Revisé mi reloj.
Habían pasado tres días desde que Elena había llegado a casa cubierta de lodo.
Tres días de silencio.
Estaba en el Cuarto de Castigo o en su habitación. No había comprobado.
Le había dicho a los guardias que la dejaran reflexionar. Necesitaba aprender que sus berrinches tenían consecuencias.
Pero el silencio era... ruidoso.
Normalmente, podía sentir su presencia en la casa. Una tensión. Una calidez. Un resentimiento latente.
Ahora, la mansión se sentía estéril.
-¿Dante? -Sofía hizo un puchero, tirando de mi manga-. No me estás escuchando.
La miré.
Era hermosa, objetivamente. Simetría perfecta, piel perfecta.
Pero su voz me irritaba los nervios como papel de lija.
Era necesitada.
Elena nunca fue necesitada.
Elena era acero envuelto en seda.
Incluso cuando se arrodilló en la nieve, sus ojos habían ardido con desafío. Extrañaba ese fuego.
De repente, el pánico se apoderó de mi pecho. Fue un agarre agudo y frío alrededor de mi corazón, apretando hasta que no pude respirar.
Miré al otro lado de la habitación.
Vi un destello de cabello oscuro. La curva familiar de un cuello.
-¿Elena? -dije en voz alta.
Aparté a Sofía y me abrí paso entre la multitud, ignorando los jadeos mientras empujaba a los clientes.
Agarré el hombro de la mujer y la hice girar.
Una extraña me miró, aterrorizada.
-¡Lo siento, Don Montenegro! -tartamudeó, encogiéndose.
La solté, mi mano cayendo a mi costado.
Mi corazón martilleaba contra mis costillas.
¿Qué demonios me pasaba?
-¡Dante! -Sofía estaba de vuelta, colgándose de mí como un parásito-. ¿Qué pasa?
-Nada -espeté.
Miré a Sofía.
Vi la codicia en sus ojos. La vanidad.
Sentí una repentina ola de repulsión.
Quería ir a casa.
Quería ver a Elena.
Quería verla fulminarme con la mirada.
Saqué mi teléfono y miré la pantalla.
*Calendario: 10º Aniversario de Bodas. Mañana.*
La culpa, aguda y desconocida, me picó.
La había presionado demasiado esta vez.
Lo de Luca, fue un farol, por supuesto. Nunca mataría realmente al vegetal. Pero ella no lo sabía.
Necesitaba arreglar esto.
-Matteo -le ladre a mi Consejero, que me seguía desde una distancia discreta.
-Sí, Don Montenegro.
-Prepara la mansión. Mañana por la noche.
-Quiero lirios -ordené-. Miles de ellos. Lirios Stargazer.
Matteo levantó una ceja. -¿Para la amante?
-No -gruñí-. Para mi esposa.
-Voy a comprarle ese collar de diamantes que vio en París. Voy a restituirla.
-Enviaré a Sofía a Valle de Bravo por una semana -agregué, ya caminando hacia la salida.
Elena llorará. Me lo agradecerá. Empezaremos de nuevo.
Sonreí, imaginando la expresión de alivio en el rostro de Elena.
Estaría esperándome. Siempre lo estaba.