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La huella del Alfa
img img La huella del Alfa img Capítulo 2 El Silencio de los Alpes
2 Capítulo
Capítulo 6 El peso del oro y la sombra del otro img
Capítulo 7 El Vals de los Depredadores img
Capítulo 8 El pacto de las sombras img
Capítulo 9 El rastro de la sangre y la seda img
Capítulo 10 La trampa del amanecer img
Capítulo 11 El Trono de Cristal img
Capítulo 12 El sabor de la traición img
Capítulo 13 El pacto de las sombras y el vacío img
Capítulo 14 El ascenso de la Luna Plateada img
Capítulo 15 El eco del Mercurio img
Capítulo 16 Regreso al Infierno Blanco img
Capítulo 17 La llegada de Valerius img
Capítulo 18 El nuevo orden de la Sangre img
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Capítulo 2 El Silencio de los Alpes

El aire en la pista de aterrizaje privada de los Alpes suizos no solo era frío; era un cuchillo que cortaba los pulmones. Aria bajó la escalerilla del jet privado con el cuerpo entumecido, no por las horas de vuelo, sino por el vacío que la marca en su cuello emanaba. El lazo entre un Alfa y su Luna no era solo un concepto romántico; era un canal biológico, y el de ella estaba enviando señales de rechazo tan potentes que le provocaban náuseas constantes.

Un hombre de avanzada edad, vestido con un abrigo de lana gris que parecía pesar más que ella, la esperaba junto a un todoterreno negro.

-Señora Wolf -dijo el hombre con una inclinación de cabeza mecánica-. Soy Hans, el administrador de la propiedad. El señor Wolf me dio instrucciones precisas para su llegada.

Aria no respondió. El nombre "Señora Wolf" sonaba a burla, a una etiqueta pegada sobre un cadáver. Subió al vehículo en silencio, observando cómo el jet volvía a encender sus motores apenas ella puso un pie dentro del coche. No esperaron a ver si estaba a salvo. No hubo una mirada atrás. Marcus la había desechado como quien tira un envoltorio después de extraer el dulce.

El trayecto hacia la propiedad fue un ascenso por caminos serpenteantes que se internaban en el corazón de la montaña. A medida que subían, el bosque de pinos se volvía más denso y la nieve más profunda. La civilización desaparecía, sustituida por una soledad blanca y absoluta.

Finalmente, la casa apareció. Era una estructura impresionante de piedra y cristal, incrustada en la ladera de la montaña. Era hermosa, sí, pero era una jaula de oro diseñada para que nadie escuchara sus gritos de soledad.

-El señor Wolf ha dispuesto que tenga todo lo necesario -explicó Hans mientras le abría la puerta principal-. Servicio de limpieza dos veces por semana, suministros de primera calidad y una asignación mensual generosa. Sin embargo, tiene prohibido abandonar el perímetro de la propiedad sin autorización previa de la oficina central en Nueva York.

Aria entró en el gran salón. Las paredes de cristal ofrecían una vista panorámica de los picos nevados. Era un paisaje majestuoso, pero para ella era el escenario de su entierro en vida.

-¿Autorización? -preguntó Aria, su voz sonando extraña en sus propios oídos después de horas de silencio-. ¿Soy una esposa o una prisionera, Hans?

El hombre bajó la mirada, incapaz de sostenerle el brillo de humillación en los ojos.

-Soy solo un empleado, señora. Sus maletas ya están en la suite principal. Con su permiso, me retiro a la casa de servicio.

Cuando la puerta se cerró, el silencio cayó sobre Aria como una losa de granito. Se dejó caer en el suelo de madera pulida, justo en medio de la inmensa estancia. Todavía llevaba el traje con el que había viajado, una prenda elegante que Marcus había elegido para que no "avergonzara" su apellido durante el trayecto.

Se llevó las manos al cuello. La marca, ese tatuaje biológico que los licántropos consideraban sagrado, estaba roja e inflamada. Podía sentir la arrogancia de Marcus a través de ella. Podía sentir que él estaba en algún lugar del mundo, probablemente bebiendo de nuevo, celebrando que se había librado de su mayor molestia.

-"Mediocre" -susurró Aria, recordando la palabra de su marido.

Se levantó y caminó hacia uno de los grandes espejos de la estancia. Se miró fijamente. Veía a una loba joven, de hombros caídos y ojos llenos de una tristeza ancestral. Su aroma -ese suave rastro de lavanda que Marcus tanto despreciaba- flotaba en el aire, denunciando su estado emocional, su debilidad, su casta baja.

En el mundo de los licántropos, el olor lo era todo. Era la identidad, el estatus, la verdad desnuda. Y el suyo gritaba "presa".

