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Atada al Alfa: El Contrato de Sangre
img img Atada al Alfa: El Contrato de Sangre img Capítulo 5 Cena de Silencios
5 Capítulo
Capítulo 6 Preparativos de Boda img
Capítulo 7 La Boda de Papel img
Capítulo 8 La Noche de Bodas img
Capítulo 9 El Rechazo img
Capítulo 10 Resaca Emocional img
Capítulo 11 El Guardaespaldas img
Capítulo 12 Territorialidad img
Capítulo 13 Desayuno de Tensión img
Capítulo 14 La Gala de Industrias Sterling img
Capítulo 15 Celos Primales img
Capítulo 16 La Curación img
Capítulo 17 Sospechas img
Capítulo 18 La Primera Luna Llena img
Capítulo 19 Curiosidad Peligrosa img
Capítulo 20 El Regalo Innecesario img
Capítulo 21 Cita Forzada img
Capítulo 22 La Grieta img
Capítulo 23 El Ataque en el Refugio img
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Capítulo 5 Cena de Silencios

La Mansión Sterling, bajo la luz mortecina del atardecer, parecía cobrar una vida propia y sombría. Para Luna, el silencio de la propiedad no era el silencio de la paz, sino el de una fiera que contiene el aliento antes de saltar. Tras pasar la tarde deshaciendo su escaso equipaje y tratando de ignorar la puerta lateral que la conectaba con el estudio de Ian, el hambre comenzó a reclamar su lugar.

Silas, el hombre de mirada gélida que hacía las veces de chófer y jefe de seguridad, apareció en su puerta a las ocho en punto.

-El señor Sterling la espera para cenar -dijo con una brevedad militar-. El comedor principal, en la planta baja.

Luna se había puesto un vestido sencillo de punto color canela, algo que la hiciera sentir cómoda pero protegida. Mientras bajaba las escaleras de piedra, el eco de sus pasos parecía demasiado fuerte. La casa estaba sumida en una penumbra elegante, iluminada solo por apliques de pared que proyectaban sombras alargadas.

El Ritual de la Carne

El comedor era una estancia vasta, presidida por una mesa de roble macizo que podría haber albergado a veinte comensales. Sin embargo, solo había dos servicios puestos, uno frente al otro, en los extremos opuestos de la mesa. La distancia era tal que casi parecía una parodia de la convivencia.

Ian ya estaba allí. No se levantó cuando ella entró. Estaba sentado en la cabecera, con la luz de los candelabros de plata acentuando los ángulos de su rostro. Llevaba una camisa negra de seda, desabrochada en el cuello, revelando la base de una garganta poderosa.

-Siéntese, Luna -dijo él, señalando el lugar opuesto con un gesto de la mano.

En cuanto ella se sentó, un mayordomo de movimientos extrañamente fluidos sirvió los platos. Para Luna, una ensalada gourmet y una sopa de calabaza. Para Ian, la cena fue algo que la hizo detener su cuchara en el aire.

Frente a él, el plato contenía un filete de un tamaño descomunal, prácticamente crudo. El jugo rojizo manchaba la porcelana blanca. Ian no usó el cuchillo de inmediato; simplemente observó la carne con una intensidad que hizo que Luna sintiera un escalofrío. Sus ojos grises parecían más oscuros, casi negros bajo la luz de las velas.

-¿No te gusta la sopa? -preguntó Ian, rompiendo el silencio sin apartar la vista de su plato.

-Está bien -respondió Luna, forzando un tono casual-. Es solo que... es mucha carne para una sola persona, ¿no? Y parece que el chef olvidó pasarla por la sartén.

Ian levantó la vista. Por un segundo, la luz de las velas se reflejó en sus pupilas, creando un brillo ámbar fugaz.

-Necesito mucha proteína. Mi metabolismo es... diferente al suyo. Y la prefiero así. El calor destruye los nutrientes que necesito.

La forma en que pronunció "necesito" fue casi un gruñido. Ian comenzó a comer con una eficiencia que Luna encontró fascinante y aterradora a la vez. No había desperdicio de movimiento. Había una urgencia contenida en sus gestos, como si estuviera haciendo un esfuerzo consciente por usar los cubiertos en lugar de sus propias manos.

La Conversación Prohibida

El silencio volvió a caer sobre la mesa, solo roto por el tintineo del metal contra la porcelana y el crepitar de la madera en la chimenea de mármol. Luna no podía soportarlo más. El contrato decía que eran socios, y ella necesitaba respuestas para entender el terreno que pisaba.

-¿Por qué la seguridad extrema, Ian? -preguntó, dejando la cuchara a un lado-. Silas no es un guardia común. Y esta casa... las paredes parecen más gruesas de lo normal. ¿De qué tienes tanto miedo?

