Pasaron algunos días.
No fueron muchos, pero pesaron como semanas. El silencio de Tomás se volvió una presencia constante, una ausencia que ocupaba demasiado lugar en mis noches. Durante el día lograba funcionar. Hablaba, cumplía, existía. Pero cuando caía la madrugada, el cuerpo empezaba a recordar.
Me acostaba temprano, fingiendo cansancio. Julián dormía rápido. Yo no.
El reloj marcaba la una.
Las dos.
Las tres.
Y yo seguía despierta.
Pensaba en él sin querer pensarlo. En su voz, en sus manos, en la forma en que había pronunciado mi nombre aquella última vez. El deseo no era urgente todavía; era lento... insistente... como un pulso subterráneo que no deja dormir.
Había noches en que tomaba el celular solo para mirar la pantalla apagada. No me animaba a escribirle. No quería ser yo la que rompiera el silencio. Me repetía que, si tenía que ocurrir, ocurriría.
Y ocurrió.
Esa madrugada, cuando el reloj marcaba las tres menos cuarto, la pantalla se encendió sola, como si hubiera esperado el mismo insomnio que yo.
Tomás.
Abrí el mensaje con el corazón acelerado.
-¿Estás despierta?
Sonreí en la oscuridad.
-Sí -respondí-. Nunca duermo antes de las tres.
Tardó apenas segundos en contestar.
-Yo tampoco. Hay cuerpos que se acostumbran al horario del deseo.
Sentí un calor lento recorrerme entera.
Los mensajes empezaron a ir y venir, primero con cautela, después sin disimulo. Se nombraban de maneras que no podían decirse en voz alta. Describían lo que harían si estuvieran juntos. Lo que se habían guardado aquel día. Lo que se harían si el mundo dejara de ser un obstáculo por unos minutos más.
Yo le escribía desde la cama que compartía con otro hombre.
Él me respondía desde una habitación que no era la mía.
Pero en esas palabras ya no había distancias.
Mis manos temblaban sobre la pantalla. Sentía cómo el cuerpo despertaba con una anticipación casi dolorosa. El deseo ya no era recuerdo: era amenaza.
-Decime que te muerda el cuello como ese día -escribió.
Cerré los ojos antes de responder.
-Decime que me lo vas a hacer sin que nadie nos vea.
Pasaron unos segundos.
-Subite al auto.
El mensaje fue directo. Sin rodeos. Sin promesas.
Miré la hora. Miré a Julián dormido. Miré la puerta del cuarto. Dudé apenas un segundo... y ya estaba levantándome.