-El señor De la Vega quiere el anillo -repitió, extendiendo una mano gruesa-. Y quiere que te vayas. Ahora.
No me acobardé. No lloré. Lentamente me quité el anillo del dedo. Dejó una banda pálida de piel, el fantasma de una promesa que era más clara que el resto.
-Dile -dije, mirando a Marcos a los ojos-, que si lo quiere, que venga a buscarlo él mismo.
Me guardé el anillo en el bolsillo.
Marcos dio un paso adelante, su rostro se contrajo de ira. -Tú no le pones condiciones a la familia, Sofía.
-Yo no soy de la familia -dije, mi voz era hielo-. ¿Recuerdas? El compromiso es nulo.
-Hay una gala de caridad esta noche -intervino Maya rápidamente, poniéndose delante de mí como un escudo-. El evento 'Esperanza para la Juventud'. Sofía diseñó el centro de mesa. Ella va a ir.
Marcos se rio, un sonido áspero y ladrante. -¿Crees que el jefe quiere verte allí?
-Creo que al jefe le importa su imagen -dije-. Si no aparezco, la gente hablará. Preguntarán por qué la prometida falta días antes de la boda. ¿Su 'amnesia' cubre explicar mi ausencia a la prensa?
Marcos vaciló. Sabía que yo tenía razón. La familia De la Vega odiaba las preguntas más que a sus enemigos.
-Bien -escupió Marcos-. Ve. Pero mantente fuera de su camino. Y devuelve el anillo esta noche, o te lo quito.
Se dio la vuelta y se alejó.
*
La gala era en el Palacio de Bellas Artes. El gran salón estaba lleno de flores importadas, champaña y los tiburones de la sociedad de la Ciudad de México circulando en esmóquines y vestidos de gala.
Llevaba un vestido negro. Mangas largas para cubrir mi yeso, que Maya había envuelto en seda negra. Parecía una viuda antes de ser siquiera esposa.
Me paré junto a mi exhibición. Era una escultura de vidrio y luz, que representaba la esperanza. Me había llevado tres meses diseñarla, delicadas agujas que se elevaban como aliento congelado.
-Vaya, vaya -una voz aguda y penetrante cortó el jazz ambiental-. Si no es el fantasma.
Camila Valdés.
Llevaba un vestido rojo. Rojo brillante, chillón. Y colgando de su brazo estaba Alejandro.
Me miró. Sus ojos estaban en blanco. Vacíos, pulidos hasta brillar. El actor perfecto.
-¿Te conozco? -preguntó. La crueldad en su voz era sutil, oculta bajo una capa de educada confusión.
-Soy Sofía -dije-. Yo diseñé esto. -Señalé la escultura.
-Es... pintoresco -rio Camila. Se apoyó en Alejandro-. Cariño, ¿no se ve un poco... frágil?
Alejandro sonrió con suficiencia. Se acercó como para admirar la artesanía y golpeó la delicada aguja de vidrio de mi escultura.
*Crack.*
La pieza superior se hizo añicos. Fragmentos de vidrio llovieron sobre el pedestal con un tintineo enfermizo.
-Ups -dijo Alejandro-. Qué torpe soy. Mi memoria no es lo único que está roto, supongo.
La gente a nuestro alrededor jadeó. Un mesero se apresuró con una escoba.
Mi corazón martilleaba contra mis costillas. Lo hizo a propósito. Destruyó mi trabajo, mi arte, solo para demostrarme que podía hacerlo.
-No pasa nada -dije. Mi voz no tembló.
Metí la mano en la exhibición. Con mi mano buena, no barrí las piezas. En cambio, reorganicé los fragmentos rotos. Los coloqué en un círculo alrededor de la base, convirtiendo los escombros en un mosaico.
-El arte se trata de adaptación -dije, lo suficientemente alto para que los espectadores oyeran-. A veces, las cosas tienen que romperse para convertirse en algo nuevo.
Algunas personas aplaudieron. Una mujer mayor asintió con aprobación.
La mandíbula de Alejandro se tensó. No le gustó que no me rompiera.
-Vámonos, Camila -murmuró-. Este lugar es aburrido.
Mientras se alejaban, mi teléfono vibró.
Era un mensaje de texto de Camila.
*Foto adjunta.*
Era una selfie de ella y Alejandro en la cama. Él estaba dormido. Ella guiñaba un ojo.
*Texto: Dice mi nombre en sueños. Nunca dice el tuyo.*
Borré el mensaje.
Maya apareció a mi lado. Estaba pálida.
-Sofía -susurró-. Acabo de escuchar algo. De un mesero que trabaja en los eventos de los De la Vega. Vi el itinerario en su tablet.
-¿Qué?
-Van al Jardín Botánico mañana por la mañana -dijo Maya-. Alejandro y Camila. Van a ensayar una escena de 'recuperación pública'. Él va a 'recordarla' a ella, no a ti. Le va a proponer matrimonio en el lugar donde ustedes dos iban a tomarse las fotos de la boda.
Era el insulto final. El borrado definitivo.
-Ok -dije.
-¿Ok? -preguntó Maya-. ¿Eso es todo?
-No -dije, mirando el mosaico de vidrio roto-. Ese es el final.