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La huella del Alfa
img img La huella del Alfa img Capítulo 5 La inmunidad del vacío
5 Capítulo
Capítulo 6 El peso del oro y la sombra del otro img
Capítulo 7 El Vals de los Depredadores img
Capítulo 8 El pacto de las sombras img
Capítulo 9 El rastro de la sangre y la seda img
Capítulo 10 La trampa del amanecer img
Capítulo 11 El Trono de Cristal img
Capítulo 12 El sabor de la traición img
Capítulo 13 El pacto de las sombras y el vacío img
Capítulo 14 El ascenso de la Luna Plateada img
Capítulo 15 El eco del Mercurio img
Capítulo 16 Regreso al Infierno Blanco img
Capítulo 17 La llegada de Valerius img
Capítulo 18 El nuevo orden de la Sangre img
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Capítulo 5 La inmunidad del vacío

La mansión de Marcus en la zona alta de la ciudad era un templo a la dominación. Cada pasillo, cada cuadro y cada sirviente exhalaba la esencia de un Alfa que no aceptaba un "no" por respuesta. Sin embargo, cuando Aria entró para la cena, el ambiente cambió. Ella no caminaba como una invitada, ni como una esposa recuperada; caminaba como una auditora inspeccionando una propiedad en quiebra.

Marcus la esperaba en el comedor formal. La mesa, de una longitud ridícula para dos personas, estaba iluminada por velas que proyectaban sombras alargadas sobre las paredes. Él ya no vestía el traje de negocios; llevaba una camisa de lino negro con los primeros botones desabrochados, revelando una parte del tatuaje de su manada en el pecho.

-Te dije que te quedarías aquí -dijo Marcus, su voz resonando en el silencio de la estancia-. Tus maletas están siendo trasladadas desde el hotel mientras hablamos.

Aria se sentó en el extremo opuesto, ignorando la silla que el mayordomo le ofrecía.

-Mis maletas se quedan donde yo decida, Marcus. Y por ahora, el Baccarat tiene mejor servicio de habitaciones que esta tumba de mármol.

Marcus apretó la mandíbula. El hecho de no poder rastrear su humor a través del olfato lo mantenía en un estado de alerta constante. Sus instintos le decían que Aria estaba tranquila, pero su lógica no comprendía cómo era posible.

-Comamos -ordenó él, haciendo un gesto a los sirvientes.

La cena transcurrió en un silencio tenso, solo roto por el tintineo de los cubiertos de plata contra la porcelana. Marcus no apartaba los ojos de ella. La observaba beber el vino tinto con una elegancia que rayaba en lo insultante. Estaba buscando una grieta, un tic nervioso, cualquier señal de la Aria que él conocía.

-Dime una cosa -dijo él, dejando su copa de lado-. ¿Quién te ayudó? Un lobo de bajo rango no aprende a suprimir su esencia solo por voluntad. ¿Quién estuvo contigo en los Alpes?

Aria dejó su cubierto con una lentitud deliberada.

-La soledad es una excelente maestra, Marcus. Te obliga a enfrentarte a lo que eres cuando nadie te mira. Aprendí que mi "bajo rango" era solo una etiqueta que tú usabas para sentirte superior. Resulta que, sin el ruido de las hormonas y la sumisión, el cerebro funciona mucho mejor.

-Basta de juegos -Marcus se levantó, su presencia física llenando el espacio de inmediato. Caminó alrededor de la mesa hasta quedar detrás de ella. Se inclinó, su aliento cálido rozando la oreja de Aria-. Sigues siendo mi Luna. Sigues estando bajo mi mando.

Él puso una mano sobre el hombro de ella, apretando lo suficiente para que sintiera su peso.

-Mírame -ordenó Marcus.

No fue una petición. Usó la Voz de Alfa, esa frecuencia infrasónica que obligaba a cualquier lobo de menor rango a obedecer de inmediato, una orden grabada en el ADN de su especie que anulaba el libre albedrío.

Aria no se movió. Siguió cortando su trozo de carne con precisión quirúrgica.

Marcus frunció el ceño, su lobo interno erizándose de confusión. Aumentó la intensidad, dejando que su poder inundara la habitación hasta que las llamas de las velas vacilaron.

