Lo cierto es que sabía que en algún momento debía retroceder a ese día. Habían pasado unos días, pero sentía como si hubiese sido ayer. Y no les mentiré, tenía mucho miedo de declarar, por eso les había pedido a mis padres y a Angus, mi abogado, un tiempo prudencial para poder recuperarme del hecho. Les había dado una primera declaración al salir de allí, pero dijeron que no bastaba y que se necesitaba reconstruir los hechos, y por supuesto, al ser la única a la que no disparó teniendo la posibilidad de hacerlo, era de extrema necesidad hacerlo.
Pudieron haberme acusado de complicidad, pero para corroborarlo necesitaban pruebas de ello y mis dispositivos estaban incautados por la policía desde ese día. Claro que entonces no iban a encontrar nada, porque no sabía ni nunca sabría que Elijah haría aquello.
- ¿No tengo que estar aquí para responder preguntas del tipo de ''cómo me siento'' y cosas así? -espeté.
El psiquiatra pone una mueca de disconformidad ante mi rebeldía. Lo sé, soy una intratable. Pero, ¿Quién no lo es después de haber sido apuntada con un arma por uno de sus amigos?
- ¿Te ayudaría que te pregunte cómo estás? -replicó.
-Probablemente no.
-Dime algo Loraine, ¿extrañas a tus amigos? -preguntó entonces.
Como una daga en el pecho, como un dolor punzante que no se iría quizás nunca. Recordé entonces a Ezekiel, porque fue el primero que se me vino a la mente al mencionar amigos. Ezekiel, mi mejor amigo...siempre manteniéndome la mente en frío. Siempre calculador, siempre con un nuevo descubrimiento de ciencia que no me interesaba entender, pero que con entusiasmo me contaba. Y podría decir muchas cosas de Ezekiel, pero lo que más me gustaba de él era que fuese tan consciente de cómo funcionaba el mundo.
Recuerdo que alguna vez me dijo que Elijah estaba obsesionado conmigo, y también recuerdo como le dijo a Elijah entre risas, que despabilase, que yo no hacía más que manipularlo. A lo que Elijah entrecerró los ojos mirándome con sospecha, y durante todo ese día trató de no complacerme en lo que le pidiese. Pero sin embargo, no lo lograba del todo.
Al ingresar a la clase, no les caí muy bien al resto de mis compañeras. Mentiría si recordase el porqué, pero sé que fue por mi culpa. Me había reído que no eran populares. Ese es otro detalle que deben conocer de mí, soy una petulante. Bueno, es que ahora lo reconozco. En aquél momento solo se me había escapado con alguien equivocado que esparció mi opinión hasta llegar a los oídos de las chicas del salón, que desde entonces decidieron hacerme la vida imposible desde ese día hasta el último de los suyos. Una vez, Agatha, Isadora, Jennifer y Stephanie me hicieron frente, pero eran demasiadas para atacarlas. Además, sus ataques no eran formalmente dignos de un debate siquiera, se remitieron a insultarme, y en el fondo, se agregaron dos de los chicos de su grupo; Nicholas y Sebastian. Como no hubo ninguna pregunta sobre qué dije, o sobre porqué lo dije, o siquiera alguna pregunta que significase un intento de tregua, y solo hubieron ataques y agravios, Ezekiel se puso frente a mí a decirme que riera, que ignorara mis oídos.
Y así fue. Silencié el alrededor incluso cuando iba a llorar. Elijah se incorporó luego, pero él solo me abrazó para demostrarme que no estaba sola. Y luego, Jhay y Mattew se nos agregaron por inercia, aunque ninguno dijo necesariamente algo para defenderme.
Algo estaba claro, y es que de ahí en adelante, Agatha, Isadora, Stephanie y Jennifer me harían la vida imposible.
Más tarde, cuando por fin el grupo de urracas se había callado, y entendieron que de mi parte no hubo respuesta alguna o que al menos no cedería ante la provocación, en mi casa, Ezekiel me dijo que de todos modos ninguno de ellos iban a elegir estar con ese grupo, y que intente encerrarme en ellos, que finalmente eso ayudaría a que tuviesen un motivo para no incluirnos. Y así fue, la clase se dividió tan gradualmente, que solo existían unas pocas personas que no se involucraban en ningún bando, como Zoe, Lissa y Janne, que más bien tenían su triángulo por otros lados. Quizás era porque estaban suficientemente ocupadas en tragarse todos los libros y en prepararse de antemano para la universidad, que no tenían tiempo para sandeces.
Quién diría que luego ellas fueran las primeras en recibir disparos. Recuerdo que ellas se sentaban junto a la puerta, había ventanales que dividía nuestro salón del pasillo. Esos ventanales fueron rotos a disparos, y por lo que luego me dijeron los policías, Zoe y Lissa fueron las primeras en recibir disparos. Tengo una imagen imborrable de la cabeza, y es que los policías en estos casos no son personas muy empáticas con la gente sospechosa. Y es que cuando me interrogaron por primera vez, y aún me encontraba en shock, me mostraron sus fotos. Zoe yacía en el suelo con un disparo en la cabeza, y el ojo casi salido, mientras que Lissa, recibió un disparo en el cuello y evidentemente ella quiso voltear a ver pero no le pudo dar el tiempo antes de recibir otro. Me pregunté porque Elijah las había disparado primero, o siquiera lo había pensado. Quizás lo hizo para que no lo detuvieran. De todos modos, Zoe y Lissa no hubieran hecho nada. No parecían ser de quienes se sacrificasen en un tiroteo para salvar a sus compañeros. Bueno, tampoco es que Zoe o Lissa hubieran hecho mucho a lo largo del instituto.
