-No puedes hablar en serio. ¿Por una mascota?
-¡Era mi Pareja Destinada!
La confesión se me escapó. La habitación quedó en silencio absoluto.
-Rechacé el lazo para protegerla de ustedes, buitres -gruñí-. Y en lugar de eso, dejé que la torturaran.
Señalé la puerta. -Vete, Isabella. Antes de que olvide que no mato a las hembras.
Huyó.
Me volví hacia el mapa. -¿Dónde?
-Toronto. Jet privado. Rossi Global.
-Rossi -golpeé la mesa con el puño. La madera se astilló-. Marco Rossi.
Mi enemigo.
-La secuestró -razoné. Mi cerebro no podía aceptar que se hubiera ido voluntariamente-. Sabía que era mi debilidad.
-Preparen los jets. Movilicen a la guardia de élite.
-Alfa -intervino mi Beta, Guillermo-. Cruzar al territorio de Rossi con un grupo de guerra es una declaración de guerra.
-Tiene a mi Pareja -dije, con voz muerta-. Si la toca, desataré el apocalipsis.
Metí el collar ensangrentado en mi bolsillo.
La recuperaría. Y esta vez, la encadenaría a mí si fuera necesario.
Punto de vista de Selene:
Despertar se sintió como flotar.
Sábanas suaves. Lavanda.
Abrí los ojos. Techos altos, vigas cálidas.
-Tranquila -dijo una voz.
Guillermo, el Beta de la Luna de Sangre. Estaba mezclando algo en un mortero.
-¿Dónde estoy? -grazné. La garganta en carne viva.
-En mi casa. Toronto. Llevas dos días dormida.
Mojó un paño en una pasta verde. -Necesito cambiar el vendaje. Aloe, consuelda y un poco de magia.
Me estremecí, encogiendo las rodillas. Cubriendo mi cuello.
-No -susurré.
Esperaba ira. Fuerza. Deja de ser débil.
Guillermo se detuvo.
-No te tocaré sin tu permiso, Selene.
-Pero... eres un Beta.
-La autoridad no es fuerza -dijo-. Soy un Sanador. Arreglo lo que está roto, no lo rompo más.
Esperó. Calmo. Paciente.
Me estaba dando el control.
Bajé las manos. Incliné la barbilla.
-Está bien.
Aplicó la pasta. Un alivio fresco.
-La toxicidad de la plata era alta -dijo-. Pero tu loba... es fuerte. La combatió.
-Dante dijo que era débil.
-Dante Moretti es un idiota -dijo Guillermo, su voz se agudizó-. Miró un diamante y vio una roca porque no sabía cómo tallarlo.
Terminó.
-Descansa. Tu padre está haciendo un agujero en el piso de abajo de tanto caminar.
Se giró para irse.
-¿Guillermo?
Se volvió.
-Gracias.
-De nada, Selene.
Me recosté. Por primera vez, un macho de alto rango me tocaba con amabilidad.
No era una prisionera.
Quizás podría ser una Reina.