La foto mostraba a un hombre sonriente, con el pelo oscuro salpicado de canas y unos ojos amables que eran idénticos a los de ella. Su padre.
"Esto es por ti, papá", susurró Sofía, más para sí misma que para la imagen. Sus ojos trazaron el intrincado diagrama de conexiones que había estado construyendo durante meses. Nombres, fechas, transacciones financieras sospechosas, todo girando en torno a un eje central: Apex Capital. Y en la cúspide de ese imperio, Gabriel Volkov.
La historia oficial era que su padre, David Vega, un brillante ingeniero financiero, había muerto en un accidente de coche hacía cinco años. Un conductor ebrio, un giro inesperado, una tragedia sin más. Pero Sofía nunca lo había creído. Los informes de la policía tenían huecos, los testigos eran inconsistentes, y su padre, un hombre metódico y precavido hasta la obsesión, no encajaba en la narrativa de una víctima casual. La última conversación que tuvo con él había sido una advertencia críptica, algo sobre "demonios en traje" y "un trato que no debió aceptar". Poco después, el accidente.
Sofía había tardado años en conseguir una posición lo suficientemente sólida en el New York Sentinel para poder investigar de forma independiente. Su reputación como periodista incisiva y tenaz la precedía, pero la historia que perseguía era diferente. No era solo una primicia; era una cruzada personal.
Había pasado las últimas noches estudiando a Gabriel Volkov. Un prodigio financiero, un tiburón de Wall Street, un hombre cuya fortuna parecía haberse forjado con una velocidad y una agresividad que rozaban lo inexplicable. Las leyendas urbanas lo pintaban como despiadado, un estratega brillante que siempre estaba diez pasos por delante de la competencia. No tenía escándalos personales, no había fotos comprometedoras en la prensa rosa, lo que lo hacía aún más sospechoso a los ojos de Sofía. Era demasiado perfecto.
"Nadie es demasiado perfecto, Volkov", masculló, mientras guardaba su laptop en un maletín discreto. Se sirvió el café, negro y amargo, tal como le gustaba la verdad.
El plan era arriesgado. Se había postulado como asistente ejecutiva en Apex Capital, un puesto que no estaba a la altura de su experiencia, pero que le daría acceso directo a Volkov y a sus operaciones. Su currículum estaba meticulosamente alterado para omitir sus trabajos de investigación más controvertidos y enfatizar su experiencia en análisis de datos y organización. Era una fachada. Una tapadera para hurgar en los cimientos del imperio de Gabriel Volkov, buscando la verdad sobre la muerte de su padre y la posible corrupción detrás de Apex Capital.
Se duchó rápidamente, dejando que el agua caliente relajara los músculos tensos de sus hombros. Mientras se vestía, eligió un traje de pantalón gris oscuro, impecable y profesional, una camisa blanca de seda y unos tacones bajos. Nada llamativo, nada que desviara la atención. Quería ser invisible, una sombra eficiente en el bullicioso mundo de las finanzas, hasta que estuviera lista para golpear.
Frente al espejo, Sofía se miró con determinación. Sus ojos, grandes y expresivos, reflejaban una mezcla de nerviosismo y una resolución de acero. Su cabello oscuro y liso caía sobre sus hombros, enmarcando un rostro que, aunque atractivo, ahora estaba endurecido por años de dolor y búsqueda. No había espacio para emociones superfluas hoy. Solo para la misión.
Mientras se maquillaba con un toque ligero, repasó mentalmente la información clave. Los "demonios en traje" de su padre. Una serie de adquisiciones agresivas en el sector tecnológico y de bienes raíces, todas orquestadas por Apex Capital, que habían dejado una estela de pequeñas empresas arruinadas y familias destrozadas. Una de esas empresas era la de un amigo cercano de su padre, que había perdido todo justo antes del accidente.
La pieza que le faltaba era la conexión directa de Gabriel Volkov con las prácticas poco éticas, o quizás algo más siniestro. Las pistas de su padre eran fragmentarias, un rompecabezas sin resolver, pero había una insistencia en sus últimas palabras que resonaba en la mente de Sofía: "Ellos no son lo que parecen, Sofía. Hay algo... en la sangre."
Salió del apartamento, la brisa fresca de la mañana acariciando su rostro. El sol comenzaba a asomarse por entre los rascacielos, pintando el cielo de tonos rosados y dorados. Nueva York se despertaba, un monstruo de acero y cristal que tragaba y escupía a sus habitantes con una indiferencia brutal.
Mientras tomaba el metro hacia el Midtown, Sofía repasó su coartada. Era la perfecta asistente ejecutiva: eficiente, discreta, con un interés genuino en la industria financiera. Había memorizado cada informe anual de Apex Capital, cada comunicado de prensa, cada entrevista de Gabriel Volkov. Se sabía los nombres de los principales accionistas, los movimientos del mercado, incluso los rumores del café de la oficina. Estaba preparada.
Bajó en la estación de metro, uniéndose a la marea de personas que se dirigían a sus oficinas. La energía de la ciudad era palpable, un zumbido constante que la impulsaba hacia adelante. Al llegar al imponente edificio de Apex Capital, un rascacielos de cristal y acero que parecía perforar el cielo, Sofía sintió un escalofrío. Era un templo de poder, de ambición desmedida. Y ella estaba a punto de infiltrarse en su corazón.
Tomó el ascensor expreso hasta el piso 50, donde se encontraban las oficinas ejecutivas. Las puertas se abrieron silenciosamente a un vestíbulo con una decoración minimalista, arte moderno en las paredes y vistas panorámicas de la ciudad. El aire era denso con el olor a café recién hecho, desinfectante y el costoso perfume de los ejecutivos.
"Buenos días, señorita Vega. Bienvenida a Apex Capital", dijo una recepcionista rubia, con una sonrisa amable pero distante.
Sofía asintió, su rostro una máscara de profesionalidad. "Gracias. Estoy lista para empezar."
Pero mientras se dirigía a la oficina asignada, una sensación extraña la invadió. No era el miedo, ni la emoción del cazador. Era una especie de... resonancia. Un ligero zumbido en el aire, una vibración que parecía emanar de las paredes mismas del edificio. Ignoró la sensación, atribuyéndola a los nervios. Hoy comenzaba el juego. Y Sofía Vega no iba a perder.