En ocasiones, solía acercarme a ellas con Ezekiel y Jhay. No voy a mentirles, Ezekiel solo se divertía, mientras que Jhay probablemente quería ligar con alguna de las tres, y por tres me refiero a Janne, quien era la que al parecer le gustaba. Pero Jhay también en otra ocasión hablaba sobre Stephanie por lo enorme de sus pechos. Finalmente nunca encontré punto de conexión con ninguna. Y Elijah creo que tampoco. Por eso quizás nunca lo veía que se acercase demasiado a ellas.
''Parecen frígidas, apenas hablan'' solía decirle a Elijah entre risas.
Jhay en cambio, hablaba sobre que era muy probable que fuesen vírgenes. Lo cual no era importante para nadie, pero Jhay tenía la rara teoría que quienes tenían un aura virginal se mostraban de esa forma, tímidas y poco sociables.
Ezekiel tenía una teoría más acertada al respecto, la madre de Lissa era profesora de Ciencias en una Universidad. Mientras que la madre de Zoe, fue profesora nuestra años anteriores, y no lo supimos hasta que la vimos esperarla a las afueras del instituto e irse juntas y al día siguiente preguntárselo. Ella solía decir cosas como que no dejaba que sus hijas mujeres bajo su techo tuviesen una vida de una ''cualquiera''. Quizás a eso se debía que Zoe se vistiera como si fuese a salir de un convento.
Janne era la más normal de las tres. No tenía padres profesores ni tampoco se vestía como una mojigata. Cuando ingresé a la clase ella era del grupo de Agatha, pero por lo visto, y cuando menos nos habíamos dado cuenta, se había incorporado con Zoe y Lissa, que claro, no es que tuviesen muchas opciones de socializar. Lo único que sabía de Janne es que tenía un novio mayor que ella, incluso mayor que cualquier persona que estuviese en el instituto. Y me atrevo a juzgar, que inclusive mayor que cualquiera que cursase en una universidad. Quizás por eso es que Jhay jamás pudo con ella. Aunque habíamos descubierto, o al menos había dicho Jhay, que alguna vez, de más jóvenes, se habían enrollado.
-Algún día tendrás que recordar lo que pasó, porque solo así podrás liberarte-consiguió decir el psiquiatra.
No le dirigí respuesta alguna y tomé mis cosas para encontrarme en el pasillo con mis padres.
''Es muy difícil para ella'' le decía mi madre al psiquiatra.
Y no es que me fuera difícil, sino que recordar el escenario, significaría rememorar el día en el que el grupo se disolvió. El día en el que perdí a todos mis amigos, y el día en el que uno de ellos casi me mata.
En ocasiones sabemos quiénes son los villanos, pero no queremos reconocerlo.
En mis manos se encontraban tres pastillas, un somnífero, un ansiolítico, y un antidepresivo, también tenía que tomar unas gotas para evitar un ataque de pánico o cualesquiera las reacciones que podrían causar en una persona normal el haber vivido un ataque escolar.
Me resultaba gracioso que pastillas tan poderosas como esas, tuviesen colores pasteles como rosa pastel, celeste como el cielo o amarillo. Pero mentiría que todos mis pesares no se calmaban cuando llegaban ellas, y también mentiría si dijese que no hubieron secuelas de aquél día.
En las noches, despertaba escuchando tiros, asustada, transpirando como si hubiese corrido un maratón. En ocasiones, faltaba el aire, la respiración se me cortaba casi automáticamente en el momento de recordar que el arma se fijó en mí con tanta seguridad, y la inmensidad de pasar del peligro más extremo a un regocijo ahogado cuando el arma dejó de mirarme.
Por momentos, recordaba los cuerpos que divisé cuando me sacaban de ahí, la sangre, el llanto, y nuevamente volvía al quiebre. Gritar, rascuñar, arrancarme los pelos. El recuerdo golpeaba incesante, como si fuese un tiro. Y luego, finalmente, llegaba la extraña culpabilidad, por vivir. Y nuevamente, en pensamientos oscuros, no podía elegir cuál era más doloroso y solo podía llorar, me quería ir, no quería más esto, no quería sentir más este dolor de mierda. No quería sentir el peso del mundo sobre mí. Por momentos lo odiaba, y por momentos solo lo recordaba sonriendo, riendo en grupo, y sin embargo, era tan contradictorio, porque él me quitó todo ello. Lo detesto, y lo extraño, porque puedo odiarlo, pero lo odiaría solo un tiempo, pero lo voy a extrañar para siempre. Y amigos así, no tendré nunca más, porque no existen personas así ni nacen personas que conecten conmigo todo el tiempo. Por algo me odian, por algo es que estoy sola, encerrada, soy solo yo y mis pastillas.
Mis pastillas...pienso que son las únicas que han hecho más en mi vida por mí que el mundo, una pastilla me quita el dolor, una pastilla y de pronto puedo respirar normal. Una pastilla y a dormir. No hay oscuridad, no hay dolor, nada duele. Podría ver esos mismos cuerpos y la misma sangre y no sentir nada. Porque necesito de esto para volver a la normalidad, necesito de estas pastillas que se volvieron mis mejores amigas para momentos oscuros.
Y de pronto, ya no tenía momentos felices, tenía pastillas para la felicidad. Porque los momentos felices se habían ido para siempre.