Era una microdosis de Feromonas Calmantes. Los Alfas las usan para tranquilizar a los miembros angustiados de la manada, pero en dosis altas, vuelven al receptor dócil, confundido y sumiso. Me estaba drogando para mantenerme manejable.
El chiste era para él. Mi metabolismo quemaba los sedantes cuatro veces más rápido que un lobo normal. Era un rasgo de mi linaje, el linaje del que él no sabía nada.
Esperé hasta que su respiración se profundizó en el sueño. Luego me deslicé fuera de la cama.
Necesitaba saber el alcance de la podredumbre. Necesitaba escucharlo de Jacobo.
Me deslicé por el pasillo hasta la habitación de mi hijo. La puerta estaba entreabierta. La luz azul de un monitor de juegos se derramaba en el pasillo.
Estaba en una videollamada.
-Sí, papá acaba de llegar -dijo Jacobo, riendo. Llevaba sus audífonos, girando en su silla.
-¿Le dijo? -una voz femenina. Katia.
-Ni de broma -se burló Jacobo-. Mamá se volvería loca. Es tan emocional. Es patético.
Me quedé en las sombras del marco de la puerta, mi mano agarrando la madera con tanta fuerza que dejé marcas.
-Es que... ella no es material de Luna, Katia -continuó Jacobo, su voz llena de arrogancia adolescente-. Se supone que una Luna debe ser fuerte. Feroz. Mamá es solo... una humana en piel de lobo. Me da vergüenza presentarla a mis amigos.
-No te preocupes, cariño -arrulló Katia a través de los altavoces-. Después de la Gala, las cosas cambiarán. Tu papá lo prometió.
-No puedo esperar -dijo Jacobo-. Imagina tener una Luna que de verdad se vea bien en un vestido. Que tenga poder. Me vas a ayudar a entrenar para mi transformación, ¿verdad? Mamá no puede enseñarme nada. Ni siquiera usa a su loba.
Mis rodillas cedieron. Me deslicé por la pared, lágrimas silenciosas corriendo por mi rostro.
No era solo que él la prefiriera. Era el desprecio. La absoluta falta de respeto por la mujer que le había secado las lágrimas, curado los raspones y velado con él cada fiebre.
Medía el valor únicamente por el poder. Por la agresión.
Era exactamente como su padre.
Me arrastré hasta el baño, cerrando la puerta con llave detrás de mí. Me incliné sobre el inodoro y tuve arcadas secas. El dolor en mi pecho era insoportable. Sentía como si el tejido cicatricial alrededor de mi corazón se estuviera abriendo.
*Déjanos salir.*
La voz en mi cabeza fue más fuerte esta vez. Más clara.
Me miré en el espejo.
Mi reflejo estaba pálido, con ojeras bajo los ojos. Pero mis ojos...
Normalmente, eran de un suave color avellana. Ahora, brillaban. Un plateado brillante e iridiscente.
Mi Loba Interior estaba arañando la superficie.
*Nos traicionaron, Ale*, gruñó. *El compañero. El cachorro. Nos desecharon.*
-Lo sé -le susurré al espejo.
*No lloramos por los traidores*, siseó. *Los cazamos.*
Un golpe en la puerta me hizo saltar.
-¿Ale? -la voz de Antonio-. ¿Estás bien ahí dentro? Oí un ruido.
Cerré los ojos. Forcé al plateado a retroceder. Empujé a la loba hacia abajo, encerrándola detrás de los barrotes mentales que había construido años atrás.
-Solo un dolor de estómago -dije en voz alta, mi voz temblando solo un poco-. Vuelve a dormir.
-Asegúrate de estar mejor para el sábado -dijo a través de la puerta-. La Gala es obligatoria. Te necesito allí para sonreír y saludar. Los Ancianos están observando.
-Allí estaré -dije.
Abrí los ojos. Eran de color avellana de nuevo, pero fríos. Muertos de frío.
-No me lo perdería por nada del mundo -susurré.