-Sofía, ¿puedes oírme?
Parpadeé, luchando contra los puntos negros que bailaban en mi visión. A través del parabrisas agrietado, vi unas botas. Unas costosas botas de piel.
Alejandro.
Estaba aquí. Había venido por mí. Un torrente de alivio me inundó, adormeciendo momentáneamente el dolor. No era en serio lo que dijo por teléfono. No podía serlo. Estaba aquí para salvarme.
-Alejandro... -grazné. Sentía la garganta llena de vidrios rotos.
-¡Está aquí dentro! -gritó Alejandro. Pero no me estaba mirando a mí. Miraba más allá de mi coche, con los ojos desorbitados.
Intenté girar la cabeza, ignorando el grito de protesta de mi cuello. A unos metros de distancia, otro coche estaba arrugado contra un poste de luz. Un convertible rojo.
El coche de Camila Valdés.
-¡Camila! -gritó Alejandro. Pasó corriendo junto a mi ventana. Ni siquiera se detuvo. No le echó un vistazo a la sangre que goteaba de mi frente.
-Alejandro, por favor -susurré. El dolor en mi brazo se intensificó, agudo y cegador.
Observé, impotente, cómo mi prometido arrancaba la puerta del convertible rojo con un rugido de adrenalina. Sacó a Camila. Ella lloraba, aferrándose a él. Se veía bien. Ni un solo rasguño marcaba su piel perfecta y bronceada.
-Mi cuello -gimió-. Alejandro, me duele el cuello.
-Aquí estoy, mi amor -dijo Alejandro. Su voz estaba cargada de pánico. Pánico real. Del tipo que nunca mostraba por mí-. Aquí estoy. La ambulancia ya viene.
La acunó en sus brazos, besando su cabello desesperadamente.
-¿Y ella qué? -Camila señaló con un dedo tembloroso hacia mi coche.
Alejandro me miró. Por un segundo, nuestras miradas se encontraron.
No vi nada en sus ojos. Ni amor. Ni preocupación. Solo un desprecio gélido. Como si yo fuera una mancha en su camisa favorita, un inconveniente que había que limpiar.
-No te preocupes por ella -dijo Alejandro, lo suficientemente alto para que yo lo oyera-. Esa aguanta todo. Está bien.
Me dio la espalda.
La oscuridad se arrastró por los bordes de mi visión. El dolor era demasiado. El corazón roto era peor.
Me dejé ir.
*
Cuando desperté, las paredes eran blancas. El olor penetrante a antiséptico me picaba en la nariz.
-Ya despertó -dijo una voz. Cortante. Enojada.
Maya.
Intenté sentarme, pero un pesado yeso me inmovilizaba el brazo izquierdo. La cabeza me palpitaba con un dolor sordo y rítmico.
-No te muevas -dijo Maya, corriendo a mi lado. Tenía los ojos enrojecidos-. Tienes una conmoción cerebral y una fractura expuesta. Llevas seis horas en cirugía.
-¿Alejandro? -pregunté. El nombre se me escapó antes de poder detenerlo. Las viejas costumbres son difíciles de romper.
El rostro de Maya se endureció como una piedra. -No está aquí, Sofía.
-¿Está herido?
-Él está perfectamente -escupió Maya-. Actualmente se encuentra en la suite VIP del último piso. Con *ella*. Al parecer, la señorita Valdés tiene un esguince en la muñeca. Una tragedia.
El recuerdo de la llamada telefónica volvió, frío y nítido. *Propiedad. Pase libre.*
-Lo planeó -susurré, la comprensión asentándose en mi pecho como plomo. Las lágrimas me picaron en los ojos-. Quería fingir amnesia.
Maya se congeló. -¿Qué?
-Lo escuché. Antes del choque. Estaba hablando con Leo. Me llamó su propiedad.
Maya se aferró a la barandilla de la cama, sus nudillos se pusieron blancos. -Ese hijo de puta. Te lo dije. Te advertí sobre los De la Vega. Ellos no aman, Sofía. Ellos poseen.
Justo en ese momento, la puerta se abrió.
No era Alejandro. Era un hombre con un traje gris. Lo reconocí al instante. El licenciado Sterling. El abogado de la familia De la Vega.
-Señorita Garza -dijo, sin mirarme a los ojos. Colocó una carpeta sobre la mesita de noche con un suave *pum*.
-¿Dónde está Alejandro? -pregunté.
-El señor De la Vega está... indispuesto -dijo Sterling con suavidad-. Ha sufrido un trauma de memoria significativo a causa del accidente. No recuerda los últimos siete años.
La mentira. El guion. Realmente lo estaba haciendo.
-Pero sí recuerda a Camila Valdés, ¿no es así? -lo desafió Maya, interponiéndose entre el abogado y yo como un escudo.
Sterling la ignoró. -El señor De la Vega me ha instruido para que me encargue de sus asuntos mientras se recupera. Como usted no es legalmente parte de la familia, el patrimonio De la Vega no cubrirá sus gastos médicos.
-¿Qué? -gritó Maya-. ¡Tuvo un accidente que lo involucró a él! ¡Es su prometida!
-*Ex*prometida -corrigió Sterling, su tono desprovisto de calidez-. Dado que el señor De la Vega no tiene memoria del compromiso, este queda efectivamente nulo y sin efecto.
Golpeó la carpeta con un dedo bien cuidado.
-Esta es una orden de desalojo para el departamento. El contrato de arrendamiento está a nombre del señor De la Vega. Tiene cuarenta y ocho horas para desocupar el inmueble.
-¡No puede ni caminar! -gritó Maya-. ¡Acaba de salir de cirugía!
-Cuarenta y ocho horas -repitió Sterling. Se dio la vuelta y salió.
Me quedé mirando la carpeta.
Tenía el brazo roto. La cabeza me daba vueltas. Mi corazón estaba hecho un millón de pedazos.
Y el hombre que amaba me acababa de desechar como basura para hacerle espacio a su amante.