La puerta se entreabrió y unos pasos discretos se aproximaron. Al abrir los ojos, mi sonrisa se amplió al ver a mi nana, quien me extendió una taza de té de hierbas. La acepté con gratitud y la saboreé mientras la vista del paisaje me envolvía con serenidad.
-Hoy te veo más radiante, mi niña -comentó con una sonrisa-. Y creo saber por qué.
-Así es, Nana -respondí, compartiendo su sonrisa-. Es la primera vez que duermo sin la sombra de Antonio sobre mí.
-Me alegra tanto, mi niña -dijo ella, su sonrisa reflejando su alivio.
Permanecimos en silencio, disfrutando del panorama hasta que terminé mi té. Luego, con la ayuda de mi nana, me preparé para un baño. Sumergida en la tina, la sonrisa aún no abandonaba mi rostro. Con los ojos cerrados y la cabeza reclinada, me relajé mientras Dorothea seleccionaba un vestido de mi armario.
Tras el baño, me envolví en una bata y comencé a secar mi cabello. Mi nana me peinó con un elegante semirrecogido y aplicó un maquillaje sutil. Me vestí con una enagua y un corsé, y luego me puse un vestido rosa adornado con encajes blancos en las mangas y el busto, que combiné con botas blancas de cordones.
Frente al espejo, me contemplé de pies a cabeza, sintiéndome hermosa. Mi sonrisa se dirigía a mi nana cuando un golpeteo en la puerta nos interrumpió.
-Adelante -indiqué, colocándome los aretes.
-Con permiso, señora -dijo Lucía, entrando con timidez.
-Pasa, Lucía. ¿Qué ocurre? -pregunté, ofreciéndole una sonrisa mientras me ajustaba el collar.
-La señora Elisa acaba de llegar -informó Lucía.
Un escalofrío de nerviosismo me recorrió al pensar en mi prima. Aún no sabía qué decirle, pero era algo que debía resolver pronto. Volví mi atención a Lucía, lista para hablar.
-Está bien, Luci. Por favor, atiende a nuestra invitada con algo de beber -sugerí con una sonrisa forzada-, bajaré en un momento.
-Como ordene, señora -respondió Lucía con una reverencia antes de salir de la habitación.
Volteé hacia mi nana, mis ojos reflejando la ansiedad que sentía. Ella, siempre perceptiva, tomó mi mano entre las suyas, transmitiéndome calma.
-Recuerda, mi niña, siempre contarás con mi apoyo, sin importar lo que suceda -me aseguró con una mirada llena de cariño.
Le devolví el abrazo, sintiendo cómo su fuerza me infundía valor. Con un suspiro, me desprendí de su abrazo y me dirigí hacia la puerta, decidida a enfrentar lo que venía. Descendí las escaleras lentamente, cada paso un esfuerzo por controlar el torbellino de emociones dentro de mí. Pensaba en cómo explicarle a Elisa la verdad sobre Antonio sin desatar un escándalo.
Al llegar al pie de la escalera, nuestras miradas se cruzaron y supe que debía protegerla de cualquier daño que Antonio pudiera causarle a ella y a su familia. Me acerqué y tomé asiento frente a ella, ambas sumidas en un tenso silencio. Finalmente, Elisa dejó su taza de té sobre la mesa y habló.
-Hola, Verónica -dijo con un rictus de disgusto.
-Hola, Elisa -contesté, intentando disimular mi nerviosismo-. ¿A qué debo tu visita?
-Por favor, Verónica, no te hagas la desentendida. Sabes muy bien por qué estoy aquí -me retó con severidad.
-Realmente no lo sé, Elisa, por eso te pregunto -repliqué con calma, aunque mi corazón latía aceleradamente.
Elisa se puso de pie, su ira palpable mientras caminaba de un lado a otro.
-Estás evadiendo, Verónica. Algo sucede y por eso no has respondido a mis cartas -reprochó Elisa queriendo evitar gritarme
-¿Qué cartas, Elisa? -pregunté con serenidad, aunque la inquietud me consumía-. No he recibido ninguna.
-Deja de mentir, Verónica. Dime qué está pasando -exigió, su enojo creciendo-. Puedo entender que estés molesta con tus padres, pero nunca conmigo.
-Primero, no sé nada de tus cartas -insistí, mirándola fijamente. Luego, con una mentira piadosa, añadí-, y segundo, no entiendo tu molestia. A veces las cartas se pierden, eso es todo.
-¿Molestia? Estoy furiosa, Verónica. No te reconozco -dijo, clavando su mirada en mí.
