no hubo poder, solo una entrega desesperada. Ariadna se perdió en él, sintiendo que la jaula de cristal finalmente se rompía, no porque ella hubiera escapado, sino porque las paredes ya no importaban cuando el carcelero se había convertido en su único refugio.
Sin embargo, mientras Dante la cargaba hacia el sofá de cuero de la oficina, el teléfono de Ariadna vibró en su bolso. Un mensaje de Julian Vane que ella no vería hasta la mañana siguiente:
"No creas que Dante es tu héroe, Ariadna. Pregúntale quién fue el que realmente filtró las fotos que destruyeron tu reputación hace cinco años. No fui yo. Fue él para poder comprarte más barata."
La guerra no había terminado. Solo estaba cambiando de bando.