Ian dejó sus cubiertos. Se limpió la comisura de los labios con una servilleta de lino y se reclinó en su silla, observándola como si fuera un problema matemático difícil de resolver.

-No es miedo, Luna. Es control -dijo con una voz que parecía vibrar en el suelo bajo los pies de ella-. Usted vive en un mundo donde el peligro tiene rostro humano y reglas legales. Mi mundo tiene reglas mucho más antiguas. Hay personas, y grupos, que verían su presencia aquí como una debilidad. Y yo no permito debilidades en mi territorio.

-¿Tu territorio? Hablas como si esto fuera un reino, no una propiedad en las afueras.

Ian soltó una risa seca y amarga.

-Para los efectos prácticos, lo es. A partir de hoy, usted es parte de mi manada... de mi círculo íntimo -se corrigió rápidamente-. Eso significa que mis enemigos son sus enemigos.

-¿Y quiénes son tus enemigos? ¿Otras corporaciones? ¿La junta directiva?

Ian se levantó de repente. Su altura siempre la sorprendía; era una masa imponente de músculo y voluntad. Caminó alrededor de la mesa con esa gracia depredadora que Luna empezaba a reconocer. Se detuvo justo detrás de la silla de ella. Luna no se atrevió a girarse, pero pudo sentir el calor abrasador que emanaba de su cuerpo, un calor que parecía competir con el de la chimenea.

-Mis enemigos son aquellos que creen que el poder se puede arrebatar por la fuerza -susurró él cerca de su oído. Luna sintió el vello de su nuca erizarse-. Y ahora mismo, usted es lo más valioso que tengo bajo mi protección. No haga preguntas que no está lista para procesar, Luna. Limítese a seguir las reglas.

El Límite de la Cordura

Ian apoyó las manos en el respaldo de la silla de Luna, rodeándola sin tocarla. El olor a bosque, cuero y esa nota primaria y salvaje la mareó. Era un olor embriagador, uno que despertaba un instinto en ella que no sabía que poseía: el deseo de inclinarse hacia atrás, hacia él.

-El contrato dice que no debemos tocarnos -susurró Luna, su voz apenas un hilo.

-Lo recuerdo perfectamente -respondió él. Su aliento rozó la piel del cuello de ella, provocándole un escalofrío que no era de miedo-. Es la única regla que garantiza que usted siga respirando en esta casa.

Luna se giró bruscamente, quedando a pocos centímetros de su rostro. La cercanía era peligrosa. Podía ver el latido de la yugular en el cuello de Ian, un pulso rápido y fuerte. Sus ojos grises estaban fijos en los labios de ella con una fijeza que hizo que el vientre de Luna se apretara.

-¿Me tienes miedo, Luna? -preguntó él en un susurro ronco.

-Debería tenértelo -respondió ella, sosteniendo su mirada-. Hay algo en ti que no encaja. Algo que me dice que ese traje y esa oficina son solo un disfraz.

Ian extendió una mano, como si fuera a acariciar su mejilla, pero se detuvo a un milímetro de su piel. Sus dedos temblaban levemente por el esfuerzo de no cerrar la distancia. El aire entre ellos parecía cargado de estática, una tensión tan pura que casi se podía ver.

-Es un disfraz -admitió él, su voz volviéndose más profunda, más animal-. Pero es el único que te mantiene a salvo de lo que hay debajo.

Ian se retiró bruscamente, como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Su rostro volvió a ser una máscara de granito.

-Termine su cena. Silas la escoltará de vuelta a su habitación. Mañana empezará su transformación oficial. No quiero que vuelva a usar ese vestido. Se le ha asignado un presupuesto ilimitado para su guardarropa; úselo.

-No quiero tu dinero para ropa, Ian.

-No es una opción -sentenció él mientras salía del comedor sin mirar atrás-. En mi mundo, la apariencia es la primera línea de defensa. Aprenda a usarla.

Luna se quedó sola en el inmenso comedor, con la sopa fría y el corazón acelerado. Miró el plato de Ian: la carne había desaparecido por completo, no quedaba ni un rastro, como si una bestia hambrienta hubiera pasado por allí.

Se levantó y caminó hacia la ventana, mirando hacia el bosque oscuro que rodeaba la mansión. Entre los árboles, juró ver un par de puntos brillantes, dos ojos de color ámbar que la observaban desde la maleza. Parpadeó y los ojos desaparecieron.

"Solo es el reflejo de las velas", se dijo a sí misma. Pero en el fondo de su alma, la marca en su palma -el contrato de sangre- comenzó a latir con un calor rítmico, como si estuviera respondiendo al llamado de algo que acechaba fuera, en la noche.

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