La habitación donde la habían dejado era más grande que todo su apartamento. Sábanas de seda negra, muebles de madera exótica y un ventanal que daba al bosque. Sin embargo, para Valentina, aquello no era lujo; era una celda decorada.
-No voy a quedarme aquí -susurró para sí misma, con el corazón todavía galopando contra sus costillas.
Esperó dos horas. Dos horas de silencio absoluto en las que solo escuchó el crujir de la mansión. Se había quitado los tacones rotos y, descalza, se acercó a la puerta. No tenía llave, pero se abrió sin resistencia. Damián, en su arrogancia de Alfa, parecía creer que ella no se atrevería a desafiarlo.
Valentina caminó por los pasillos sumergidos en una penumbra azulada. Evitó las cámaras de seguridad que rotaban con un zumbido casi imperceptible y logró encontrar una salida de servicio cerca de las cocinas. El aire frío de la noche golpeó su rostro como un bofetón de realidad, pero no se detuvo. Corrió hacia el linde del bosque, pensando que si lograba llegar a la carretera principal, podría pedir ayuda.
Pero el bosque no estaba vacío.
Apenas se internó unos metros entre los árboles, el sonido de una rama quebrándose a su derecha la hizo congelarse. No era el viento. Era el sonido de un peso considerable desplazándose sobre la hojarasca.
-¿Hola? -su voz tembló, perdiéndose en la oscuridad.
De las sombras emergieron dos pares de ojos. No eran ojos humanos. Eran orbes de un amarillo eléctrico, situados a casi un metro y medio del suelo. Dos lobos, del tamaño de osos pequeños y con pelajes grises como el humo, salieron lentamente a la luz de la luna. Sus gruñidos no eran los de un perro rabioso; eran vibraciones profundas que hacían que el suelo bajo los pies de Valentina temblara.
Ella retrocedió, pero los lobos no la atacaron. Simplemente se posicionaron, bloqueando su camino, enseñando unos colmillos que parecían dagas de marfil. Valentina comprendió con horror que no eran animales salvajes normales. Había una inteligencia gélida en sus miradas, una obediencia absoluta a una voluntad superior.
-Atrás... por favor -suplicó ella, sintiendo las lágrimas de frustración quemar sus ojos.
-Ellos no te dejarán pasar, Valentina.
La voz de Damián surgió desde atrás, tan repentina que ella dio un salto. Él estaba apoyado contra el marco de la puerta de servicio, vistiendo ahora solo unos pantalones negros y una camisa desabrochada que dejaba ver el tatuaje de un lobo aullando en su pectoral izquierdo. No parecía enfadado, lo cual era mucho más aterrador. Parecía divertido, como un gato observando a un ratón que cree haber encontrado una salida.
-Diles que me dejen ir -dijo ella, señalando a las bestias.
-Son mis centinelas. Su único propósito en la vida es proteger lo que me pertenece. Y tú, desde hace tres horas, eres lo más valioso que tengo -Damián caminó hacia ella con una elegancia depredadora, ignorando a los lobos, que bajaron la cabeza en señal de sumisión total cuando él pasó a su lado-. ¿A dónde pensabas ir? ¿A ese apartamento que apenas puedes pagar? ¿Con los cobradores de deudas que rondan tu puerta?
-Es mi vida, Damián. No puedes simplemente secuestrarme porque crees que soy... esa cosa que dijiste.
-No lo creo. Lo sé -Él se detuvo a centímetros de ella. El calor que emanaba de su cuerpo combatía el frío del bosque-. El Consejo de la Manada ya está exigiendo una reunión. He reclamado a una humana frente a cientos de testigos. He roto el tratado de silencio por ti. ¿Crees que lo hice por capricho?
Damián extendió una mano y rodeó el cuello de Valentina con suavidad, dejando que su pulgar acariciara la línea de su mandíbula. Ella quiso apartarse, pero su cuerpo la traicionó de nuevo. Una calidez líquida empezó a recorrer sus venas, una respuesta biológica al toque de su Alfa que ella no podía controlar.
-Si cruzas ese límite -dijo él, señalando más allá de los lobos-, no estarás a salvo. Hay otros como yo, pero sin mi control. Lobos que no ven en ti a una Luna, sino un trozo de carne para herirme a mí. ¿Es eso lo que quieres? ¿Ser el cebo en una guerra que no entiendes?
Valentina bajó la cabeza, derrotada por la lógica brutal de sus palabras. Estaba atrapada entre monstruos que querían protegerla y monstruos que querían destruirla.
-¿Por qué yo? -preguntó en un susurro-. Soy nadie. Solo una pasante con deudas.
Damián se inclinó, enterrando su rostro en el hueco de su cuello. Valentina soltó un jadeo cuando sintió la punta de la nariz de él rozando su piel sensible.
-Porque tu alma canta para la mía, Valentina. Porque cuando entré en ese salón, el mundo dejó de tener color hasta que te vi a ti. No te elegí yo; nos eligió la sangre.
Él la tomó en brazos, levantándola como si no pesara nada. Valentina, agotada física y emocionalmente, no luchó esta vez. Apoyó la cabeza en su hombro, escuchando el latido rítmico y poderoso del corazón de Damián. No era el corazón de un hombre; era el motor de una bestia.
Mientras la llevaba de regreso a la mansión, los dos lobos grises soltaron un aullido corto y profundo, un saludo a su nueva reina que resonó por todo el valle, anunciando a las sombras que el Alfa ya no estaba solo.
Pero en el despacho de la mansión, el teléfono de Damián no dejaba de vibrar. Era el Consejo. La noticia se había extendido: el gran Damián Montenegro tenía una debilidad. Y en el mundo de los Alfas, una debilidad era una invitación al asesinato.
Damián entró en la habitación de Valentina y la depositó con cuidado sobre la cama.
-Duerme -le ordenó con una suavidad que escondía una advertencia-. Mañana, el mundo que conocías habrá muerto. Y yo seré lo único que te quede.
Valentina lo vio salir y escuchó el clic de la puerta cerrándose. Se hizo un ovillo en la inmensa cama, sintiendo el aroma de Damián impregnado en su piel. Tenía miedo, estaba furiosa, pero por primera vez en años, no se sentía sola. Y eso era lo más peligroso de todo.