Liam estaba en su corralito en la sala de estar privada de la suite, balbuceando mientras golpeaba un bloque de madera. Parecía haber olvidado el terror de la noche anterior, pero Emma no. Ella tenía un hematoma violáceo en el costado y una determinación gélida que le quemaba las entrañas.
Cuando la puerta comunicante se abrió, Dante entró. Ya no era el lobo negro y sangriento de la madrugada, sino el CEO impecable con un traje gris marengo que costaba más que el apartamento que ella había dejado atrás. Sin embargo, sus ojos seguían siendo plateados, una señal de que su bestia estaba a flor de piel, vigilante.
-He reforzado la guardia -dijo él sin preámbulos, acercándose a la cuna de Liam para depositar un beso rápido en la frente del niño-. Los que irrumpieron anoche eran mercenarios de la Jauría del Norte. Creen que el nacimiento de un heredero con una humana es una señal de debilidad.
-Creen mal -respondió Emma, levantándose del sofá. Su voz no tembló-. Pero tienen razón en algo, Dante.
Dante se tensó, girándose hacia ella con una ceja arqueada.
-¿En qué?
-En que soy débil. -Emma caminó hacia él hasta quedar a escasos centímetros-. Anoche casi matan a mi hijo porque no supe cómo detener a ese hombre. Le clavé un cuchillo y se rió en mi cara. No voy a permitir que eso vuelva a pasar. No voy a ser el punto débil de esta familia mientras tú peleas fuera.
Dante soltó un suspiro áspero y tomó el rostro de Emma entre sus manos. Sus pulgares acariciaron sus pómulos con una ternura que contrastaba con la intensidad de su mirada.
-Emma, eres humana. No tienes su velocidad ni su fuerza. Mi deber es protegerte.
-Tu deber es mantenernos vivos, y yo soy la mitad de ese equipo -rebatió ella, apartando sus manos-. Enséñame. Enséñame cómo matarlos. Enséñame dónde les duele. Si me vas a mantener en esta jaula de oro, al menos dame colmillos.
Dante la observó durante un largo silencio. Podía oler su miedo, sí, pero bajo el miedo había un núcleo de acero que lo fascinaba. Su lobo rugía de aprobación. No quería una compañera que se escondiera bajo las sábanas; quería una reina que supiera empuñar la espada.
-A las tres en el gimnasio del subsuelo -sentenció Dante-. Y Emma... no esperes que sea gentil por ser la madre de mi hijo. En el combate, el enemigo no lo será.
El gimnasio era una extensión vasta de cemento pulido, sacos de boxeo pesados y armas de entrenamiento. Dante ya estaba allí, vistiendo solo unos pantalones de chándal negros. Su torso estaba cubierto de cicatrices: marcas de garras, agujeros de bala y una marca circular en el hombro que parecía una quemadura antigua.
-Los cambiaformas nos curamos rápido -dijo Dante, notando la mirada de Emma-, pero las heridas hechas por plata o por otros Alfas dejan recuerdos.
Se colocó en el centro de la alfombra y le hizo un gesto para que se acercara.
-La primera lección es la distancia. Como humana, nunca debes permitir que un lobo te atrape. Si te tocan, estás muerta, a menos que tengas plata contigo. -Le lanzó un pequeño puñal con un brillo mortecino-. Acero recubierto de nitrato de plata. Es veneno para nosotros. Quema como el fuego del infierno.
Emma sopesó el arma. Se sentía pesada, real.
-Ahora, intenta golpearme -ordenó Dante.
Emma no lo dudó. Se lanzó hacia él con el cuchillo, pero antes de que pudiera parpadear, Dante se había desvanecido de su frente y aparecido detrás de ella. Su brazo la rodeó por el cuello, no para apretar, sino para demostrar su posición, mientras su otra mano atrapaba su muñeca, obligándola a soltar el puñal.
-Demasiado lenta. Estás usando tus ojos humanos, Emma. Tienes que usar tus oídos, tu instinto. Siente el desplazamiento del aire.
Lo intentaron una y otra vez. Durante dos horas, Emma terminó en el suelo más veces de las que podía contar. Estaba sudada, su cabello castaño se pegaba a su frente y sus músculos gritaban de protesta, pero cada vez que caía, se levantaba más rápido.
