-No -dije. Mi voz era rasposa, como papel de lija sobre piedra, pero era firme.
Miré hacia el techo blanco y estéril. En mi mente, tracé el escudo estampado en el sello de cera de la notificación. El león sosteniendo la rosa.
El león no había protegido a la rosa. La había devorado.
-Si demando, me quedo atrapada en su órbita -dije-. Sigo siendo su víctima. Su propiedad.
-¿Y qué? ¿Simplemente vas a dejar que se salga con la suya? -preguntó Maya, con los ojos muy abiertos por la incredulidad.
-No. -Giré la cabeza para mirarla, el movimiento rígido-. Voy a dejar que crea que ha ganado. Alejandro es arrogante. Cree que soy frágil. Espera que le ruegue.
Intenté incorporarme. La habitación se inclinó peligrosamente, pero apreté los dientes hasta que el mareo se detuvo.
-Háblame de las reglas, Maya. De las que siempre susurras. El código de silencio.
Maya acercó una silla, las patas de metal raspando contra el linóleo. Me miró de manera diferente ahora. La lástima se estaba evaporando, reemplazada por un destello de genuino respeto.
-El código de silencio no es solo callarse -explicó, en voz baja-. Se trata de orden. Un Don protege a los suyos. Mantiene su caos a puerta cerrada. No saca los trapos sucios al sol para humillar a su sangre o a sus socios jurados.
-¿Y Alejandro?
-Está siendo un desastre -dijo Maya, negando con la cabeza-. ¿Fingir amnesia para pasearse con una influencer? Es descuidado. Le falta disciplina. La vieja guardia, los hombres que se sentaban a la mesa con su padre... no respetarán esto. Si descubren que está mintiendo, se verá débil. Y en este mundo, si se ve débil, pierde el territorio.
Un plan comenzó a formarse en los rincones nebulosos de mi mente. No se trataba de venganza. Todavía no. Se trataba de supervivencia.
-Necesito desaparecer -dije-. No solo mudarme de departamento. Necesito desvanecerme por completo.
-¿A dónde?
-A Oaxaca -dije. Fue el primer lugar que me vino a la mente. Lluvia. Cielos grises. Café. Un mundo lejos del brillo de neón de la Ciudad de México.
-Todavía tengo ese título de diseño que nunca usé. Puedo empezar de nuevo.
-Necesitas dinero -señaló Maya con pragmatismo-. Te canceló las tarjetas hace una hora.
-Tengo algo -dije, una fría determinación instalándose en mi pecho-. En el departamento. Escondido.
*
Me di de alta a la mañana siguiente, firmando los papeles en contra de la recomendación médica.
Maya me ayudó a subir a su coche. Cada bache enviaba una sacudida de fuego líquido por mi brazo, pero me mordí el interior de la mejilla hasta que saboreé el hierro, negándome a hacer un sonido.
Cuando llegamos al departamento, se sintió como entrar en un mausoleo.
El aire estaba viciado. Mi ropa todavía colgaba en el clóset, siluetas fantasmales de la mujer que solía ser. Las invitaciones de boda estaban sobre el escritorio, la cera roja endurecida como sangre seca.
Caminé directamente a la estantería.
-¿Qué estás buscando? -preguntó Maya, agarrando frenéticamente maletas y metiendo mi ropa en ellas.
-Una ventaja -murmuré.
Pasé de largo el joyero y alcancé una copia antigua de *El Gran Gatsby*. Estaba hueca por dentro.
Adentro no había dinero en efectivo, ni diamantes. Solo un pequeño cuaderno encuadernado en piel.
Era el diario de Alejandro de la universidad. Antes de que el título de "Don" pesara sobre sus hombros. Antes de que la máscara se fusionara con su piel.
No lo había leído en años. Lo había guardado porque pensaba que era romántico, un pedazo de su alma que solo yo poseía.
Ahora, lo agarré como un arma.
No lo abrí. Todavía no. Simplemente lo metí en lo profundo de mi bolso.
-Tenemos que irnos -insistió Maya, luchando por cerrar una maleta-. Sterling dijo cuarenta y ocho horas, pero envió un equipo de limpieza antes. Ya están en el lobby.
Eché un último vistazo al departamento. La jaula dorada.
-Vámonos -dije.
Estábamos a punto de alcanzar la manija de la puerta cuando un puño pesado golpeó la madera.
*Bang. Bang. Bang.*
El sonido vibró a través del suelo.
-¡Sofía! -retumbó una voz profunda-. Abre.
Era Marcos. El jefe de seguridad de Alejandro. El hombre que solía llevarme al spa, que solía sonreír y llamarme "señorita Sofía".
Ahora, su voz tenía el peso de una amenaza.
-Lo sabe -le susurré a Maya, mi corazón martilleando contra mis costillas-. Sabe que no estoy llorando en una cama de hospital.
Apreté más fuerte la correa de mi bolso. El borde duro del diario presionaba contra mi costado.
-¡Abre la puerta, Sofía! -gritó Marcos.
-El señor De la Vega quiere su anillo de vuelta.