Punto de vista de Selene:
El vuelo fue un borrón de turbulencias y sueños febriles.
Aterrizamos en Toronto. El aire era cortante, olía a hielo y a tierra antigua.
Un convoy esperaba.
Un hombre salió de la camioneta principal. Mayor, con canas en su pelo oscuro, irradiando poder.
Marco Rossi. Alfa de la Luna de Sangre. Mi padre.
Bajé del avión. Las piernas me temblaban, el acónito perdía su efecto.
Marco se detuvo a metro y medio. Inhaló.
La biología no miente.
-Selene -susurró. Su voz era como grava.
Extendió la mano.
Entonces el viento cambió.
Se congeló. Sus fosas nasales se ensancharon. Sus ojos se volvieron de un rojo salvaje.
Olió la plata.
Miró mi cuello. El collar se había deslizado, revelando el anillo en carne viva y supurante.
-¿QUIÉN HIZO ESTO?
El rugido sacudió las ventanas del jet. Pura violencia.
-Moretti -gruñó-. Lo mataré. ¡Reduciré su ciudad a cenizas!
-Alfa -intervino una voz tranquila.
Un hombre más joven con un abrigo de tweed se acercó. Lentes. Olía a salvia y antiséptico.
Guillermo Sterling. El Beta.
-Está herida, Marco. La venganza después.
Guillermo me miró. No con lástima, sino con preocupación clínica.
-Estás ardiendo en fiebre. Envenenamiento por plata luchando contra la primera Transformación. Necesitamos la casa de seguridad.
-Estoy bien -grazné.
-Ahora estás a salvo, mi pequeña loba -dijo Marco, su furia convirtiéndose en una feroz protección. Me envolvió con su pesado abrigo. Tabaco y cuero. Padre.
Me apoyé en él.
La adrenalina se desplomó. El mundo se inclinó.
Puntos negros bailaron.
Sentí unos brazos fuertes atraparme antes de golpear el concreto.
Punto de vista de Dante:
La fiesta fue un desastre.
Mi lobo caminaba de un lado a otro en mi pecho, arañando mis costillas.
No había visto a Selene en horas.
-¿Dónde está? -le pregunté a un sirviente.
-No la he visto desde que... se cayó, Alfa.
Un nudo frío en el estómago. Aparté a Isabella.
Subí las escaleras de dos en dos.
Su habitación.
-¡Selene!
Silencio.
Encendí la luz.
Vacía.
No solo desocupada. Limpia. Estantes desnudos. Armario vacío.
El aire olía a cloro. Se había borrado a sí misma.
-No -susurré.
Sobre el escritorio, una sola hoja de papel de dibujo.
Un dibujo a carboncillo. Un lobo negro -yo- y un lobo blanco en un acantilado.
En la esquina inferior: Larga vida al Rey.
Y encima del papel... el collar.
Manchado de sangre y pus. Tiras de piel pegadas a la filigrana.
El olor me golpeó. No era vainilla. Era sufrimiento. Carne quemada. Infección.
Dejé caer el collar como si fuera radioactivo.
No solo había huido. Se había abierto paso a zarpazos.
La ventana estaba abierta. La lluvia empapaba el suelo.
-¡ALARMA! -rugí. La Orden rompió el cristal de la ventana.
-¡Cierren la hacienda! ¡Encuéntrenla!
Mi lobo emitió un sonido de absoluta desolación.
No se estaba escondiendo en el bosque.
El lazo estaba en silencio. Se había ido.