-Tranquila, Eli. No es para tanto -mentí nuevamente-. Es posible que las cartas se hayan extraviado.
Elisa me observó con frustración y se acercó, buscando la verdad en mis ojos.
-Una o dos veces, tal vez, pero no constantemente, Verónica -argumentó, y se sentó a mi lado-. Siempre hemos sido cercanas y nos contábamos todo. Confía en mí, por favor, y dime qué sucede -suplicó tomando mi mano.
La ansiedad me invadió, retiré mi mano bruscamente y me levanté de la silla. Me dirigí hacia la ventana, buscando la calma necesaria para hablar.
-No pasa nada, Eli -mentí sin atreverme a mirarla-. No tengo idea de por qué no he recibido tus cartas.
-Algo ocurre aquí y no quieres decírmelo, Verónica -insistió Elisa-. ¿Tiene que ver con tu esposo? ¿Te está haciendo algo que no puedes contarme? Si es así, estoy aquí para ayudarte.
Sentí un nudo en la garganta al oír su mención de Antonio. No podía revelarle la verdad sobre los abusos, pues desataría el caos. Con una calma fingida, me giré hacia ella y solté una carcajada hueca.
-¿Crees que Antonio está involucrado? -pregunté, riendo sin alegría-. No puedo creer que pienses eso. Nos amamos. Estamos felices, aunque no lo estuviéramos al principio. Ahora sí lo estamos -mentí descaradamente.
-No te creo, Verónica. Sé que me ocultas algo y exijo que me lo digas ahora -espetó con confusión evidente.
Miré a Elisa, sabiendo que mis próximas palabras la herirían profundamente. Pero tenía que protegerla de cualquier represalia de Antonio.
-Tus cartas llegaron, pero elegí no responderlas -confesé con una frialdad que ocultaba mi nerviosismo y tristeza-. ¿Quieres saber por qué? -pregunté, y ante su asentimiento continué con la mentira más dolorosa-. Porque nunca me importaste. Siempre fingí quererte, prima. Nunca significaste nada para mí. Cuando no estábamos juntas, me burlaba de tu ingenuidad, de cómo no te dabas cuenta de que nadie te quería. Siempre hablaban mal de ti a tus espaldas.
-Eso es mentira, me estás mintiendo, Verónica -declaró Elisa, mientras lágrimas brotaban de sus ojos marrones.
-Créelo o no, pero es la verdad, prima -hablé con una risa amarga, aunque por dentro me desgarraba la tristeza-. La verdad duele, pero es así. Tus padres no te querían, eras una carga para ellos. Por eso te casaron con ese hombre, para deshacerse de ti -concluí con una sonrisa que no llegaba a mis ojos.
-Mientes para protegerte, Verónica -dijo Elisa entre lágrimas, su voz temblorosa por la emoción-. Mientes, pero sé que es para ocultar tu verdad.
Exhalé un suspiro teatral, intentando parecer cansada.
-Elisa, si eliges no creerme, esa es tu decisión. Pero lo que te he dicho es la verdad -le aseguré, sosteniendo su mirada-. Ahora que conoces mis razones para no responder tus cartas, deberías irte. Tengo muchas responsabilidades que atender.
Con el ceño fruncido, Elisa recogió sus pertenencias. Le di la espalda, ocultando la tristeza que albergaba por las duras palabras que le había dicho, sabiendo que eran mentiras. Ella significaba mucho para mí, y no puedo arriesgarme a que Antonio le haga daño.
Antes de cruzar el umbral, Elisa se detuvo y me observó con sus ojos brillantes por las lágrimas.
-Cada palabra que has dicho es una mentira -afirmó con una tristeza que resonó en la habitación.
Su mano acarició el dije de estrella que compartimos, un símbolo de nuestra conexión.
-No estás sola, Verónica. Siempre puedes contar conmigo. Sé que ocultas algo, pero no te presionaré. Adiós -dijo, y su voz se quebró con la despedida.
Una vez que se fue, me derrumbé en la vasta soledad de la habitación, liberando las lágrimas reprimidas. Lloré por las palabras hirientes que le había dicho a Elisa, palabras que nunca quise decir, pero necesarias para mantenerla a salvo de Antonio. Me senté en el frío suelo, donde sollocé por la sensación de estar rota y completamente sola.
En mi desconsuelo, no noté la presencia de alguien más hasta que sentí una mano en mi hombro. Levanté la vista y observé a Lucía, quien me miró con una tristeza compartida. Se sentó a mi lado en silencio, y luego, con voz suave, me preguntó:
-Señora, ¿por qué no le dice la verdad?
