-El señor Wolf tendrá que aprender a esperar -respondió Aria, sin apartar la vista de los rascacielos que se alzaban como colmillos de acero contra el cielo del atardecer-. Déjeme en el hotel. Estaré en su oficina en una hora. Ni un minuto antes.
Aria utilizó esa hora para despojarse del rastro del viaje. Se dio una ducha helada, permitiendo que el agua golpeara la marca de su cuello. Se vistió con una armadura moderna: un traje de sastre de seda color sangre, con hombreras marcadas y un escote en "V" que dejaba a la vista, de forma provocadora y desafiante, la cicatriz de la unión. Ya no la ocultaba; ahora era el recordatorio de una deuda que él tendría que pagar.
La Torre Wolf era un monumento al ego de Marcus. Cristal negro, seguridad de grado militar y un aroma constante a sándalo y poder. Cuando Aria cruzó el vestíbulo, el aire pareció congelarse. Los guardias, todos lobos de élite, se tensaron. Sus narices se arrugaron, confundidas. Sabían quién era ella por las fotos, pero sus instintos les decían que allí no había nada. Era una anomalía visual: una mujer imponente que no proyectaba sombra olfativa.
Subió por el ascensor privado directamente al piso 50. Cuando las puertas se abrieron, Julian ya la esperaba, luciendo aún más inquieto que en la montaña.
-Está en el despacho de conferencias. Los inversores acaban de salir. No está... de buen humor -advirtió Julian.
-Mejor -dijo Aria, pasando por su lado-. Así estaremos en igualdad de condiciones.
Aria no llamó a la puerta. La empujó con una mano, dejando que el pesado roble golpeara el tope con un eco seco.
Marcus Wolf estaba de pie frente al ventanal de cristal, dándole la espalda. Su figura era aún más masiva de lo que ella recordaba; los hombros más anchos, la postura más rígida. El aroma de él, una mezcla embriagadora de tormenta eléctrica y pino ahumado, inundó los sentidos de Aria. Su lobo interno dio un vuelco, reconociendo a su pareja, pero ella lo aplastó con una frialdad quirúrgica.
-Llegas tarde, Aria -dijo Marcus. Su voz seguía siendo un trueno de barítono que vibraba en el pecho de ella-. Y Julian me dice que has tenido la osadía de registrarte en un hotel.
Marcus se giró lentamente, con la suficiencia del depredador que cree tener a su presa acorralada. Tenía preparada una reprimenda, tal vez un comentario mordaz sobre su apariencia o su falta de obediencia.
Pero las palabras se murieron en su garganta.
Sus ojos grises, que solían analizarlo todo con desprecio, se abrieron ligeramente. Recorrió a la mujer que tenía enfrente: la mandíbula firme, la mirada de acero y esa elegancia peligrosa que no recordaba. Pero lo que realmente lo golpeó, lo que hizo que su lobo gruñera en la base de su cráneo, fue el silencio sensorial.
Marcus dio un paso adelante, acortando la distancia con una velocidad sobrenatural. Se detuvo a escasos centímetros, su sombra cubriéndola por completo. Inclinó la cabeza, su nariz rozando casi la línea de la mandíbula de Aria, inhalando con una agresividad que habría hecho colapsar a cualquier otra loba.
Nada.
Inhaló de nuevo, esta vez con más fuerza, buscando desesperadamente el rastro de lavanda, el aroma a sumisión, incluso el olor a miedo que tanto le irritaba hace cinco años. Pero solo encontró el olor neutro del detergente de lujo y el frío del cristal.
-¿Qué demonios es esto? -gruñó Marcus, su voz descendiendo a un nivel animal-. ¿Dónde está tu rastro? ¿Por qué no puedo olerte?
Aria no retrocedió. Sostuvo su mirada dorada con una calma que lo enfureció aún más.
-¿Me buscabas, Marcus? -preguntó ella, su voz suave y letal-. Pensé que mi olor te daba náuseas. Deberías estar agradecido de que te haya ahorrado la molestia.
Marcus la tomó por los hombros, sus dedos hundiéndose en la tela de seda. Su tacto quemaba, pero Aria no parpadeó.
-Un lobo no puede ocultar su esencia a su pareja. Es físicamente imposible -dijo él, entre dientes-. ¿Qué clase de brujería estás usando? ¿Qué te has hecho en ese agujero al que te envié?
-Me hice fuerte -respondió ella, zafándose de su agarre con un movimiento técnico y fluido que lo dejó sorprendido-. Mientras tú jugabas a ser el rey de Nueva York, yo aprendía a sobrevivir al hombre que se suponía debía protegerme. No soy la Luna que desterraste, Marcus. Esa chica murió de hipotermia emocional en el primer invierno.
Marcus soltó una carcajada cargada de frustración y un deseo oscuro que no pudo ocultar.
-Puedes ocultar tu olor, Aria, pero no puedes ocultar el lazo. Lo siento pulsar entre nosotros. Estás aquí porque te lo ordené. Estás aquí porque todavía me perteneces por ley.
Aria se acercó a su escritorio, tomó una pluma estilográfica de oro y la hizo girar entre sus dedos con destreza.
-Estoy aquí porque tu imperio se cae a pedazos y necesitas una cara bonita que sonría a los inversores europeos -lo corrigió ella-. Hagamos el trato: haré el papel de esposa perfecta durante la gala. Sonreiré, bailaré y dejaré que me marques el territorio frente a las cámaras si eso salva tu contrato. Pero a cambio, mañana mismo firmas la disolución legal de nuestra unión.
-¿El divorcio? -Marcus se acercó de nuevo, esta vez con una lentitud amenazante-. ¿Crees que después de cinco años voy a dejarte ir ahora que finalmente te has vuelto... interesante?
-No soy un juguete para tu entretenimiento, Marcus. Soy el error que no pudiste borrar. Y ahora, soy la única que puede salvarte.
Marcus golpeó el escritorio con la palma de la mano, haciendo que los objetos saltaran. Su lobo estaba fuera de control; el vacío de información sensorial lo estaba volviendo loco. El instinto de caza, que había estado dormido durante años, rugía con una fuerza que le dolía en los huesos.
-No habrá divorcio -sentenció él, su mirada fija en la cicatriz de su cuello-. Vas a quedarte en mi casa. Vas a cenar conmigo esta noche. Y te juro, Aria, que voy a encontrar tu olor aunque tenga que arrancarte la piel para encontrarlo.
Aria esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos. Una sonrisa de alguien que ya ha ganado la guerra antes de empezar la batalla.
-Buena suerte, Marcus. Pero recuerda: no puedes cazar lo que no puedes sentir. Nos vemos a las ocho para la cena. No llegues tarde. No me gusta que mis empleados me hagan esperar.
Aria se dio la vuelta y salió del despacho, dejando a Marcus Wolf, el Alfa más poderoso de la ciudad, temblando de una furia que empezaba a parecerse peligrosamente a la obsesión.