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Bajo el Dominio del Alfa
img img Bajo el Dominio del Alfa img Capítulo 1 El perfume de la invisibilidad
1 Capítulo
Capítulo 6 La Copa de Plata img
Capítulo 7 Secretos en el Ático img
Capítulo 8 Infiltración en los Muelles img
Capítulo 9 El Estallido de la Luna Blanca img
Capítulo 10 El Despertar y el Precio del Poder img
Capítulo 11 El Mundo nos Observa img
Capítulo 12 El Entrenamiento de la Luna img
Capítulo 13 El Umbral de la Madre img
Capítulo 14 La Batalla del Nexo img
Capítulo 15 El Nuevo Orden img
Capítulo 16 El Bautismo de Plata y Sangre img
Capítulo 17 El Juicio del Trono de Cristal img
Capítulo 18 El Eco del Eclipse img
Capítulo 19 El Vínculo de la Estrella y el Colmillo img
Capítulo 20 El Trono de la Nueva Era img
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Bajo el Dominio del Alfa

Autor: soniaccc
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Capítulo 1 El perfume de la invisibilidad

El aire en el sótano de Montenegro Corp siempre era tres grados más frío que en el resto del edificio. Valentina Ferrer se ajustó el saco gris, una prenda dos tallas más grande que había comprado en una tienda de saldos, y suspiró. Frente a ella, una montaña de documentos esperaba ser digitalizada antes de que terminara su turno.

-Valentina, ¿sigues aquí? -La voz de Marga, la secretaria de finanzas, sonó desde la puerta-. Ya deberías estar cambiándote. Hoy es la gala del vigésimo aniversario. Todos los pasantes deben servir de apoyo en el salón principal.

Valentina forzó una sonrisa. No quería ir. Las galas significaban tacones que no podía pagar y la mirada de desprecio de personas que ganaban en una hora lo que ella necesitaba para un mes de alquiler.

-Ya casi termino, Marga. Solo necesito enviar estos reportes de gastos.

-Date prisa. Dicen que el señor Damián Montenegro estará allí. Casi nunca asiste a estos eventos, pero hoy es especial. No querrás que el CEO te vea holgazaneando.

Valentina asintió, aunque el nombre de su jefe solo le producía una vaga inquietud. Había visto a Damián Montenegro en las revistas de negocios: un hombre de facciones afiladas, ojos oscuros como el azabache y una presencia que parecía consumir el oxígeno de cualquier habitación. Para ella, él era solo el dueño del lugar donde se dejaba la piel para intentar salvar a su familia de las deudas que su padre había dejado antes de desaparecer.

Dos horas después, el escenario era radicalmente distinto. El Gran Salón del Hotel Intercontinental brillaba con el fulgor del oro y el cristal. Valentina llevaba el uniforme de servicio: una blusa blanca impecable y una falda negra ajustada. Se sentía expuesta, pero se obligó a mantener la cabeza baja, concentrada en la bandeja de plata que sostenía.

Solo tres horas más, se repetía. Tres horas y podré volver a casa.

Sin embargo, algo en el ambiente se sentía extraño esa noche. Había una electricidad estática en el aire que hacía que los vellos de su nuca se erizaran. Los invitados no eran solo empresarios; había algo en la forma en que algunos hombres se movían, una elegancia depredadora que la hacía querer esconderse detrás de las columnas de mármol.

De repente, el murmullo de la multitud se detuvo. Las puertas principales se abrieron de par en par.

Damián Montenegro entró.

Valentina estaba a unos diez metros de distancia, rellenando copas de champaña. Lo miró de reojo. Él vestía un traje a medida color carbón que acentuaba sus hombros anchos. Su rostro era una máscara de frialdad absoluta. Pero, justo cuando Damián dio el tercer paso dentro del salón, se detuvo en seco.

Sus fosas nasales se dilataron. Sus ojos, que antes eran de un café oscuro profundo, destellaron en un tono ámbar antinatural por una fracción de segundo.

Valentina sintió un escalofrío que le recorrió la columna. Sus manos temblaron ligeramente. Un aroma dulce, como vainilla silvestre mezclada con tierra mojada tras la lluvia, pareció emanar de sus propios poros, volviéndose repentinamente intenso.

Damián giró la cabeza con una velocidad sobrehumana, ignorando al alcalde que intentaba saludarlo. Sus ojos se fijaron directamente en el rincón donde Valentina intentaba, inútilmente, ser invisible.

-Mía... -susurró el Alfa, una palabra que nadie escuchó, pero que hizo que el lobo en su interior rugiera con una fuerza que amenazaba con romper sus costillas.

Valentina dejó caer la botella de champaña. El sonido del cristal rompiéndose fue el inicio de su fin, o quizás, de su verdadero comienzo.

            
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