Mi lobo se agitó dentro de mí, inquieto de una forma que no entendía. No era solo el olor a sangre. Era otra cosa, algo que hacía que mi pecho se sintiera apretado y mi corazón latiera más rápido.
-Quédense aquí -ordené-. Voy a revisar.
-Deberíamos ir contigo...
-No. Si hay problemas, comuníquense con mi padre. Voy a ver qué es.
No esperé respuesta. Me transformé a medio cambio, dejando mis garras y colmillos salir pero manteniendo mi forma humana, y corrí.
El olor se volvió más fuerte. Sangre. Miedo. Y algo más, algo que hacía que mi lobo quisiera salir completamente, aullando.
Llegué a la carretera que bordeaba nuestro territorio. Había signos de lucha en el pavimento y gotas de sangre siendo lavadas por la lluvia.
Mi lobo rugió dentro de mí: Encuentra. Protege. AHORA.
Seguí el rastro hacia el bosque. No era difícil, había varios olores de lobo que no reconocía, renegados definitivamente, y otro olor que hacía que todo en mí gritara urgencia.
Los escuché antes de verlos. Voces en el claro adelante. Risas. Un gemido de dolor.
Me moví en silencio entre los árboles hasta que pude ver: cinco hombres. Los reconocí vagamente, eran parte de un grupo de renegados que había estado causando problemas en territorios vecinos las últimas semanas. Uno estaba arrodillado junto a una figura en el suelo.
Era una chica, cubierta de sangre y barro, e inmóvil.
El renegado levantó su puño.
No lo pensé ni por un segundo, mi lobo tomó el control. Salté del bosque con un rugido que los hizo voltearse. Demasiado tarde. Mi primera garra abrió la garganta del más cercano, que cayó gorgoteando. El segundo intentó transformarse pero lo agarré antes de que pudiera, mis colmillos encontraron su cuello.
Los otros tres se echaron a correr. Los renegados eran criaturas solitarias y despreciables que solo veían por sus propios intereses, aunque anduvieran juntos no iban a defenderse los unos a los otros.
«Déjalos. Encuéntrala», mi lobo me empujaba hacia la chica en el suelo. Dejé que los cobardes escaparan. Ya los cazaríamos después.
Me arrodillé junto a ella. Estaba boca abajo, su cabello oscuro cubría su rostro y había sangre en su sien.
Pero estaba respirando. Bien, estaba viva.
La giré con cuidado, apartando el cabello de su cara para ver...
El mundo se detuvo.
Era Kate.
Kate Brennan.
No. No podía ser. ¿Qué estaba haciendo ahí? ¿Por qué estaba sola? ¿Dónde estaba su...?
Ah. Claro. No tenía lobo. No tenía manada que la protegiera realmente. Estaba sola.
Mi pecho se apretó con algo que no era solo preocupación.
Necesitaba levantarla, llevarla a un lugar seguro, conseguirle ayuda. Deslicé mis brazos debajo de ella, uno bajo sus rodillas, otro bajo sus hombros.
La levanté, y en el momento en que mi piel tocó la suya, todo explotó.
Sentí de inmediato el calor. Comenzó donde nos tocábamos y se expandió como fuego por mis venas, quemando cada nervio, cada célula. No era dolor, era más que eso: era como si una parte de mí que no sabía que faltaba acabara de encajar en su lugar.
Mi lobo rugió: PAREJA. NUESTRA. PROTEGER.
No.
No, no, no...
Eso no podía estar pasando.
Pero el calor seguía creciendo, el tirón en mi pecho se volvía más fuerte, y cada instinto en mí gritaba que la sostuviera más cerca, que la protegiera, que nunca la soltara.
La conversación con Ezra se reprodujo en mi cabeza: eso que estaba sintiendo era sin dudas el vínculo de las almas gemelas.
Kate Brennan era mi alma gemela. ¿Por eso era que no podía dejar de pensar en ella?
Kate, a quien había conocido desde que era niño. Kate, quien había perdido todo hacía siete años. Kate, que no podía hablar ni transformarse, que estaba rota según los estándares de la manada.
Kate, que ahora estaba inconsciente en mis brazos, sangrando, herida por renegados en MI territorio.
La furia regresó y amenazó con tragarme por completo. Esos bastardos la habían tocado. La habían lastimado. Y tres habían escapado.
Tenía que llevarla a Clara, nuestra médico. Tenía que asegurarme de que estuviera bien. Luego iría a cazar a los que habían escapado y haría que se arrepintieran de haber nacido.
Pero por ahora...
La sostuve contra mi pecho y su cabeza cayó contra mi hombro. Estaba tan ligera, demasiado ligera. ¿Estaba comiendo lo suficiente? ¿Quién cuidaba de ella?
El vínculo palpitó otra vez, más fuerte. Podía sentir su dolor ahora, un eco sordo en mis propias costillas donde la habían pateado. Podía sentir su miedo, incluso inconsciente, sus pesadillas susurrando en los bordes de mi conciencia.
-Te tengo -le dije en voz baja, aunque no podía escucharme-. Estás a salvo ahora.
Comencé a correr hacia la casa de Clara, con Kate segura en mis brazos y la lluvia lavando la sangre de ambos.
Y con cada paso, la realidad de lo que acababa de pasar se hundía más profundo.
Mi alma gemela.
Estaba comprometido con Valeria. La boda era en seis meses, las alianzas ya estaban firmadas. Mi padre esperaba que cumpliera mi deber.
Pero el universo había decidido darme una pareja destinada. Y no cualquier pareja, sino Kate.
¿Qué se suponía que hiciera con eso?
El vínculo no tenía respuesta. Solo seguía tirando de mí, conectándome a la mujer en mis brazos de formas que no entendía completamente todavía.
Lo único que sabía con certeza era que todo acababa de cambiar. Y no había forma de deshacerlo.