-Él tiene razón -dijo para sí misma, y una chispa de algo nuevo, algo oscuro y afilado, se encendió en su pecho-. Esta mujer es mediocre. Esta mujer está muerta.

Caminó hacia la cocina y buscó un cuchillo. No para lastimarse, sino para realizar un rito de paso que ninguna loba de su linaje se atrevería a intentar. Se cortó la palma de la mano y dejó que la sangre cayera sobre el mármol blanco de la encimera.

-Si quieres una reina, Marcus, vas a tener que esperar a que yo misma me construya una corona -declaró al vacío.

Esa noche, Aria no durmió en la cama nupcial vacía. Se arrastró hasta la biblioteca de la casa. Marcus la había enviado allí para que no estorbara, pero había cometido un error táctico: la biblioteca estaba llena de textos antiguos sobre la fisiología licántropa, tratados prohibidos y estudios sobre el control del rastro.

Aria pasó las primeras semanas devorando libros. Aprendió sobre las glándulas que secretaban las feromonas de la sumisión y cómo el sistema nervioso podía ser entrenado para suprimirlas. Entendió que su "bajo rango" no era una sentencia de debilidad, sino una falta de entrenamiento. Al ser de un linaje menos puro, su lobo era más maleable, menos atado a los instintos rígidos de los Alfas.

Empezó su transformación con el cuerpo.

Cada mañana, antes de que saliera el sol, Aria corría por la nieve hasta que sus pulmones ardían. Se obligaba a transformarse en loba en medio del frío extremo, manteniendo la forma durante horas, luchando contra el dolor de los huesos reorganizándose. En su forma de loba, era blanca como la nieve, pequeña pero ágil. Empezó a cazar, no por hambre, sino por disciplina. Aprendió a acechar sin ser oída, a camuflar su presencia entre los árboles.

Pero el verdadero desafío era el olor.

Encontró en la botánica de la montaña una planta que los antiguos llamaban "Raíz de Sombra". Era tóxica en grandes cantidades, pero aplicada sobre la piel y consumida en infusiones mínimas, ayudaba a adormecer los receptores hormonales. El proceso era doloroso; cada vez que su cuerpo intentaba emitir su rastro natural de Luna, la raíz reaccionaba provocándole una fiebre abrasadora.

-Dolerá más el olvido que el veneno -se repetía cada vez que sentía que iba a desmayarse.

Meses después, Hans, el administrador, llegó con los suministros habituales. Cuando Aria abrió la puerta, el hombre se quedó paralizado. No era solo que la joven hubiera perdido la redondez de la adolescencia y que sus músculos estuvieran definidos bajo una ropa sencilla y funcional. Era algo más.

Hans olfateó el aire por puro instinto de lobo. Nada.

Aria estaba a menos de un metro de él y no olía a nada. Ni a lavanda, ni a miedo, ni a loba. Era como si estuviera frente a un fantasma o una deidad de hielo.

-Señora... ¿se siente bien? -preguntó el hombre, retrocediendo un paso sin darse cuenta. Su instinto le decía que estaba frente a un depredador superior, a pesar de que ella no mostraba agresividad.

-Nunca me he sentido mejor, Hans -respondió ella. Su voz ya no era un hilo; era una nota clara y profunda que cortaba el aire-. ¿Alguna novedad de Nueva York?

-El señor Wolf... él no ha preguntado, señora. Solo envía los informes de gastos.

Aria asintió con una sonrisa que no llegó a sus ojos.

-Perfecto. Asegúrate de decirle que estoy siguiendo sus instrucciones al pie de la letra. Me estoy volviendo... invisible.

Cuando Hans se fue, Aria regresó a su entrenamiento. Ya no leía novelas de romance ni esperaba una llamada que nunca llegaría. Ahora practicaba combate con sombras, estudiaba finanzas internacionales a través de la red privada de la casa y perfeccionaba el arte de ser una mujer que nadie pudiera rastrear.

La marca en su cuello seguía ahí, pero Aria había aprendido a rodearla de un muro de hielo mental. Marcus Wolf pensaba que la había enviado a morir de tristeza en los Alpes. No sabía que le había dado el regalo más grande que un guerrero puede recibir: el tiempo para reconstruirse desde las cenizas de su propio desprecio.

Aria miró hacia el horizonte, hacia donde sabía que estaba la ciudad.

-Ya no huelo a lavanda, Marcus -susurró para sí misma, viendo cómo un copo de nieve se derretía en su mano-. Ahora huelo a la tormenta que te va a quitar todo.

Cinco años de ese silencio la esperaban. Cinco años de convertirse en el arma que él mismo había forjado con su crueldad.

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