-Aria. Mírame a los ojos. Ahora. -La Voz fue tan potente que el mayordomo, un lobo beta veterano que estaba en la esquina, cayó de rodillas, temblando por la presión psicológica.

Aria terminó de masticar, dejó el cuchillo y se limpió la comisura de los labios con la servilleta de lino. Luego, con una parsimonia aterradora, giró la cabeza para mirarlo. Sus ojos azules estaban claros, sin rastro de la neblina de sumisión que la Voz debería haber provocado.

-¿Tienes algo en la garganta, Marcus? -preguntó ella con una curiosidad fingida-. Estás haciendo un ruido muy extraño.

Marcus retrocedió un paso, impactado. Era imposible. Nadie, a menos que fuera un Alfa de linaje puro y superior, podía resistir su mando directo. Y ella era una "nadie" de casta baja.

-¿Cómo...? -la voz de Marcus, esta vez la humana, salió rasposa-. Deberías estar de rodillas. Mi mando es ley para ti.

Aria se puso en pie, quedando a la misma altura que él gracias a sus tacones. Se acercó tanto que sus pechos rozaron el pecho de él, desafiando la barrera del espacio personal.

-Tu mando se basa en el miedo y en la respuesta hormonal al lazo -susurró ella, su voz como una caricia de hielo-. Pero como ya te dije, he aprendido a apagar esa radio. No puedes dar órdenes a alguien que ya no te reconoce como su Alfa. Mi lobo no te escucha, Marcus. Solo escucha el silencio que tú mismo creaste.

Marcus la agarró por la cintura, pegándola a él con una violencia contenida. El deseo y la rabia se mezclaban en su rastro, creando un aroma denso que habría desmayado a cualquier mujer.

-Si tu lobo no me escucha, entonces te haré escuchar como hombre -gruñó él, su mirada fija en los labios de ella-. Me odias. Puedo sentirlo en el aire, aunque no pueda olerlo. Y el odio es solo la otra cara de la obsesión.

-No te odio, Marcus -lo corrigió ella, poniendo una mano sobre el corazón de él, sintiendo el latido frenético del Alfa-. Para odiar, hay que sentir algo. Lo que siento por ti es... irrelevancia. Eres un obstáculo en mi camino hacia la libertad, nada más.

Él la besó. Fue un beso que no buscaba ternura, sino conquista. Fue un choque de dientes y lenguas, un intento desesperado de Marcus por forzar una respuesta, por encontrar un sabor que le revelara quién era esta mujer. Sus manos recorrieron la espalda de ella, buscando la piel, buscando el calor.

Por un segundo, Aria respondió. Sus dedos se enterraron en el cabello de Marcus y le devolvió el beso con una ferocidad que lo dejó sin aliento. Pero no era la respuesta de una esposa sumisa; era la de una depredadora probando a su presa.

Tan rápido como empezó, Aria se separó. No estaba jadeando. No estaba sonrojada.

-Besas como un hombre que está acostumbrado a que nadie le devuelva el golpe -dijo ella, arreglándose el traje-. Pero recuerda el trato, Marcus. Mañana es la gala. Después de eso, no volverás a tocarme.

Aria se dio la vuelta y caminó hacia la salida del comedor, dejando a Marcus solo en la penumbra. Él se quedó allí, con el sabor de ella en los labios -un sabor a nieve y metal- y con una verdad que lo aterrorizaba:

Había pasado cinco años intentando olvidar a una mujer mediocre, solo para darse cuenta de que ahora pasaría el resto de su vida intentando cazar a una diosa que ya no lo necesitaba.

-Julian -llamó Marcus, su voz vibrando de una manera peligrosa.

El beta apareció de inmediato, todavía recuperándose del efecto de la Voz.

-¿Sí, Alfa?

-Pon un equipo de vigilancia en el Baccarat. No me importa lo que cueste. Quiero saber con quién habla, qué come y a qué hora respira. Y llama al Consejo. Diles que la disolución del vínculo... queda cancelada indefinidamente. No voy a dejarla ir. Nunca.

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