Las lágrimas fluyeron libremente mientras contestaba.
-No puedo, Lucía. Hacerlo pondría a Elisa en peligro. Antonio es tan despiadado que no dudaría en lastimar o matar a alguien. -Mi voz se quebró al recordar ese día tan fatídico cuando hui con Luz, mi yegua y amiga fiel, a tres meses luego de casarme-. Nos encontró y nos llevó al granero. Me golpeó sin piedad y me dejó colgada con cadenas. Y luego... luego disparó a Luz a sangre fría.
Lucía escuchó horrorizada, incapaz de ocultar su conmoción.
-Es por eso que no puedo permitir que Elisa corra el mismo riesgo. Prefiero que me odie por mentirle antes que condenarla con la verdad -susurré con tristeza en mi voz.
Con lágrimas, Lucía me miró con compasión.
-Nuestras vidas son diferentes, Lucía -mencioné sosteniendo su mano-. Pero lucha por el amor verdadero y nunca permitas que te traten como a mí. Encuentra a alguien que te ame, te respete y te cuide.
Ella asintió con una sonrisa tímida y ambas nos levantamos. Mientras ella regresaba a sus quehaceres, y yo me retiré a mi habitación. Allí, acaricié el dije que compartía con Elisa; mis lágrimas caían mientras reflexionaba sobre las palabras que le había lanzado con dureza. No me aparté por deseo propio, sino para protegerla de un destino similar al de Luz.
-Perdóname, Eli, pero lo hago por tu bien -susurré besando el dije-. Te quiero, prima.
En la soledad de mi habitación, solo se escuchan mis lágrimas por el destino que me había tocado. Nunca sería libre ni conocería el amor puro que otros disfrutan. Lloré hasta que el agotamiento hizo que cerrara mis párpados, y me quedé dormida.
Lucía
En la penumbra de la cocina, mis manos se movían con una eficiencia mecánica, ordené cada cosa en su lugar. Sin embargo, mi mente estaba lejos, perdida en las palabras de la señora Verónica y las atrocidades que el señor le había infligido. Una pausa involuntaria se apoderó de mí, y sentí cómo las lágrimas se acumulaban, amenazando con desbordarse al evocar su relato desgarrador. Con un gesto firme, negué con la cabeza; era injusto, la señora Verónica no merecía sufrir así.
De repente, la puerta crujió suavemente y dos ojos compasivos me encontraron. Era Dorothea, cuya presencia era un bálsamo para mi alma agitada.
-Nadie debería soportar tal dolor -murmuré encontrando refugio en su mirada empática.
-Es verdad, y me parte el corazón no poder hacer más por ella -respondió Dorothea, su voz teñida de una tristeza profunda.
Una chispa de determinación se encendió dentro de mí y, con una mirada resuelta, compartí mi epifanía con ella.
-Creo que sé cómo podemos liberar a la señora Verónica de sus cadenas -declaré, sosteniendo su mirada-, pero necesitaré de tu valentía para llevarlo a cabo.
-¿Qué planeas, Lucía? Sabes que si el señor descubre algo... -advirtió Dorothea, su preocupación evidente.
-Él no lo sabrá -aseguré con convicción-. Todos nosotros, los que servimos en esta casa, nos uniremos en este esfuerzo. -Tomé su mano entre las mías, buscando fortaleza-. Mi tía, Albert, Enrique y yo, haremos lo necesario para que ambas escapen de este lugar.
-Pero, ¿cómo lo haremos, Lucía? ¿Adónde podríamos ir? -preguntó con voz temblorosa.
-Enrique conoce a alguien en la marina mercante, un viejo amigo que le debe muchos favores -expliqué, viendo la esperanza nacer en sus ojos-. Él aceptará y las llevará a un lugar seguro, donde puedan empezar de nuevo.
-Es un plan arriesgado, pero... -Dorothea me miró, la incertidumbre luchaba contra la esperanza- debe ser antes de que Antonio regrese.
-Lo haremos antes de su llegada -prometí, mirándola directamente a los ojos.
Un destello de gratitud iluminó su rostro y, con un abrazo que hablaba más que mil palabras, lloró lágrimas de alivio. Respondí al abrazo, consciente del peso que llevaba sobre sus hombros al ver sufrir a la señora sin poder intervenir. Juntas, en la intimidad de la cocina, comenzamos a tejer los hilos de un audaz plan de escape.