En el último asalto, el ambiente cambió. La frustración de Emma se transformó en una concentración absoluta. Cuando Dante se movió para inmovilizarla de nuevo, ella dejó de resistirse a la fuerza y usó el propio peso de él. Se dejó caer, giró sobre sus talones y, en un movimiento que sorprendió incluso al Alfa, le propinó un codazo en las costillas y le puso el filo del cuchillo de práctica en la ingle mientras lo derribaba.
Ambos quedaron en el suelo, jadeando. Emma estaba encima de él, con el cabello despeinado y los ojos brillantes de triunfo. Dante la miraba desde abajo, con una sonrisa depredadora y cargada de una lujuria que hizo que el aire en el gimnasio se volviera denso.
-Nada mal, pequeña humana -susurró Dante.
Su mano subió por el muslo de Emma, quemando la tela de sus calzas deportivas. La tensión sexual que habían estado reprimiendo desde la noche en la oficina estalló como una tormenta eléctrica. Dante la atrajo hacia abajo, eliminando el espacio entre sus rostros.
-Dante... -el nombre fue un suspiro entrecortado.
-Dime que me odias ahora, Emma -desafió él, su voz vibrando contra sus labios-. Dime que no quieres que te marque aquí mismo.
Emma no respondió con palabras. Selló sus labios con los de él en un beso que sabía a sal, a esfuerzo y a una necesidad primitiva. Dante gruñó, un sonido que nació desde lo más profundo de su pecho, y la giró para que quedara debajo de él, atrapando sus manos sobre su cabeza.
-Eres mía -gruñó él entre besos-. Desde el momento en que entraste a ese hotel hace un año, tu alma fue reclamada. El bebé solo fue el sello del destino.
-No soy... de tu propiedad -logró decir ella, aunque arqueaba el cuerpo hacia él.
-No -concedió Dante, bajando sus besos hacia su cuello, justo donde la arteria latía con fuerza-. Eres mi igual. Y eso es mucho más peligroso.
Justo cuando Dante iba a bajar la cremallera de su sudadera, el intercomunicador del gimnasio chirrió. La voz de Viktor, el ejecutor, sonó urgente y tensa.
-Alfa, tenemos un problema en la frontera sur. Han encontrado el rastro de un rastreador de los Cazadores. Y no viene solo. Trae una orden de inspección del Consejo de Seguridad Humana. Alguien ha filtrado que tienes a una civil retenida contra su voluntad.
Dante se separó de Emma con la velocidad del rayo, su expresión transformándose instantáneamente de amante a guerrero. Golpeó el suelo con el puño, agrietando el cemento.
-Maldita sea. Sasha debe haber hablado.
Emma se sentó, tratando de recuperar el aliento y la compostura.
-¿El Consejo Humano? ¿Saben de mí?
-Saben que estás aquí. Y si entran y ven que no eres una "invitada" voluntaria, tienen el poder legal de intervenir con armas de plata pesadas -explicó Dante, poniéndose de pie y ofreciéndole la mano-. Emma, necesito que me escuches. No puedo dejar que te lleven. Si sales de esta mansión sin mi protección, los lobos del norte te atraparán antes de que cruces la ciudad.
-¿Entonces qué hacemos? -preguntó ella, aceptando su mano.
Dante la miró con una seriedad mortal.
-Tenemos que legalizar tu estancia. Y solo hay una forma de hacerlo que el Consejo no puede disputar, ni siquiera con sus leyes humanas.
-¿Cuál?
-Un contrato de matrimonio. Y una marca de compañera pública. -Dante se acercó, acariciando el lugar en su cuello donde sus colmillos deberían ir-. Esta noche, frente al notario del Consejo y los testigos de la jauría, te convertirás en la Sra. Volkov. Oficialmente. Ante Dios, los hombres y la bestia.
Emma sintió que el mundo giraba. Matrimonio. No por amor, sino por supervivencia. O quizás, una mezcla retorcida de ambos.
-¿Y si me niego? -preguntó ella, aunque ya sabía la respuesta.
-Entonces los lobos nos devorarán a todos. -Dante le dio la espalda, caminando hacia la salida-. Tienes tres horas para prepararte. Sasha te ayudará con el vestido. Y Emma... trata de parecer enamorada. O al menos, trata de parecer tan hambrienta de mí como yo lo estoy de ti.
Emma se quedó sola en el gimnasio, con el cuchillo de plata todavía en la mano. Miró su reflejo en los espejos de la pared. Ya no era la asistente personal. Era una pieza en un tablero de ajedrez sangriento, y acababa de ser ascendida a Reina.