El peso del vestido de novia se sentía como una armadura de plomo. Aria estaba de pie en el centro de la suite nupcial del hotel Wolf, una habitación que gritaba lujo y esterilidad. El silencio era tan denso que podía oír el tictac del reloj de oro de Marcus mientras él se servía un whisky en el bar de la esquina.
No se habían dirigido la palabra desde que salieron del templo.
-Marcus... -susurró ella, su voz apenas un hilo.
Él no se giró. El sonido del hielo golpeando el cristal fue su única respuesta. Marcus Wolf, el Alfa que acababa de consolidar el poder de tres manadas con esa unión, parecía más interesado en el ámbar de su bebida que en su esposa.
-¿No vas a decir nada? Acabamos de... el lazo... -Aria se llevó la mano al cuello, donde la marca de los colmillos de Marcus todavía palpitaba con un fuego sordo.
La ceremonia de unión no había sido un acto de amor. Había sido un trámite rápido, violento y eficiente. Él la había reclamado frente al Consejo solo porque la ley exigía un sello de sangre para liberar las tierras que su familia, en desgracia, había cedido a la corporación Wolf.
Marcus bebió un largo trago antes de dignarse a mirarla. Sus ojos grises estaban desprovistos de cualquier rastro de la calidez que el "lazo de pareja" debería haber despertado. En lugar de eso, la observó con la misma indiferencia con la que analizaría un informe de gastos.
-¿Qué quieres que diga, Aria? -Su voz era profunda, vibrante, pero cortante como un bisturí-. ¿Quieres que celebremos una farsa que ambos sabemos por qué ocurrió?
-Soy tu Luna -dijo ella, con un resto de dignidad-. El destino nos puso en el mismo camino. Sentí el tirón desde que entramos al templo. Sé que tú también lo sentiste.
Marcus dejó el vaso con un golpe seco que hizo que Aria se estremeciera. Dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal. El aura de dominación que desprendía era asfixiante.
-Lo que sentiste fue química biológica barata -escupió él, inclinándose para que sus rostros quedaran a escasos centímetros-. Mi lobo está insultado, Aria. Esperaba una reina, una loba con fuego en la sangre y un linaje que hiciera temblar a mis enemigos. Y en su lugar, el destino me entrega a una niña de bajo rango que apenas puede mantener su olor bajo control cuando tiene miedo.
Aria retrocedió, pero chocó contra el poste de la cama. El contraste era humillante: ella, vestida de encaje y seda blanca; él, desprendiendo una oscuridad que parecía devorar la luz de la habitación.
-No elegí ser de bajo rango -respondió ella, con las lágrimas empezando a nublar su vista.
-Pero yo sí elijo con quién comparto mi cama y mi trono -Marcus sacó un sobre de su chaqueta, que estaba tirada sobre un sofá-. El jet privado sale en dos horas desde el hangar privado. Hay una casa en los Alpes. Es amplia, cómoda y, sobre todo, está a miles de kilómetros de mi vista.
Aria miró el sobre. No podía creerlo.
-¿Me estás enviando al exilio? ¿Hoy? ¿Nuestra noche de bodas?
-No hay "noche de bodas", Aria. Hay un contrato firmado. Ya tengo tu marca, ya tengo tus tierras. No necesito que me distraigas con tu presencia mediocre en esta ciudad.
Él se dio la vuelta, dándole la espalda de forma definitiva, como si ella ya hubiera dejado de existir.
-Vete de aquí. No hagas que tenga que arrastrarte hasta el avión. Me das náuseas cuando lloras.
Aria apretó los puños, el dolor de la marca en su cuello transformándose en un pinchazo de odio puro. Miró la nuca de Marcus, el hombre que legalmente era su dueño, pero que emocionalmente acababa de intentar destruirla.
-Algún día -dijo ella, su voz recuperando una firmeza gélida que sorprendió incluso a Marcus-, este lazo te va a quemar vivo. Y cuando eso pase, yo me encargaré de que no encuentres nada más que cenizas.
Marcus soltó una carcajada breve y despectiva sin mirarla.
-Buena suerte con eso. Cierra la puerta al salir.
Aria no volvió a llorar. Caminó hacia la salida, dejando atrás el velo sobre el suelo, como un fantasma de la mujer sumisa que Marcus creía haber comprado.